Momentos musicales

Momentos Musicales

 

Nueve momentos musicales de películas muy diferentes: clásicas, modernas, animadas, con adolescentes, con adultos. Algunos de esos momentos en los cuales las imágenes y la música se combinan y se vuelven memorables.

 

Momentos Musicales

Momentos Musicales

Mago de oz

Todos dicen te quiero

South Park

Lo que ellas quieren

Lilo & Stitch

Los Excéntricos Tenenbaums

Disparen al pianista

Descubirendo el Amor

Alta fidelidad

Sorpresas animadas – Jim y el durazno gigante

jim y el durazno gigante

jim y el durazno gigante

 

A cualquiera le gusta que le cuenten un cuento, y si ese cuento gira alrededor de un durazno –que también gira– es todavía mejor. Esta es la historia de James, que vivía feliz junto a sus padres en las costas de Inglaterra y que como muchos de nosotros, tenía un sueño: conocer Nueva York, esa ciudad fantástica donde todos los sueños se cumplen. Pero a veces un rinoceronte furioso viene a desbaratarlo todo y (no les vamos a contar exactamente cómo) James terminó viviendo con dos tías, una que se parece un cadáver y otra que es igualita al pingüino interpretado por Danny DeVito en Batman vuelve, imagínense eso. Por suerte para James y para nosotros (porque de lo contrario no habría película), algo fantástico pasó cuando un durazno solitario apareció en el árbol más pelado y gris de la colina más pelada y gris donde quedaba la casa de las tías. A bordo de este durazno mágico, James y sus nuevos amigos se van a embarcar –créanme, esto es exactamente así– en una aventura que los lleva perfumados y jugosos a atravesar mares y cielos.

[gn_quote style=”1″]Henry Selick como director, y Roald Dahl como autor del cuento en que se basa la película, son los nombres de los titiriteros detrás de esta historia: Selick es algo así como “el hombre que todos creen que es Tim Burton, pero no” desde que dirigió El extraño mundo de Jack (1993), basada, sí, en un cuento de Burton (de paso, para los fans, Jack Skellington tiene un pequeñísimo cameo en Jim y el durazno gigante).[/gn_quote]

En realidad, los mundos de Burton y Selick son vecinos y hasta se cruzan en algunos puntos: a los dos les gustan los personajes de animación con largas piernas zancudas y ojeras melancólicas, por ejemplo, y a los dos les gusta Roald Dahl, el escritor galés que Burton también llevó a la pantalla en Charlie y la fábrica de chocolate, protagonizada por un nene que seguramente sería amigo de James. Y también les encanta trabajar con actores pero pasar muchas veces a la animación, como para que las historias sean reales pero también capaces de mutar infinitamente. Por eso Jim y el durazno gigante es una película que, como tantas frutas, trae como sorpresa un agujero en el medio por el que las cosas que pasan se transforman, empezando por James. Y no es cuestión de revelar mucho más, sino de ver la película que, como los duraznos, también es doble: opaca y aterciopelada en el exterior, y jugosa y brillante por dentro, llena de frescura. Y además es riquísima.

 

 

La Primera vez – Infografia

La primera vez

Un recorrido histórico por films que fueron la primera vez de algo, de alguien: premios, colores, actuaciones. Para saber más de cine de forma divertida.

