La fiesta de todos

Adictos al Sexo

Adictos al Sexo

Ya nadie habla de liberación sexual, incluso parece que esa idea tiene olor a naftalina de varias décadas atrás (tampoco casi nadie habla de liberación a secas y tal vez sea porque se asume que, masoquismo mediante, estamos condenados a las ataduras). Lo cierto es que estando la liberación sexual metida en el closet, el que mejor renueva la apuesta por ella es John Waters, que sigue buscando derrumbar los últimos tabúes que pesan sobre cualquier forma de ejercicio de la sexualidad. Adictos al sexo, su última película a la fecha, es su proclama por un cine al servicio del descontrol, siempre en forma de comedia sin límites. “El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír”, escribió Woody Allen, y aunque participó como actor en una película de Allen, Waters piensa distinto: uno de los actos más libertarios en relación al sexo es poderlo ejecutar pataleando de risa.

A partir de una guerra entre tribus del mismo barrio, de un lado los vecinos pacatos y del otro los pervertidos, la película se vuelve fiesta tribal, una orgía comunitaria que recupera el exceso de las primeras películas underground de Waters. Y volver a dibujar los suburbios de Baltimore significa también mostrar su catálogo de freaks, de sexópatas en busca de nuevos adeptos a la religión de la porno-anarquía. Por eso los fetichistas reinan en Adictos al sexo, sobre todo si nos podemos reír de sus fetiches, porque la excitación con risa hace temblar el cuerpo por partida doble. Alguien que se erotiza con la basura y otro al vestirse y actuar como un bebé, un matrimonio swinger que amenaza con nudismo cachondo, una stripper ninfómana tetona XXL y un trío de osos (hombres peludos, fornidos y gordos) son algunos vecinos que pueblan esta película suburbial, comandados todos por Ray Ray, sacerdote de la tribu porno interpretado por Johnny Knoxville, el doble de cuerpo de sí mismo, perfecto cómplice de Waters en el gag porno-físico, que había entregado toda la incorrección corporal en su saga televisiva y cinematográfica Jackass.

Cultor de un erotismo cinematográfico deforme, descartado de los gustos mayoritarios, Waters hace pequeños montajes vertiginosos de la historia de las nudies, o películas nudistas, cada vez que algún personaje se interna en el culto orgiástico, como un homenaje al pasado del sexo en el cine. Por eso, ante todo, en Adictos al sexo hay un revisionismo hilarante que alucina cuerpos sin estilización, con toda la carga de absurdo y fealdad, que el porno más industrial descartó y que Waters recupera como patrimonio de la propia humanidad. Como queda claro en un libro de reciente edición, Mis modelos de conducta, Waters fue pionero en la revisión del pasado porno, iluminando lo obsceno desde nuevos puntos de vista, como ya lo demuestra su parodia de Garganta profunda (1972) en Pink Flamingos (1972). Con sus gestos de terrorismo humorístico sexual, Waters prefiguró a Boogie Nights (1997, Paul Thomas Anderson) y a De deformes y de hombres (1998, Aleksey Balabanov), dos películas clave –y que se pueden ver en Qubit, al igual que Adictos al sexo– que retratan al mundo porno desde perspectivas que tratan de liberarse de la mecánica reproducción del sexo explícito.

Ebrio, apasionado y brillante

John Huston es uno de los grandes irlandeses del cine, lo que no quiere decir que naciera en Irlanda sino que sentía correr en sus venas sangre irlandesa. Más que sangre, alcohol. Por eso esa filmografía suya a la que sólo cabe describir como bamboleante, ebria, apasionada y brillante. Huston fue, en Hollywood, uno de los primeros guionistas que pasó a la dirección y uno de los primeros directores a los que el mundo reconoció como autor, fue el cineasta que más y mejores finales ha filmado, y fue el realizador de por lo menos diez grandísimas películas, cosa de la que pocos colegas suyos pueden  ufanarse. Tanta es su influencia que Clint Eastwood lo tomó como modelo en Cazador blanco, corazón negro, en la que hacía de un director de cine obsesionado como Huston con cazar elefantes en Africa, jorobar a los productores, seducir mujer y pelearse a golpes de puño.

