Cuatro comedias coloridas

comedias coloridas

 

comedias coloridas

¿Qué tienen en común Los excéntricos Tenenbaum, Gato negro, gato blanco, ¡Marcianos al ataque! y South Park: La película? La respuesta más obvia es que las cuatro son comedias. Pero hilando apenas más fino encontramos una segunda similitud: son cuatro películas muy coloridas. Y no es que absolutamente todas las comedias sean coloridas. Si bien tienen una leve tendencia a ser más coloridas que otros géneros (porque transcurren casi siempre de día y porque suelen abocarse a pintar un universo más optimista y luminoso), hay muchas, muchísimas comedias cuya paleta cromática es similar a la de cualquier otra película. Incluso algunas comedias, especialmente las comedias negras, pueden llegar a ser menos coloridas que una película promedio. Por algo les dicen “negras”. Fíjense si no en esa suerte de comedia inquietante, incomodísima y sombría llamada Harry, un amigo que te quiere bien. O en Weirdsville, una comedia 100% nocturna.

Entonces, si no es por el solo hecho de ser comedias, ¿por qué Los excéntricos Tenenbaum, Gato negro, gato blanco, ¡Marcianos al ataque! y South Park son tan coloridas? En primer lugar porque no son películas realistas. Las cuatro películas son exponentes de un cine rabiosamente anti-mimético, un cine que no intenta capturar la realidad “tal cual es” ni reproducir el aspecto exterior del mundo. Al contrario, son películas que exageran, modifican o directamente destruyen ese aspecto exterior para dar lugar a un mundo paralelo. Y el desborde de color es una de las claves para lograr este cometido.

 

“Entonces, si no es por el solo hecho de ser comedias, ¿por qué Los excéntricos Tenenbaum, Gato negro, gato blanco, ¡Marcianos al ataque! y South Park son tan coloridas? En primer lugar porque no son películas realistas.”

 

Los excéntricos Tenenbaum opta por convertir el caos y la suciedad de Nueva York en una prolija ciudad de cuento para chicos. El artificio extremo de la película de Wes Anderson se manifiesta no solamente en los objetos, muebles y edificios coloridos que pueblan el espacio en el que se mueven los personajes, sino en la manera maniáticamente frontal y simétrica de encuadrarlos. Uno de los mayores logros (y también misterios) de la película es cómo a partir de una puesta en escena tan manifiestamente calculada y artificial emergen emociones tan verdaderas. Gato, negro gato blanco es, en cierta medida, la contracara de Los excéntricos Tenenbaum. Lo que en la película de Anderson es candidez y meticulosidad, en la de Emir Kusturica es anarquía y exceso. Es que Gato negro, gato negro se mueve en el terreno del grotesco. De alguna manera, el director serbio hizo por la ex-Yugoslavia y por los países balcánicos lo que el fotógrafo Marcos López hizo por la Argentina: rescatar y resaltar hasta el infinito el aspecto más colorinche y pop de una cultura, en ambos casos con efectos humorísticos.

En ¡Marcianos al ataque!, Tim Burton homenajea desde el mainstream, y en clave lisérgica, el cine estadounidense de ciencia ficción de clase B de los cincuenta. En este caso, el uso del color contribuye a construir un universo caricaturesco, encantador y ridículo, casi una recreación o actualización de los espacios y criaturas que Tim Burton disfrutaba cuando era niño en las pantallas de cine y televisión. Si ¡Marcianos al ataque! mira al pasado, South Park: la película mira al presente. La película tira dardos venenosos para todos lados: la mentalidad provinciana, belicista y reaccionaria que anida en el interior de los Estados Unidos, el absurdo sistema de calificación cinematográfico de la MPAA, la hipocresía del mundo adulto y un largo etcétera.  Pero este aspecto evidentemente satírico convive con una actitud más punk y surrealista, y es acá donde el color entra más en juego. ¿Con qué colores queda mejor el infierno de South Park, en donde el diablo tiene sexo anal con Sadam Husein? ¿Con colores grisáceos, opacos y elegantes o con colores fuertes, agresivos y chillones? ¿Y el número musical de Big Gay Al? ¿Y el escatológico acto en loop de Terrance y Phillip? Al igual que la alegría nostálgica de Los excéntricos Tenenbaum, la alegría bochinchera de Gato negro, gato blanco y la alegría demencial de ¡Marcianos al ataque!, la alegría destructiva de South Park se ve mejor a todo color.