La Primera vez

[gn_spoiler title=”Datos de la Infografía” open=”0″ style=”2″]1920: El Gabinete del Dr. Caligari de Robert Wiene. Considerada la primera película de estilo expresionista de la historia y también considerada ¡la primera película de terror de la historia! Lo de ser la primera expresionista se le discute poco y nada, lo de ser la primera película de terror se le discute un poco más pero, de todos modos, fue indiscutiblemente una pionera. 1939: La diligencia. Primera película de John Ford protagonizada por John Wayne, primera película del director filmada en su querido Monument Valley y, además, su primer western sonoro. Sí, claro, también es una película fundamental de la historia del cine. 1948: La soga (o Festín diabólico) fue la primera película dirigida por Alfred Hitchcock en colores. No, el genial director no se pasó definitivamente al color: ahí está Psicosis, de 1960, en blanco y negro. 1956: La invasión de los usurpadores de cuerpos. La película de Don Siegel (maestro de Clint Eastwood y director de Harry el sucio) fue la primera de cuatro versiones de la misma historia de ciencia ficción. Las otras son de 1978 (con Donald Shuterland), 1993 (dirigida por Abel Ferrara, la pueden encontrar en Qubit bajo el título Usurpadores de cuerpos) y 2007 (con Nicole Kidman). 1960: Sin aliento. Primera película dirigida por Jean-Luc Godard, el máximo referente de la modernidad cinematográfica. Título fundamental de la Nouvelle Vague, ha generado gran cantidad de imágenes icónicas de París, de Jean-Paul Belmondo y de Jean Seberg. 1976: Soñar, soñar fue la sexta película de Leonardo Favio (luego pasarían 17 años hasta que estrenara su siguiente film Gatica, el mono). No, Soñar, soñar no fue la primera película como actor del boxeador Carlos Monzón (ya había hecho La Mary, junto a Susana Giménez, en 1974). Pero sí fue la primera y única película del cantante Gian Franco Pagliaro, que interpretó a un personaje inolvidable: Mario “El Rulo”. 1985: Los Goonies. Primera película como actor de Josh Brolin. ¿Qué quién es Josh Brolin? Además de ser actualmente el marido de Diane Lane, 23 años después de Los Goonies interpretaría nada menos que a George W. Bush en W., de Oliver Stone. Y actuó junto a Tommy Lee Jones y Javier Bardem en Sin lugar para los débiles de los hermanos Coen. Y en Hombres de negro III “hace de” Tommy Lee Jones en la década del sesenta. 1992: Perros de la calle. Primera película de Quentin Tarantino como director. ¿Necesitan saber algo más? 2006: Los infiltrados. Aunque usted no lo crea, Martin Scorsese ganó su primer Oscar como mejor director por esta película. No, no lo ganó ni por Taxi Driver, ni por Toro salvaje, ni por Buenos muchachos. Lo ganó por Los infiltrados, que es una remake de Infernal Affairs, película hongkonesa de 2002. 2012: John Carter. Fue la primera película “live action”, o sea de “acción en vivo”, o sea “no de animación” de su director Andrew Stanton, que había hecho nada menos que Wall-E (también disponible en Qubit) y Buscando a Nemo. A John Carter no le fue muy bien y Stanton, ahora, prepara Buscando a Nemo 2. [/gn_spoiler]

Body Snatchers: Nosotros somos los próximos

Body Snatchers

Body Snatchers

Al igual que los zombies y los muertos vivos, los usurpadores de cuerpos (body snatchers) le han servido al cine, desde la extraordinaria primera película de Don Siegel en los cincuenta, para comunicar grandes metáforas sobre los tiempos políticos. Fue así en el original de 1956 basado en el relato de Jack Finney sobre estas semillas que se apoderan de seres humanos para producir clones perfectamente iguales pero desprovistos de la personalidad de los “usurpados” (acaso con los cerebros reprogramados), y fue así también en cada una de sus remakes. Lo que cambia es el signo y la carga de esa metáfora política, de acuerdo a cada época: por eso es que medio siglo más tarde se sigue discutiendo si el original de Siegel era una denuncia  anticomunista (el fin de la individualidad a manos del Soviet) o su exacto opuesto, una pieza militante anti macartista (el fin de la individualidad como efecto de la prohibición y persecución del disenso).

Al igual que los zombies y los muertos vivos, los usurpadores de cuerpos (body snatchers) le han servido al cine, desde la extraordinaria primera película de Don Siegel en los cincuenta, para comunicar grandes metáforas sobre los tiempos políticos.