Habida cuenta de la gran cantidad y calidad de felices finales tristes filmados por Huston, comencemos por la última película de su carrera, la mejor despedida que alguien haya rodado nunca. Desde ahora y para siempre adapta un cuento de Joyce (The Dead, que es el título original de la película) cuya anécdota es pequeña, pero no trivial. Dos mujeres organizan un baile en la Dublín invernal de principios del siglo pasado. Durante la fiesta se come, se bebe, se charla, se canta, se baila, se recita, se tocan instrumentos, se discursa, se saca el cuero y se hacen correr chismes, entre otras rutinas ceremoniales decimonónicas y no tanto, que aquí parecen un réquiem de Huston para el mundo de sus ancestros y para sí mismo (murió seis días antes del estreno en el Festival de Venecia). No hay lentitud, sino calidez, ternura y lirismo. Entre otras fabulosas revelaciones, el protagonista, hombre de mediana edad, aprenderá que el peor rival por el amor de su mujer es un fantasma. El recuerdo clave de uno de los personajes de esta película, tomado del cuento, les sirvió a Rossellini y a Kiarostami para filmar Viaje en Italia y Copia certificada.

Las muertes, derrotas y fracasos del cine de Huston tienen el aire y el aura anti heroicos, románticos y sagrados que Hollywood le daba a sus ficciones y protagonistas. Bogart quizá sea el mejor ejemplo de perdedor admirable, de vencedor moral. Y Bogart era uno de los grandes amigos de Huston, entre otras cosas porque lo había transformado en el detective privado por excelencia del cine clásico en El halcón maltés. Poco después de aquel noir fundamental, filmaron juntos El tesoro de Sierra Madre, mezcla de policial y western contemporáneo en el que nadie gana salvo los espectadores, que asistimos al duelo de actuaciones desatado entre Bogart, Walter Huston (el viejo de John) y Tim Holt. El oro es la meta mítica por excelencia, símbolo de lo más deseado y de lo imposible, trampa para los idealistas y los impacientes. Nadie mejor que Huston para filmar en México (su otra patria, El Dorado más allá de la frontera, paraíso pagano) esta tragedia clásica disfrazada de película de tiros en la que los personajes descubren quiénes son cuando ya no les sirve para nada.

El mejor terror

El mejor terror

 

 

Los extraordinarios cuentos de Edgar Allan Poe fueron adaptados al cine infinidad de veces pero en muy pocas ocasiones dieron lugar a películas igual de extraordinarias. Existe, sin embargo, un puñado de obras maestras entre los delirios que los cuentos del bostoniano autor de “El corazón delator” inspiraron en unos pocos guionistas y cineastas. El secreto de estas obras maestras reside en parte en que no tuvieron problema en distanciarse de su fuente literaria, en general cuentos de unas muy pocas páginas, para crear un largometraje autónomo, una cosa nueva que conserva apenas unos elementos claves del original, pero todo su espíritu. Una de estas películas esenciales es El gato negro, de Edgar G. Ulmer, con Boris Karloff  y Bela Lugosi, en la que en la que hay un gato negro, sí, pero donde por lo demás la idea de adaptación “libre” cobra nuevas dimensiones.

 

 

Otra, acaso la mayor, indudablemente la más hipnótica, es de The Pit and the Pendulum, conocida por acá alguna vez como La fosa y el péndulo y luego como El pozo y el péndulo, la segunda de las películas de famoso “ciclo Poe” que el rey de la clase B, Roger Corman, filmó para la productora American International Pictures, contando varias veces con la colaboración de otro autor único: Richard Matheson.

 

 

El mejor terror

 

 

Autor de dos novelas fundamentales del género fantástico (Soy leyenda y El increíble hombre menguante) y guionista imprescindible de la serie La dimensión desconocida, Matheson fue el responsable de tomar las 10 páginas del claustrofóbico cuento de Poe y convertirlo en un brumoso y atmosférico  misterio de angustia, obsesión y posesión. Permanecen del original, por supuesto, el pozo y el filoso y fatal péndulo-hacha de inspiración medievalista del título, así como su origen como aparato de tortura y sadismo de la Santa Inquisición Española. Aparato que, cortesía de la afiebrada imaginación de Matheson y Corman, ahora mora en las catacumbas del castillo de la familia Medina, habitado por su sufrido heredero Nicholas,  a quien interpreta el hombre que le da cuerpo a todo el asunto, la otra pieza clave de esta adaptación: Vincent Price. En la cumbre del Grand Guignol, disparado sin freno al arte de la exageración, el drama, la angustia y el humor, Price es acá un auténtico monstruo en acción, desbocado, riéndose y aterrándose a la vez, la hipérbole de la expresión “alma en pena”, motorizada por el torturado, fantasmal recuerdo de la amada muerta,  ¡que no es otra la scream queen Barbara Steele! Ah, el no va más de Poe en la pantalla.