Los excéntricos Tenenbaum, Gato negro gato blanco, ¡Marcianos al ataque! y South Park: La película (y también Harry, un amigo que te quiere bien y Weirdsville) pueden verse en Qubit.tv.

Batman, el caballero de la noche asciende: folletín moderno

Batman

Batman

La nueva trilogía de Batman estalló lentamente: sin mayores expectativas con la primer película, generando una enorme sorpresa con la segunda y siendo un mega evento la tercera. Pasiones extrañas las que genera este Christopher Nolan, quien, a decir verdad, muestra una filmografía notablemente cerebral, planificada, necesitada de explicaciones a cada paso. Si El Caballero de la noche era lo más parecido a una Batman filmada por Michael Mann (sí, el director de Colateral y Fuego contra fuego: un especialista en duelos) por la sequedad de su estilo, por un trabajo estilizado en lo físico, en una búsqueda de cierto realismo dentro de la estética de cómic, Batman: El caballero de la noche asciende es poco menos que su inesperada antítesis. Pero no hay que preocuparse ni andar haciendo comparaciones con la película anterior ya que la película construye su propio universo deliberadamente alejado del realismo que nos había presentado la segunda parte de la trilogía. Batman: el caballero de la noche asciende es un moderno folletín. Es también un melodrama familiar (demasiados huérfanos en su interior, demasiadas venganzas, demasiadas herencias oscuras, demasiado poder en juego) y una película de héroes oscuros. Por último –y esto quizás sea lo menos aprovechado- una película sobre el dinero, el capitalismo y los fantasmas que genera el inevitable colapso de ese sistema económico. Christopher Nolan ha diseñado una filmografía no muy destacable por cierto, donde su obsesión por los detalles racionales más que por los personajes se ha vuelto una marca de fábrica que lo emparenta con Stanley Kubrick. Pero toda esa obsesión por el control se disfruta en Batman: el caballero de la noche asciende precisamente porque le sale mal, porque la película se disfruta en su arrollador inverosímil más que en sus explicaciones o sentencias, se disfruta más en sus aventuras rocambolescas que incluyen bombas atómicas y malvados malísimos que en las pretensiones sociológicas de manual de CBC. Es decir: a Nolan se le escapó la tortuga y le salió algo más interesante de lo que pudo haber pensado. Si no nos ponemos tan serios como la película nos pide, podemos descubrir un huracán de pasiones anacrónico y disfrutable. A veces las cosas salen sin querer.

Reefer Madness: Algunos motivos para ver una película horrible

Propaganda contra la marihuana

Propaganda contra la marihuana

En general, uno tiende a recomendar películas que le gustan. O sea, películas que le parecen atractivas, interesantes, entretenidas, originales, lindas, graciosas, emocionantes o cualquier otra cualidad positiva que justifique sentarse a perder una hora y media de vida viendo imágenes en movimiento frente a una pantalla. En cambio, en esta nota voy a hacer exactamente lo contrario: les voy a recomendar Reefer Madness (Louis Gasnier,  1936), una película mala. No, peor que mala: malísima, horripilante, de décima. ¿Y por qué voy a hacer semejante cosa? Por algunos de los siguientes motivos. Prepárense. Tres, dos, uno… acá van.

El primero es que es una película extrema. Se sabe que a los seres humanos nos gustan, o más bien nos generan una especie de fascinación morbosa, los fenómenos extremos. Ante un accidente de tránsito, todos detenemos la marcha para pispear qué pasó, aunque en el fondo no nos incumba en lo más mínimo. Si les digo que en este video puede verse el moco más grande del mundo, es probable que ustedes vayan y lo vean. Bueno, Reefer Madness es el equivalente cinematográfico a un accidente de tránsito o a un moco gigantesco. No se hacen películas mucho peores que esta. Cinematográficamente nula, narrativamente torpe, atiborrada de personajes absurdos y acartonados, carente de toda lógica, mentirosa a más no poder, Reefer Madness es probablemente la película anti-drogas (y especialmente anti-marihuana) más infame de la historia. Y es justamente este carácter extremo lo que le confiere su interés.