 

Por supuesto que en sus últimos años Siegel abonó esta última interpretación, más políticamente correcta, y el hecho de que su guionista Daniel Mainwaring haya integrado las listas negras del macartismo parece sustentarla,  pero lo cierto es que la verdad se ha ido a la tumba con ellos. En todo caso, como pasa con las obras maestras, ¿qué importa? Lo que es seguro es que, a través de su historia fantástica de semillas clonadoras Siegel se propuso hacer un film de ciencia ficción de los buenos, de esos que tienen sus delirios bien anclados en la realidad. “Una película”, le dijo a Peter Bogdanovich en una entrevista, “sobre un mundo enfermo, de guerras inexplicables, donde la mayoría de la gente, al menos en Hollywood, vamos a nuestros trabajos sin tener idea de lo que pasa a nuestro alrededor. Un mundo en el que muchos ya no sienten dolor ni pena: nos estamos convirtiendo en los cuerpos alienígenas”.

La potencia de esta idea fue tal que habilitó al menos tres remakes, ninguna bochornosa, y al menos dos muy muy buenas. La segunda de ellas fue la que, con guión de Larry Cohen (el  creador de Los invasores),  estrenó Abel Ferrara a principios de los noventa (Usurpadores de cuerpos, 1993) trasladando todo el asunto a una base militar, cuando la primera guerra del Golfo era un recuerdo todavía humeante. Estaba narrada desde el punto de vista de una adolescente desarraigada, la hija del agente de un departamento de protección ambiental,  que veía sucumbir a los adultos a su alrededor frente la semilla alienígena, con el ejército convertido en el instrumento de su propagación. Una vez más, la historia de Finney como temible expresión de los tiempos, ahora devenida potente fábula antimilitarista. Fría, oscurísima, desapasionada en el retrato de sus protagonistas, parece que fue juzgada demasiado difícil y poco comercial por el estudio que la bancaba, lo que casi impidió su circulación en su momento. Pero hoy permanece, lista para su redescubrimiento. Para verla e irse a dormir con la frazada hasta el cuello, recordando, como nos advierte con la mirada aterrada Kevin McCarthy en el final del original de Siegel, que nosotros somos los próximos.

 

Balnearios: a las aguas

Balnearios: a las aguas

Balnearios: a las aguas

 

Mar del Sur, de las playas, de Miramar, de Zucco. Esos son los cuatro capítulos que componen Balnearios, una película que observa las costumbres del veraneo en la Argentina. ¿Observa? En realidad mucho más. Cuenta historias inventadas que simulan ser reales, describe con un ojo atento al detalle, y una voz, una voz en off definitoria: siempre sofisticada, sorprendida, anonadada, nada popular, borgeana, a veces rebuscada, y siempre exquisita. Balnearios se saca de encima cualquier atisbo de corrección política y se mete con cierta idea de las vacaciones. Lo verdadero no siempre es exactamente lo mismo que lo cierto. Tal vez en Balnearios haya mucho inventado, pero todo es cierto, con el poder de convencernos, de hacernos comparar lo visto con nuestras experiencias y observaciones: la historia del enorme hotel, o la vida de ese señor que celebra la vida de las aguas de los diques y pinta y esculpe unas cosas que se ven (y suenan) de una forma increíble. Y, sobre todo, son rigurosamente ciertas esas costumbres de la Costa Atlántica de la Provincia de Buenos Aires: la parafernalia playera, la disposición de las sombrillas, la caminata nocturna, los juegos en la arena, los locales de recuerdos, el viento, las olas, los perros, la relación con el mar. Y esta película sobre el veraneo tiene, además, la osadía, la capacidad y la inventiva (tres características que el director Mariano Llinás llevaría a nuevas cumbres en su posterior Historias extraordinarias) de usar diversos estilos mediante colores, fotografías, canciones, múltiples narraciones y descripciones. Cada historia, cada descripción, cada nueva situación se nutren de una creatividad desbordante, que puede llevarnos del chiste burlón a la emoción ante conexiones inesperadas. Balnearios es un mapa brillante que revela ángulos insospechados de territorios que creíamos perfectamente conocidos.