 

 

Y el resto es cine, del mejor, desde las psicodélicas imágenes del comienzo (¿Es eso plasma? ¡¡¡¿Es de eso que está hecha la atormentada mente de Vincent Price?!!!) hasta los flashbacks monocromáticos y distorsionados en los que se narra el tortuoso pasado familiar que acosa al protagonista, pasando por unos escenarios boscosos que deben ser los más encantadores desde los de la Hammer, toda la película es un viaje pop, lisérgico, irresistible. Y todo fue hecho en 15 días de rodaje con sets reutilizados, que es como deben hacerse –pregúntenle a Corman—las buenas películas de terror.

 

 

Novias-madrinas-15 años: mirar bien

Lejos de la formalidad de la voz en off y los letreros informativos de esos documentales predigeridos de la tele; pero también lejos de los tiempos muertos y “cuelgues” de los otros que suelen premiarse en festivales, Novias-madrinas-15 años apuesta por la sencillez. Los personajes se presentan a sí mismos y hablan mirando a cámara; sus entrevistas sucesivas se van picando con momentos donde se los ve en acción, en la sedería del Once donde se dedican a vender telas para vestidos a las clientas que indica el título del film (copiado de una frase de la marquesina).  Es decir, este es un documental sobre una sedería –de hecho casi nunca abandona el interior del local– donde conocemos a los que allí trabajan.  No se trata de una investigación de campo sobre el negocio de la tafeta y el voile (pronúnciese “vuál”) ni sobre el gremio de los vendedores: se trata de conocer a los personajes.

Y vaya que lo son.  Los hermanos Levy, hijos del dueño de la firma, partieron de un lugar común que se escucha en las charlas de empleado a empleado, en cualquier lugar donde haya aburrimiento compartido, conversaciones, mañas: “éste tendría que estar en una película” (dicho con displicencia mientras se señala a alguien que se mandó alguna, o contó alguna, para llamar la atención o romper la rutina).  Partieron de ahí, entonces, y llegaron a una película que nos convence de que en cualquier local, oficina o taller hay material para hacer una película.

En Novias-madrinas-15 años los personajes cuentan sus cuitas con una combinación de nobleza, miradas nerviosas a la cámara y la ingenuidad del que la tiene delante por primera vez.  El fondo ante el que posan para la entrevista es una de las telas estampadas que venden al público y que eligieron especialmente para la ocasión.  Como en cualquier lugar de trabajo, están el serio, el “loco”, el jugador…  que nos muestran cómo hace media docena de varones para convencer a una infinita sucesión de mujeres –cumpleañeras, novias, modistas, madres– de que la tela que le están mostrando es la que más le conviene.  Y así nos abren, por un rato, una ventana a sus vidas.  Para cuando le llega la hora de hablar a papá Levy, algo cortado, casi hosco (pero en el fondo orgulloso), entendemos que para contar el mundo alcanza con mirar acá nomás.  Mirar bien.

Así, sin pretensiones pero con la puntería de un cazador experto, Novias-madrinas-15 años divierte, asombra y genera una extraña empatía con estos veteranos que miran a cámara como oteando, tratando de calar a los espectadores –aunque no puedan verlos– desde el mostrador donde pasan sus días.