El segundo motivo está relacionado con el primero: Reefer Madness, de tan extrema y ridícula, es graciosa. Es preferible no contar detalles del argumento, para no anular la sorpresa de descubrirlos, pero a grandes rasgos, y al igual que muchos otros largos y cortos anti-drogas de la época, la película narra la vida de un chico normal que cae “bajo las garras de las drogas”. Lo curioso de Reefer Madness es (a) el grado insólito de ñoñez que ostenta el protagonista principal, que usa moño, es británicamente amable con su suegra y se la pasa recitando Shakespeare con su novia, (b) lo abrupto de la caída: nuestro querido protagonista fuma un cigarrillo de marihuana y antes de terminar de inhalar el humo, se instala sobre su cabeza una sempiterna tormenta de calamidades y (c) cómo a cada rato, el fluir más o menos natural de la trama se ve interrumpido por un experto, que nos cuenta casos igualmente monstruosos relacionados con la  marihuana, como el de aquel muchacho que, bajo los efectos del demoníaco estupefaciente, procedió sin más a asesinar a toda su familia con un hacha. Dije que no iba a contar detalles de la película, pero no me pude contener. En fin. Lo importante es que Reefer Madness no tiene nada que envidiarle a otras películas divertidamente malas como Plan 9 del espacio sideral (Ed Wood, 1956) o Me casé con un comunista (Robert Stevenson, 1949).

El tercer motivo para verla es que la película tiene un valor alto para aquellos que estén interesados en la historia de las drogas en los Estados Unidos. Los treinta fueron fundamentales porque a mediados de la década se promulgó en el país la Marihuana Tax Act, que oficialmente prohibía y penalizaba el consumo de marihuana. Reefer Madness, que es de 1936 y fue financiada por un grupo de padres de una iglesia llamado “Cuéntenle a sus hijos”, no es una anomalía del sistema sino una pieza más de la campaña anti-drogas, demonizadora y  confusa, que se llevó adelante a partir de los treinta. Esta campaña llegaría a su pico demencial en la ultra-conservadora década del cincuenta, con cortometrajes como The Terrible Truth, Drug Addiction y Subject: Narcotics, que pueden verse gratuitamente en Internet Archive. Curiosamente, una década más tarde, la campaña anti-drogas sufriría un duro revés con el hippisimo, movimiento que abiertamente defendía el consumo de la marihuana y el LSD. Pero los sesenta fueron un breve paréntesis y con la caída del hippismo, todo volvió, en materia de drogas, a la represiva normalidad.

El cuarto y último motivo es educativo, casi cívico. Más allá de la risa o irritación que puede producirnos Reefer Madness en particular y las películas anti-drogas antiguas en general, verlas nos sirve para entender cómo se engañó, manipuló y mintió en el pasado y, por ende, para estar más atentos hoy.

En Qubit.tv, además de Reefer Madness, puede verse Grass, que cuenta de forma divertida y bien documentada la historia de la marihuana en los Estados Unidos, y Dirty Pictures, que hace lo propio con el éxtasis.

 

 