Cuatro de tiros y piñas

Stallone, Van Damme y Lundgren

 

 

Rambo, Desafio Mortal, Demoledor, Soldado Universal, Rocky, Stallone, Van Damme y Lundgren

 

 

A propósito del estreno de Los indestructibles 2 que, de haber justicia, iría a parar a los primeros puestos de las listas de mejores películas del año, bien vale la pena ir un poco más atrás y revisitar algunos clásicos del cine de superacción o, en su defecto, a descubrir algunas películas que no recibieron la atención que merecían en su momento. El protagonista y el antagonista de la secuela de Los indestructibles, o sea, Sly Stallone y Jean-Claude Van Damme, son de esas estrellas que entran en lo que el mundo conoce como “malos actores”, como si actuar fuera solamente hacer las morisquetas de Al Pacino en una película como Perfume de mujer.

 

 

Pero no, actuar es también poner el cuerpo, y eso es algo que sobra en gente como Sly y Van Damme. Además, ambos han llegado a dirigir, y dos de las cuatro recomendaciones que vienen a continuación tienen a estas superestrellas tanto delante de la cámara como detrás de ella, mientras que una de las cuatro tiene también al genio* de Dolph Lundgren. A saber, y por orden cronológico: Soldado universal, de 1992, es la primera película de Roland Emmerich dentro del mainstream hollywoodense. Con guión a cargo de su habitual colaborador Dean Devlin y el habitual colaborador de Van Damme Christopher Leitch, la película sigue a dos soldados muertos en Vietnam y reanimados en el presente (Van-Damme y Lundgren) que intentan a toda costa cerrar las historias que dejaron abiertas en el pasado. Con ecos varios de la en ese momento reciente Terminator 2 (ahí está Mario Kassar produciendo), grandes tiroteos y aún mejores peleas (hay que ver a Van Damme cargarse a todos los presentes en un bar luego de comerse unos 20 platos de comida), la película desborda de un humor disparatado que no frena en ningún momento y que tiene como su punto más alto una gran parodia de Psicosis, cuando Van Damme y la periodista que lo acompaña (una Ally Walker que parece sacada de una screwball comedy) paran en un motel al lado de la ruta.

 

 

Pero si de disparates se trata, qué mejor que El demoledor, aquella gran película de 1993 dirigida por Marco Brambilla, escrita, entre otros, por el gran Daniel Waters (Batman vuelve, Hudson Hawk, Heathers) y protagonizada por Sly Stallone, Wesley Snipes y Sandra Bullock.

 

Emblema del noventismo desaforado que a la vez sirve de parodia autoconsciente de dicha década (algo que se puede ver también en Gremlins y su carácter de parodia ochentosa realizada en pleno apogeo del ochentismo), la película resulta actual hoy en día (incluso pareciera mejorar con los años) y pide a gritos ser redescubierta.

 

 

Y pasamos así a las dos subvaloradas de la lista. La primera es Desafío mortal, de 1996, que no es otra cosa que el debut de Jean-Claude Van Damme como director. La película se centra en una competencia ultrasecreta que se lleva a cabo en una ciudad milenaria de Oriente a la que Van Damme acude más bien “de colado”. Como si del Street Fighter (juego cuya versión cinematográfica protagonizó el gran Jean-Claude junto a Kylie Minogue y Raul Juliá y no es tan mala como todo el mundo dice) se tratara, la segunda mitad de la película está estructurada como una serie de rounds entre personajes de distintos países que representan el estereotipo más obvio de su lugar de origen (tenemos, por ejemplo, un luchador de sumo representando a Japón y un español que hace pasos de flamenco). Y Van-Damme filma esas peleas con nervio y oficio. Cada tanto recurre a unos ralentis que son el colmo de la grasada, pero la grasada es tan inherente al género que incluso termina sumando.