 

Vértigo, El ciudadano, 2001: las listas y los clásicos

Digámoslo de una vez: las listas no sirven para nada, pero cómo nos gusta hacerlas.  También, inevitablemente, nos gusta revisar las de otros, comparar, descubrir.  La gente de la revista británica Sight & Sound, verdadera decana del periodismo cinematográfico, viene haciendo desde siempre su lista de las mejores películas de todos los tiempos.  Es una tradición que se cumple cada década, concretamente en los años que terminan en el número 2.  Y siendo que estamos en 2012, acaba de publicarse la nueva edición de la encuesta, que incluye a críticos y cineastas de todo el mundo.  Esta vez con una novedad mayor: por primera vez en 50 años El ciudadano –Orson Welles, 1941– no está a la cabeza de la lista (ocupa el segundo lugar).  Le ganó Vértigo –Alfred Hitchcock, 1958–, que encabeza el ranking por primera vez, para alegría de este cronista, ya que es su favorita personal.  Ambas películas pueden verse en Qubit, así como 2001 Odisea del espacio –Stanley Kubrick, 1968; sexta– y Ocho y medio –Federico Fellini, 1963–, que cierra el top ten.

Antes de hablar de las películas, unas palabras sobre nuestra compulsión por las listas, por hacerlas y leerlas.  Como ocurre con los premios Oscar, las categorías “mejor” o “primero” remiten a un espíritu de campeonato que poco tiene que ver con el cine y mucho con la mirada que los no cinéfilos tienen del séptimo arte.  Es que las cucardas son útiles para aquellos que quieren parecer al tanto, sin tomarse el trabajo de ver las películas para juzgar por sí mismos.  Así, hablarán de tal o cual película prestigiosa con el aire del nuevo rico que convida a un húesped con un costoso Cohiba –el cigarro de la marca cubana– mientras aclara con sonrisa canchera: “son los mejores” (escena repetida en muchas películas con cigarros, vinos o trufas).  Estamos seguros de que ese señor nunca se molestó en probar otra variedad, y que tomó la recomendación de alguna revista de moda.

[gn_quote style=”1″]Digámoslo de una vez: las listas no sirven para nada, pero cómo nos gusta hacerlas.  También, inevitablemente, nos gusta revisar las de otros, comparar, descubrir.[/gn_quote]

Si tenemos en cuenta el reparo del párrafo anterior, la lista de Sight & Sound puede ser una buena introducción al tema, del mismo modo que las antologías de cuentos sirven para conocer autores.  El desafío es ver algo más de cada director que la película mencionada en la lista y que se supondría es, de las suyas, la “mejor”.  Lo que funciona como “mejor” en una lista universal puede ser muy diferente si pensamos sólo en la carrera de ese director, o en las películas de su tiempo. Y difícilmente tengamos una idea de ese director o ese tiempo sin ver cómo formas, temas e ideas se repiten con distintas variaciones en otras películas relacionadas.

Vértigo es una obra arrebatadora, de sentidos múltiples, más moderna a cada nueva visión; una verdadera cumbre –y a la vez una desviación, el comienzo del fin de lo clásico– en el Hollywood de su época.  Y sin embargo, mucha más gente vio Psicosis, que por supuesto también es genial, pero es otra cosa, más acá de esa frontera de lo clásico que Vértigo supo marcar.  No digo más porque conviene acercarse a Vértigo sabiendo lo menos posible de su argumento, incluso del reparto. Después, seguir con Hitchcock –una fuente inagotable y diversa– y revisar lo que otros dijeron de esta película: no hace mucho, el filósofo esloveno Slavoj Žižek hizo un brillante análisis de las formas del inconsciente en esta película y en toda la obra de Hitch.

El ciudadano es quizá la primera película de Hollywood que se piensa a sí misma como arte, como algo más que entertainment.  Welles la hizo con un contrato privilegiado que le daba todo el poder, algo impensable para un operaprimista.  Hombre de teatro que se había hecho famoso con su emisión radial de La guerra de los mundos, Welles vio todo el cine que pudo y tomó ideas de los directores más avanzados de su tiempo (entre ellos Wyler y Ford) para ponerlas al servicio de una travesura: contar en clave la historia del mayor empresario mediático de Estados Unidos (William Randolph Hearst), quien luego intentaría impedir el estreno.  Tienta decir que los logros formales de la película serían mejor apreciados en la pantalla grande…  pero lo cierto es que el cronista vio por primera vez estos films en formato VHS, en un televisor analógico de 20 pulgadas, que por ejemplo cortaba los bordes laterales de la imagen; y de todos modos quedó impresionado.  Hoy los adelantos digitales permiten ver la imagen completa y con una definición mucho mayor.  El ciudadano es una de las películas sobre las que más se ha escrito, y las polémicas en su torno incluyen una célebre intervención de la crítica Pauline Kael, quien se animó a discutir la dimensión de Welles como autor del film rescatando el papel central del guionista Herman Mankiewicz, que había trabajado para Hearst.