Un oso rojo y Bolivia, de Adrián Caetano

el cine de Adrián Caetano

Un oso rojo y bolivia

Pocos cineastas conjugan satisfactoriamente las reivindicaciones sociales y la diversión eficaz. Los que lo consiguen son los mejores, porque sus películas actúan sobre el presente y además lo sobreviven. Adrián Caetano es uno de esos y se distingue de sus compañeros de la generación de directores del nuevo cine argentino surgida en la segunda mitad de los 90 por su convicción y capacidad para filmar entretenimiento político y política entretenida. Caetano es, además, un independiente, un clásico, un narrador contundente y económico, un materialista suelto en la aldea global y virtual de las imágenes. Como John Carpenter, sin ir más lejos, que hacía películas de vampiros anticlericales y de ciencia ficción en villas miseria, a quien admira sin menoscabo de su originalidad porque sabe que un seguidor es fiel al espíritu y no a la letra de la ley del maestro. Nada sobrenatural hay en Un oso rojo ni en Bolivia, las dos que se pueden ver en Qubit, porque el terror que muestran es el del racismo, la insuficiencia bienpensante y la pobreza, no provocado por fantasmas sino por gente de carne y hueso como uno, y porque a su manera son westerns, vale decir películas en las que la tensión entre el individuo y la comunidad, así como entre los diversos poderes que se disputan sus dominios, se decide a los tiros, que en su caso no es una forma trivial, sino sintética y elocuente, de exponer el funcionamiento psíquico y cultural de personas y sociedades sin aburrir a nadie. Los protagonistas de una y de otra son el Oso, un remisero que recién salió de la cárcel, y Freddy, inmigrante boliviano que trabaja de mozo en un bar. A los dos los desvela una sola cosa: conseguir la plata suficiente para mantener a sus familias, perdida en un caso, distante en el otro. Alrededor de ambos hay una serie de personajes inolvidables de distinta naturaleza, desde el mítico gángster compuesto por René Lavand a Rosa, la compañera de laburo paraguaya de Freddy, pasando por los más grises pero quizá los más importantes de todos, tipos mentalmente colonizados, ciudadanos vencidos y cargados de resentimiento, incapaces de llevar adelante algo que no sea una reacción destructiva contra lo que temen o envidian. Lo mejor de estas dos ficciones consiste en hacernos ver que la mayor parte de los espectadores somos esos del montón, prestos a juzgar desde afuera sin jugarnos el cuerpo, con las necesidades mínimas cubiertas, pero, justamente por eso, tan temerosos como para hacer cualquier cosa con tal de preservar la alienada seguridad de nuestra condición. Y sin discursos ni propaganda, sólo con la potencia de guiones brillantes en los que pueden escucharse declaraciones de principios como ‘Toda la plata es afanada’, o secuencias de montaje conmovedoramente heroicas en las que la épica del trabajo es exaltada a través de un hombre que calma la sed sirviéndose soda de un sifón en cámara lenta y reparte sus propinas a partes iguales con los compañeros de trabajo, mientras el plano vibra al son de Los Kjarcas.

Adrián Caetano es un director con capacidad para filmar entretenimiento político y política entretenida, un narrador contundente y económico.

 

 

 

Aprile, diario personal, político y cinematográfico

Aprile Nanni Moretti

 

Aprile Nanni Moretti

 

¿Podemos reírnos con un cine político? ¿El diario del nacimiento de un primer hijo puede hablar también de Berlusconi? ¿Podemos llegar a emocionarnos con un tipo que anda en moto? ¿Alguien quiere ver un musical sobre un pastelero trotskista en un pueblo estalinista?

“El 28 de marzo de 1994, cuando ganó la derecha, por primera vez en mi vida fumé un porro.” Así empieza una película casi imposible de explicar. ¿Apología de las drogas? ¿Cine político? ¿Comedia? ¿Diario personal? ¿Capricho italiano? Los que no conozcan a Nanni Moretti pueden conocerlo bien rápido: es el director de barba que habla, explica y patalea frente a la cámara. Es una apuesta a todo o nada: Nanni está en cada escena, siempre quejándose, a veces sufriendo, nervioso, buscando a alguien a quien molestar. Un italiano de izquierda que habla de política y muestra sus múltiples neurosis. ¿Quién podría soportarlo? ¿A quién le gustaría juntarse a tomar un café con él?

Ganó Berlusconi y Nanni prende un porro gigantesco frente a su madre: está todo ahí, lo que nos va a hacer amar y odiar a Nanni Moretti. Lo primero es el humor: nos reímos con un cuarentón que confiesa que fumó su primer porro, nos reímos del tamaño de ese porro largo como la frustración de ver que Berlusconi ganó la elección y el partido de izquierda ni siquiera es capaz de salir a decir unas palabras. ¿Qué se le va a hacer? Pero también tenemos el registro de lo que pasó ese día de ese año, a esa hora.