 

 

Por último, tenemos una película mucho más reciente. De 2008, más específicamente. Se trata de John Rambo, o Rambo, regreso al infierno, un reencuentro de Stallone con el personaje creado por David Morrell en su novela Primera sangre. Realizada inmediatamente después de haber escrito, dirigido y protagonizado el aclamado retorno de nuestro boxeador favorito en Rocky Balboa, aquí Sly también ocupa esos tres roles. Pero si Rocky Balboa era visceral en el sentido más sentimental de la palabra, una película triste, emotiva y crepuscular, John Rambo es visceral en el sentido más literal del término: se trata de una película desesperada y brutal repleta de sangre y desmembramientos, con una mirada sobre el mundo que, de tan oscura, se remonta a la del primer Rambo dirigido por Ted Kotcheff. Tal vez debido al cambio que significó respecto a Rocky Balboa, la película pasó sin pena ni gloria y fue condenada al olvido, lugar del cual debería salir ya mismo porque se trata de una película enorme.

 

 

*genio (definición):

 

 

Clásicos inoxidables

Clásicos inoxidables

Cine clásico

La palabra clásico parece hoy un poco gastada de tanto uso. Las reiteradas modas de pastiche y resignificación, que absorben retazos del pasado y los degluten escupiendo nuevas formas, ha esmerilado el valor concreto de lo hecho en otra época. Pero más allá de los sucesivos homenajes, ese cine de un tiempo lejano aparece hoy, en sus clásicos, con la magia intacta de la primera vez. Y sí, hablamos de clásicos. Porque son películas que tienen algo en común: han sobrevivido al paso del tiempo con la vigencia de lo eterno y lo perenne. Apoyadas en la fuerza de la narrativa y el dominio del lenguaje cinematográfico, conjuran desde la modestia de su sutil autorreflexión la plenitud de su presencia.

En la madurez del clasicismo, Joseph L. Mankiewicz estrena La malvada, una ácida radiografía de un Hollywood mezquino y despiadado. El ascenso al estrellato de una joven ambiciosa se convierte en una visión audaz y maquiavélica de un espectáculo que tiene tanto de gloria como de olvido. Con el regreso de la gran Bette Davis, ícono del melodrama ardiente y pasional, Mankiewicz obtiene el récord de nominaciones al Oscar y augura una década de obras memorables.

En el período más fructífero de la obra de Alfred Hitchcock llega una de sus películas más lúcidas. Reflexión sobre el placer de la mirada intrusa y culposa, La ventana indiscreta pone en escena, en la figura de un James Stewart inválido y confinado a los límites de su habitación, las mayores obsesiones del director emblema del autorismo. Asediado por la culpa y la frustración, el alter ego de Hitchcock vive con plena pasión lo que ocurre en la vida de sus vecinos, imaginando crímenes y deseos violentamente consumados en un espiral de tensión que demuestra que es imposible domesticar la fantasía.

La diligencia de John Ford representa el cimiento de un género que se constituiría en la clave de representación del pasado mítico de los Estados Unidos. Aquella travesía de John Wayne a bordo de una diligencia amenazada por indios y bandidos consagra al western como esencia de la épica americana, retrato de un lento camino que oscila entre la civilización y la barbarie. Años después, Fred Zinnemann haría su introspectiva reflexión sobre el héroe solitario a quien su pueblo abandona, por miedo o indiferencia, casi como alegoría de la sospecha y delación que se respiraba en el los años duros del macartismo. Western moderno y ambicioso que aspira a convertir al género en cáscara de las grandes preocupaciones de su tiempo.

Los clásicos viven una y otra vez en las múltiples miradas de los espectadores. Su plena actualidad se apoya en un lenguaje simple e intenso, basado en la acción más pura y en el honesto amor por sus personajes. Fábulas del pasado que renacen cada vez que las vemos, y nos contagian de aquella emoción que creíamos haber olvidado.