 

2001 Odisea del espacio fue durante muchos años la película emblema de una nueva generación de cinéfilos, los que crecieron escuchando “rock progresivo” y leyendo a Ballard o a Tolkien.  Realizada justo cuando la tradicional autocensura norteamericana hacía mutis por el foro, construye su suspenso sin una explicación final coherente y unívoca: es un film de preguntas, más parecido a lo que hacían europeos como Bergman o Antonioni que al tradicional cine de ciencia ficción.  Por otro lado, sus efectos visuales también instalaron un nuevo estándar y elevaron las pretensiones artísticas de lo que hasta entonces era visto como un “subgénero”, cosa menor, carne de clase B.  Hoy algo olvidada, 2001 fue en su momento tan importante como Bonnie & Clyde o Busco mi destino… films de ruptura cuya novedad envejeció mucho más rápidamente.

 

De 8 1/2 ya se habla en otra parte de este blog.  Mejor cerremos la idea: asomarse a los clásicos es, en suma, picotear la parte de arriba de una ensalada cuyo fondo es infinito, siempre ofreciendo un nuevo sabor o combinación de ellos.  Si usted va más allá de la superficie y descubre el placer de internarse en otros mundos, se habrá recibido de cinéfilo.

Un cuento bien contado

 

Una de las mejores películas de animación de los últimos años es también una de las más ocultas: pequeña, artesanal, cálida como pocas y con la simpleza de un cuento bien contado, El gigante de hierro no es ni será nunca la película más conocida de Brad Bird –que después dirigió las más exitosas Ratatouille y Misión imposible 4: Protocolo fantasma– pero sí es una perla escondida entre la marejada de películas de animación que llega a la sobreabundancia (y que a veces, más que sabor a infancia, lo tiene a franquicia). Con un estilo de animación que cruza lo mejor de los estudios Warner clásicos con un robot que podría haber llegado atravesando el espacio desde la animación japonesa del cincuenta (aunque en este caso cae del cielo, con origen desconocido), toques de Disney y algo del espíritu de E.T., El gigante de hierro cuenta la amistad entre un nene y el robot más expresivo desde Cortocircuito, en un 1957 paranoico y nuclear.

Hogarth tiene nueve años y vive en Rockwell, un pueblito apacible de las no tan apacibles costas de Maine (que fueron escenario de tantas historias, desde Stephen King hasta la última de Tim Burton). Cuando la mamá no está, Hogarth come Twinkies, mira películas de ciencia ficción –en plena Edad de oro del género y también claro, de la Guerra Fría– y fantasea con invasores venidos de Marte, así que la aparición de un robot del tamaño de un edificio en los bosques que rodean su casa, y que se prestan para encuentro cercanos de ese tipo, no lo toma del todo por sorpresa. Al contrario, el nene pronto descubre mucho de bondad y diversión potenciales en esa mole de hierro chirriante, que se vuelve su compañero de juego.

Pero en unos Estados Unidos en los que hasta los chicos hablan sobre criaturas extrañas enviadas por los extranjeros “para apoderarse del país”, no será tan fácil tener escondido un gigante que sí o sí tiene que ser sospechoso porque “nosotros no lo construimos”, como dice uno de sus perseguidores: pronto Hogarth y su robot convulsionan al pueblo y tienen al ejército pisándoles los talones, como un sabueso. La historia de El gigante de hierro está adaptada de El hombre de acero, un relato que el poeta británico Ted Hughes escribió para los hijos que tuvo con Sylvia Plath. Su versión cinematográfica conserva el corazón pacifista del cuento original pero además –como si replicara la estructura metálica y el interior humano de su protagonista– le suma algo del cine bélico americano, en una irrupción militarizada que sorprende y suma densidad (se recomienda enfáticamente tener a mano unos pañuelos).