Mirar Aprile es mirar varias películas a la vez. Aprile es el diario cinematográfico de Nanni Moretti, ese director italiano loco que también actúa y también se mete en política. Aprile es el diario de todo lo que pasa antes, durante e inmediatamente después del nacimiento del primer hijo del director. Pero Aprile también es una especie de “diario político” que registra las ideas y vueltas, las frustraciones del Moretti político, pero que deja registrada para la historia la política de Italia en ese periodo. Una vez que ve que Berlusconi ganó las elecciones, Moretti decide que quiere filmar un documental sobre Italia y las cosas que pasan en Italia; pero también quiere filmar un musical sobre un pastelero trotskista; quiere filmar el documental pero está a punto de tener un hijo; no quiere filmar ningún documental; quiere registrar las elecciones; quiere filmar pero se distrae con su bebito. Nanni quiere pelearse con alguien y va a molestar a su amigo que está filmando una publicidad. Son muchos en el público a los que les gustaría matarlo a él. Pero después lo vemos angustiado y nervioso frente al nacimiento de su hijo: un hombre que está en la mitad de su vida y quiere disfrutar de lo que le queda. Por eso queremos tanto a Nanni: porque nadie es tan sincero como él.

 “Mirar Aprile es mirar varias películas a la vez. Aprile es el diario cinematográfico de Nanni Moretti, ese director italiano loco que también actúa y también se mete en política.”

 

Una película para descubrir: Kiss Kiss Bang Bang

Kiss Kiss Bang Bang

Kiss Kiss Bang Bang

Ligera, desfasadamente tarantinesca –por su velocidad, su ingenio, su autoconciencia y su lúdica combinación de violencia y humor negro–, Kiss Kiss Bang Bang (aquí llamada Entre besos y tiros) fue en su momento una aparición fugaz repleta de fantasmas. Para empezar, el de su protagonista, Robert Downey Jr., que recién terminaba de romper su maldición, su larga racha de un día afuera-otro adentro (¡en gayola y en rehabilitación!), filmando esporádicamente para la televisión y más esporádicamente para el cine, pero nunca abandonado del todo por los productores, seguramente prueba de su talento inquebrantable. En segundo lugar, el fantasma que arrastraba su coprotagonista, el galancete Val Kilmer, el tipo que se había hecho un lugar único en el imaginario cultural pop (Top Secret!) y que en los noventa abusó de su estatus de estrella millonaria (fue Batman, fue El Santo) y para cuando reapareció en este proyecto que le daba la posibilidad de reinventarse un poco, ya hacía rato que se había desvanecido del top ten. Downey Jr. interpreta a un ladrón accidentalmente devenido actor, Kilmer a un detective convertido en consultor de Hollywood y “entrenador de actores”, definido con gracia y desparpajo como “Gay” Perry: que es gay, y tiene la canción “I Will Survive” de ringtone en su celular (así de poco le preocupan los prejuicios y estereotipos). Dos datos, los de de dónde venían y hacia dónde estaban yendo sus actores, que son fundamentales en una película que está hecha en un 90 por ciento en función de sus protagonistas.

 

“Downey Jr. interpreta a un ladrón accidentalmente devenido actor, Kilmer a un detective convertido en consultor de Hollywood y ‘entrenador de actores’”.

Hay otro gran fantasma en Kiss Kiss Bang Bang. Pocos lo recuerdan, pero el director Shane Black fue un niño maravilla, guionista-mejor-pago del Hollywood de la segunda mitad de los ochenta. Acababa de salir de la escuela de cine de UCLA, y con 23 años ya había vendido a los estudios el argumento de Arma mortal, la serie que el director Richard Donner y Mel Gibson extendieron por cuatro películas. Las superproducciones basadas en sus siguientes guiones no fueron igual de exitosas pero más de veinte años después mantienen su potencia: recordar El último Boy Scout, El último gran héroe, y El largo beso del adiós, por mencionar tres de la primera parte de los noventa. No le fue tan bien con ésas, y entonces pareció tomar la decisión de esconderse un tiempo, para volver recién en 2005 con Kiss Kiss Bang Bang, que no solo escribió sino que fue su debut como director.