Cuatro películas de Fellini

Fellini

Fellini

Hay libros que nos recomiendan las 1.000 películas que tenemos que ver antes de morir así como tarde o temprano en una entrevista le terminan preguntando al entrevistado qué películas se llevaría a una isla desierta. 8 ½ de Federico Fellini pertenece a otra categoría, la de películas en las que cabe todo el cine. Como esto no dice mucho o más bien dice demasiado, tratemos de contar de qué trata. Ahí ya tenemos un problema, porque en 8 ½ no hay trama, no hay cuento, no hay historia. O sí, pero Fellini no la cuenta como estamos acostumbrados a que nos cuenten las historias en el cine. 8 ½ pertenece a una clase de películas filmadas hacia fines de los cincuenta y durante la década del sesenta que se llamaron modernas y, en el mejor de los casos, son atemporales. Esta sigue tan viva como entonces, entre otras cosas porque su tiempo no es el sucesivo de la vida de un hombre o del relato de unos hechos, sino el simultáneo de la cabeza de un director de cine tratando de terminar una película que ni siquiera puede empezar.

[gn_quote style=”1″]8 ½ pertenece a una clase de películas filmadas hacia fines de los cincuenta y durante la década del sesenta que se llamaron modernas y, en el mejor de los casos, son atemporales.[/gn_quote]

Recuerdos, imaginaciones, fantasías, pesadillas, sueños diurnos y nocturnos aparecen y desaparecen como números de un espectáculo de circo o de un teatro de revistas. Vamos de un lado a otro de la realidad mental del personaje de Marcello Mastroianni, que está dividido entre la película que quiere filmar y su propia vida, tironeado por un harén de mujeres (entre las que se destaca una Claudia Cardinale que nunca estuvo tan blanca y tan linda y tan ligera y tan rotunda a la vez), un sin fin de productores y técnicos, sus padres, un crítico de cine, varios intelectuales, autoridades de la Iglesia que ofician de productores y demás criaturas tan concretas como simbólicas. Todas ellas bailando al compás de la música rota de Nino que va y viene, mareándonos con ese vaivén que es una de las experiencias más hermosas y tristes que pueden vivirse gracias al cine. Nada es igual después de ver esta película y nada volvió a serlo en la historia del cine. Ahí están David Lynch y Tim Burton, incomprensibles sin Fellini, para confirmarlo.

[gn_quote style=”1″]Recuerdos, imaginaciones, fantasías, pesadillas, sueños diurnos y nocturnos aparecen y desaparecen como números de un espectáculo de circo o de un teatro de revistas.[/gn_quote]

Y si en esa nave nodriza que es 8 ½ está contenido todo el cine, también lo están estas otras tres películas de Fellini que pueden verse en Qubit: Los inútiles, La dolce vita y Julieta de los espíritus. En orden cronológico inverso, Julieta de los espíritus recorre las desventuras de una esposa pequeño burguesa que no sabe cómo liberarse –ni tampoco si quiere hacerlo– de su condición subalterna, a la vez que Fellini se interna en la aventura del color, más acorde a su concepción circense sensorial del cine. La dolce vita, todavía en blanco y negro, fue una película bisagra y transgresora. La excomunión pesaba no sólo para el cineasta sino también para los católicos espectadores que la vieran, allá en Roma como acá en las pampas, pero más allá de esos avatares político culturales que marcaron una época, toda una generación de clase media se jugó la fe en esa película simultáneamente hermética (pero no tanto como las de Michelangelo Antonioni) y popular (pero no tanto como las comedias de Mario Monicelli). Allí Fellini encontró a su alter ego ideal en Mastroianni y allí sus personajes perdieron definitivamente la inocencia, esa que los grandulones de Los inútiles trataban de sostener a toda costa. Esta película, segundo largometraje dirigido por Fellini en solitario sigue siendo una película maravillosa, autobiográfica y grotesca, la aventura realista y fabulosa de cinco muchachos que no quieren, salvo uno, crecer. La excepción fue el mismo Fellini, que desde entonces le rindió homenaje a los que se quedaron anclados en la infancia, en el pueblo, en la madre.

 

Separado!, una película de y con Gruff Rhys de los Super Furry Animals

Separado! Es una película muy particular, una de esas que uno se alegra de haber descubierto.
¿Qué relación tienen el líder de los Super Furry Animals, Gruff Rhys, y un cantante de los setenta llamado René Griffiths que se vestía de gaucho patagónico y cantaba cosas como “Las chicas de Gaiman” “Una muchacha y una guitarra” y? Son sobrino y tío. René tiene su hogar en la Patagonia argentina porque su familia, como tantos otros inmigrantes galeses, llegó allí gracias a que les habían prometido un lugar tan verde como su natal Gales. Gruff Rhys emprende un viaje desde Gales hacia el sur de Brasil, y después llega a la Argentina para buscar a sus familiares, a quienes no conoce. Busca especialmente a su tío, una figura que fue fundamental en su decisión de dedicarse a la música. El propio Rhys y Dylan Goch dirigen este película-viaje (una road movie de amplio recorrido) con gracia, locura, mucho sentido del ritmo, humor y gran capacidad para apuntar el ojo y el oído para encontrar historias, personajes, paisajes e inusuales encuentros familiares. Y también para abrirse a todo lo raro y todo lo fabuloso que encuentran en todos los lugares que visitan, en un terreno que parece casi fantástico pero es real. Separado! Se mueve entre un traje parecido al de los Power Rangers, antiguas y polémicas justas de caballos, muchas canciones y diversos idiomas. Así en los cruces entre el pop y las tradiciones de diversas partes del mundo, Separado! encuentra su destino de diversión y asombro.

Grandes escenas (1): El fugitivo

No, no es la escena en la que Harrison Ford salta a la catarata desde la represa. Es otra.

Pero no tan rápido. Así como se dice que el cuento es sobre el asesinato y la novela, sobre el asesino, suele decirse también que hay películas más “centradas en la trama” y películas más “centradas en los personajes”. Desde ya, no se trata de categorías científicas: en cualquier película la trama y los personajes son fundamentales (de hecho, no existe una cosa sin la otra) y en muchas no es claro ni relevante cuál de los dos elementos tiene más peso. Sin embargo, en algunos casos hay un claro predominio de alguno de ellos. En Piratas del caribe, por ejemplo, la trama definitivamente prima sobre los personajes. A nadie le importan demasiado los “vaivenes emocionales” que sufre Jack Sparrow. Nos entusiasma el vértigo de la aventura y que Johnny Depp le parta la cara al Kraken. En cambio, en Los puentes de Madison el énfasis está puesto en los personajes y en los cambios que atraviesan: en la relación entre Clint Eastwood y Meryl Streep y en cómo cada uno se ve obligado a repensar y cuestionar el estilo de vida que eligió. Lo-que-pasa en Los puentes de Madison, la “trama”, se puede contar en quince segundos. Para describir las vueltas y giros de Piratas del caribe necesitamos varios minutos.

El fugitivo es una película claramente “centrada en la trama”. De Richard Kimble (Harrison Ford) sabemos poco y nada. Básicamente, que es un médico acusado injustamente de asesinar a su esposa y condenado a muerte. Al principio de la película, el ómnibus penitenciario que lo traslada sufre un accidente y el personaje queda súbitamente libre. Durante los 120 minutos que dura la película, Kimble tiene que hacer dos cosas: 1. Escapar de la policía, liderada por un incansable e impávido Tommy Lee Jones. 2. Encontrar al verdadero asesino de su esposa. El fugitivo es una verdadera máquina de movimiento perpetuo: El Dr. Kimble no para de correr, esconderse, disfrazarse, escabullirse, nadar, robar ambulancias, hacer llamadas telefónicas, meterse en casas ajenas, investigar archivos… y sí, saltar a cataratas. El problema es que no es tan fácil caracterizar a un personaje en medio de tanto vértigo. Sí, Kimble es ágil e ingenioso y sus colegas le dicen a la policía que es bueno… ¿pero quién sabe? ¿Cómo creerles? Al fin y al cabo, Kimble podría estar afiliado al Partido Fascista o ser un golpeador de mujeres. Imposible estar seguros.