 

Suerte de comedia de enredos clásica con muchos tiros y muertos –como la definió, palabras más palabras menos, el crítico neoyorquino J.Hoberman–, Kiss Kiss Bang Bang es una versión libre y paródica de los policiales pulp de los que es fanática la tercera pata de la historia, la hermosa Harmony Lane. Que es, hay que decir, el amor frustrado de la infancia del personaje de Downey Jr.: ambos se trenzan en un reencuentro azaroso que define la lógica deliberada y divertidamente caprichosa de toda la película. Harmony puede, finalmente, ser la razón número uno para zambullirse en Kiss Kiss Bang Bang, porque la interpreta la demasiado linda Michelle Monaghan, a la que extrañamente hay tan pocas oportunidades de ver. Y que acá estaba más linda que nunca (para fetichistas: ¡esa escena de Michelle en traje de Papá Noel!), interpretando a la aspirante actriz frustrada pero soleada que busca a su hermana desaparecida. En un argumento en el que, la verdad, las vueltas de la trama policial importan tanto menos que la interacción del trío principal, ella es la que provee todo impulso vital: ella es la chica por la que en las películas queremos que el protagonista se quede con la chica. El ansiado Kiss Kiss, después de tanto Bang Bang.

Celebración de Los Vengadores

Celebración de Los Vengadores

Celebración de Los Vengadores

 

¿Ustedes saben por qué jugaban? ¿A qué jugaban? Digamos: jugaban con autitos o muñequitos –o muñecas– que eran parecidos a la realidad, pero que en sus manos podían volar, saltar, caerse de mil millones de millones de metros y estrellarse en el suelo para volver a pararse, chocar a la velocidad de la luz para rebotar a otra carrera. Y así, claro, porque el juego rompe la barrera de lo imposible. Pero al mismo tiempo uno aprendía que todo el mundo tiene reglas, que este muñeco era el malo y aquel el bueno, que el autito rojo esta vez le gana al azul y eso no se cambia. El juego anárquico del chiche en mano también tiene moral y ética.

Joss Whedon es de los que comprendieron esa pequeña verdad fundacional. Y también que esos chiches forman una comunidad (nota mental y no lo olvide: Whedon es uno de los creadores de Toy Story). Y que el juego y la fantasía son los mejores laboratorios sociales que existen porque se puede jugar en ellos, introducir mil variantes, armar y desarmar familias, aventurarse en las  relaciones más complicadas. ¿No vieron Serenity? ¿No conocen la enorme, graciosa –en todo sentido– saga de Buffy la caza vampiros?

Los Vengadores, la película dirigida y escrita por Joss Whedon, es un jalón más en el arte de jugar con los chiches para contar un cuento (moral) de buenos y malos y saber que eso, ni más ni menos, es la raíz de la diversión. Nada de oscuridades (¿quién fue el tonto que nos hizo creer que los héroes con cara de estreñimiento y traumas de infancia son más serios que los que se ponen una armadura colorada y gustan de AC/DC?): acá hay seis superpoderosos que, como en el más loco de los dibujos animados, se enfrentan a un villanísimo que, en el fondo, es lo más parecido al lobo de Droopy. Acá los portaaviones vuelan, Hulk le pega trompadas hasta a los amigos y, después de pelear, la gente morfa.  Estos seis tipos la pasan bastante bien pasándola mal en esa última media hora gloriosa de la película, donde todo es cuerpos en movimientos, locura, tiros y mambo. Y Whedon los relaciona con diálogos filosos y acciones precisas. Quien esto escribe vio cuatro veces el film en sala con diferentes públicos (siempre salas llenas) y siempre hay risas en los mismos lugares. Ha visto, quien esto escribe, papás reticentes disfrutando como los chicos agradecidos que estaban al lado.

Los Vengadores no es una película prestigiosa, habría pasado por Cannes solo del modo conmiserativo con el que la salvaguarda de “le grand art” palmea la espalda del primo millonario y cursi; no renueva el lenguaje cinematográfico y, ciertamente, no hace llorar a nadie. Y su poética simple de seis tipos que se encuentran y terminan conociéndose primero y agarrándose a trompadas, juntos y amigados, con el Universo es mucho más verdadera que la mayoría de “le grand art”. Tan verdadero, táctil, masticable como el muñequito del Capitán América que cualquiera de nosotros pudo tirar, invencible, desde el ropero