Hasta que llega la escena en cuestión. Kimble está en un hospital, disfrazado de enfermero, buscando información sobre el asesino de su mujer. Hay decenas de policías persiguiéndolo. En un momento, una doctora (Julianne Moore) le pide que lleve a un chico que está en una camilla al segundo piso. Sobre el pecho del enfermo está su expediente médico. Kimble mira para todos lados, comprueba que no viene nadie, y ojea rápidamente el diagnóstico, algo extrañado. Después le pregunta al chico qué tipo de dolor padece. El chico le contesta y Kimble empieza a tachar algunas cosas del expediente y a agregar otras. Los policías se acercan y, cada vez más apurado, Kimble termina de corregir el expediente, lleva al chico a un piso diferente al indicado por la doctora y le dice a un médico que tienen que operarlo de urgencia. Unas escenas más tarde nos enteramos de que eso le salvó la vida. O sea, estamos frente a un personaje que, con el tiempo contado, asediado por policías, resolviendo un caso de asesinato y de paso desenmascarando a una poderosa empresa farmacéutica, se hace unos minutos para corregir un diagnóstico equivocado y salvarle la vida a un chico. Ya está, con ese detalle de caracterización no necesitamos más nada. Estamos entregados al personaje. Y dicho sea de paso, ¡qué fenómeno!

El fugitivo está en Qubit.tv. También las primeras tres Piratas del caribe. Los puentes de Madison va a estar en unos días.

Novias-Madrinas-15 años

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ENTREVISTA CON DIEGO Y PABLO LEVY

Los hermanos Diego y Pablo Levy hicieron su primera película sobre un mundo que conocían bien: la sedería de su padre. Así surgió Novias-Madrinas-15 años, uno de esos documentales que cuentan historias dignas de la mejor ficción, con el atractivo agregado de que es todo real. Lo que sigue es una entrevista con los dos directores.

Novias-Madrinas-15 años es un documental sobre un comercio y su gente. ¿Qué tiene este comercio de especial que decidieron filmarlo? ¿O Uds. creen que en cada local porteño se esconden muchas historias dignas de ser contadas?

La realidad es que no sabíamos si iba a interesar la vida cotidiana del negocio. Empezamos a filmar con la idea de hacer algo con ese lugar que está tan ligado a nuestras vidas, y con esos personajes que tanto conocíamos. Nunca imaginamos lo que después paso con la película.

Debe haber muchas historias para contar en otros locales, creo que la clave en este caso fue que nosotros conocemos ese lugar a la perfección, sabemos cómo funciona, conocemos los conflictos entre los personajes y la riqueza de cada uno. Por esa razón en las entrevistas supimos bien qué preguntar, de alguna manera ya sabíamos las respuestas, así que en ese sentido no fue difícil.

Ustedes ganaron con Novias-Madrinas-15 años el premio del público en el Bafici 2011 y recibieron críticas positivas y ninguna negativa: Todas Las Críticas. Evidentemente, es una película “que gusta”, ¿a qué lo atribuyen?

Es un documental honesto, con mucho humor, con personajes muy queribles (incluso mi viejo), y con una dinámica de trabajo que genera cierta nostalgia. Supongo que mucha gente también se identifica con el negocio atendido y manejado por su dueño junto a  un grupo de leales empleados.

¿Tienen alguna historia de gente que habitualmente no ve cine argentino y/o documentales y que haya visto la película? ¿Qué reacciones y comentarios recibieron?

Tuvimos muchos comentarios de gente que está mas ligada al Once y al comercio que al cine, y que se fanatizaron con la película, incluso pasaron muchos por el negocio para conocer a los personajes (si quieren hacerlo, pueden ir a Azcuénaga 412). De hecho mucha gente preguntó si los personajes eran reales…

A pesar de casi no salir del local, lograron evitar la monotonía y generaron imágenes variadas y hasta bellas ¿Cómo pensaron la estética de la película?

El desafío era justamente ese, no salir del local, no queríamos hacer una película del Once en general, queríamos contar ese lugar en particular. La búsqueda de la belleza estuvo planteada desde el principio, no hace falta tener enfrente un paisaje paradisíaco para lograr belleza, se puede encontrar en cualquier lado, de hecho dejamos afuera muchas imágenes interesantes porque no pasaban el filtro estético.

Pasamos muchas horas grabando, de guardia, esperando que entren las clientas o que algún conflicto sucediera entre ellos, seguimos durante varios días a cada personaje, muchas veces esperando situaciones puntuales que necesitábamos para ilustrar algunas partes de cada entrevista, que fue lo primero que hicimos. A cada personaje le pedíamos que elija su tela favorita y la usábamos de fondo. Cuando las terminamos, las editamos y armamos el guión. Después fue cuestión de ir a registrar la vida cotidiana del local, que no fue algo difícil, ya que a pesar de no haber trabajado nunca ahí, es como nuestra casa.

Ver la pelicula en Qubit