Hay que salir del agujero interior

El Hobbit

El Hobbit

J.R.R. Tolkien no escribió El Hobbit como parte de su gigantesco –y desquiciado, seamos sinceros– ciclo mítico de la Tierra Media, sino como un cuento infantil, un relato para sus hijos. Sin embargo, algo sucedió en el medio y la novela terminó convirtiéndose en el lazo de unión entre su mitología y lo que luego sería El Señor de los Anillos. El asunto del pequeño cincuentón Bilbo, héroe a su pesar y personificación del sentido común inglés ante la adversidad, resultó un enorme éxito editorial, a tal punto que Disney quiso comprarlo inmediatamente e intentó una adaptación primero como largometraje y, luego, como uno de los fragmentos de la no realizada Fantasía 2. Allí Bilbo hubiera rescatado a una walkiria (!!!) al ritmo de Wagner. Tolkien básicamente lo mandó al Diablo, y además creía en el Diablo.

De todos modos, El Hobbit fue la primera obra de Tolkien adaptada a la pantalla, en este caso chica. Fue en 1977, pocos años después de la muerte del autor, un largo hoy de culto producido por la empresa Rankin-Bass. Es de hecho una adaptación bastante fiel, con muy buenos dibujos tradicionales de un realismo adecuado al cuento. Pero de algún modo a ese film le faltaba el aliento épico, quizás por haber sido realizado para la televisión. Y además daba poca cuenta de lo esencial de ese libro anómalo: la mutación de un cuento sin pretensiones a una fábula épica donde la muerte no carecía de peso.

Es evidente que Peter Jackson es algo así como el campeón del desquicio gigante. Aunque sus películas no le salgan bien (y no son pocas las que le han salido “no bien”, ninguna le ha salido directamente “mal”), tiene un gran cariño por el mundo que plantea (a veces prestado, como en King Kong y en gran medida esa parodia de los Muppets llamada Meet the Feebles, una obra maestra de la sátira cómica) y por sus personajes. Y también es evidente que ese ex gordito nerd (nerd sigue siendo) veía los libros de Tolkien como un refugio. Se los conoce de memoria, nombre a nombre e incluso –mal que nos pese– verso a verso. Y ha sido un lector crítico, como se nota en el humor que se desliza en varios momentos de El Señor de los Anillos, especialmente en las secuencias de acción. Hacer El Hobbit, si bien fue un proyecto anómalo que atravesó varias tormentas judiciales y de producción, con cambio de realizador incluido, implica volver al refugio. Como lector de Tolkien, aviso: esos libros, leídos a la edad justa, quedan como un lugar al que volver cuando el mundo se pone demasiado hostil. Lo que tienen es algo difícil de asir o aislar, una especie de alma que quizás se nos hace vicio.

“Hacer El Hobbit, si bien fue un proyecto anómalo que atravesó varias tormentas judiciales y de producción, con cambio de realizador incluido, implica volver al refugio.”

El Hobbit – Un viaje inesperado, es un poco o un mucho, más bien un mucho, esa búsqueda de refugio en la fantasía ante un mundo que se nos aparece cada vez más hostil. Pero cuidado: por alguna extraña, diabólica razón, el personaje más interesante y más humano es el a medias digital Gollum. Gollum es el obsesionado por el Anillo, el tipo que vive encerrado en una caverna royendo cualquier cosa y viviendo en la sola contemplación de un objeto. Muchos adolescentes poco adaptables que encontraron hogar en la Tierra Media –y no me cabe duda de que tanto Jackson como su guionista y esposa Phillippa Boyens lo fueron, como una versión light de la dupla de Criaturas celestiales– son Gollum, un extraño ser freudiano en un universo que detesta la modernidad. Si esta primera parte de la nueva trilogía de Jackson merece ser vista es por cómo Bilbo y Gollum, dos solitarios, se ven reflejados el uno en el otro. Y cómo, en el momento culminante, un acto de piedad es también un acto de mezquindad, un punto complejo mientras todo lo demás es furiosa, prolija, vertiginosa, divertida corrida de enanos matando duendes babosos. Es cierto, la película tarda en arrancar y, cuando lo hace, casi es demasiado tarde. Pero, a diferencia de otras fantasías multimillonarias que hoy sobreabundan en las pantallas, ésta tiene una sinceridad y un amor por lo deforme que no se encuentra habitualmente en el cine. Y, en ese sentido, sí es un viaje inesperado: no hacia la guarida del malvado dragón a punta de espada sino a la memoria de quien fue, alguna vez, un hobbit con demasiado miedo de salir de su agujero en el suelo.

 

Aventuras en los ochenta

Los Goonies

 

Los Goonies

 

Nostalgia aparte, de verdad hubo días dorados para los que fuimos chicos en los ochenta y tuvimos la suerte de que las aventuras que soñábamos aparecieran en la pantalla de los cines de la mano artesanal y cinéfila de Joe Dante, Steven Spielberg, Richard Donner o Rob Reiner (aunque en ese momento en que las películas tenían nombre y actores pero no director, poco podía importar quiénes eran estos tipos). Si uno tenía una pandilla de amigos y fantaseaba con que los extraterrestres, viajes intergalácticos o barcos piratas se volvieran reales, ahí estaba el cine (con películas como Los exploradores de Dante, E.T., Cuenta conmigo) que como por arte de magia los mostraba y demostraba hasta qué punto eran posibles. Los Goonies es una de esas películas: filmada por uno de esos directores que hacían bien su trabajo antes que ser estrellas (y bien que Donner lo hizo bien con las Arma mortal y las Superman), desde el comienzo establece claramente cómo funciona ese guiño que va del consumo a la producción del cine, o del nene sentado y deseante frente a la tele al nene que agarra la bicicleta y sale a buscar la aventura. Porque mientras en el televisor de una familia muy normal (la de Corey Feldman) de un típico pueblito costero con pinos se ve la escena de persecución que abre Una Eva y dos Adanes, por la ventana pasa el auto de los Fratelli recién escapados de la cárcel y perseguidos por la policía local. Los chicos de esa pandilla que se hace llamar Los Goonies todavía no lo saben, pero en las calles de su pueblo se está armando una que los va a llevar a todos al corazón mismo de una película, una con delincuentes y leyendas piratas y primeros besos robados en la oscuridad de una caverna.

“Si uno tenía una pandilla de amigos y fantaseaba con que los extraterrestres, viajes intergalácticos o barcos piratas se volvieran reales, ahí estaba el cine (con películas como Los exploradores de Dante, E.T., Cuenta conmigo) que como por arte de magia los mostraba y demostraba hasta qué punto eran posibles. Los Goonies es una de esas películas.”

Si Los Goonies es una película que da para volver a ver, solos o acompañados por hijos o sobrinos, ahora que otras películas como Súper 8 tratan de recuperar la calidad y la calidez de ese espíritu de los ochentas, es porque todo lo que contiene está tan bien hecho que sigue resultando altamente atractivo, y muy en especial el casting de pibitos que van a atravesar ese viaje de Indiana-Jones-en-miniatura: presten especial atención al pequeño oriental que no deja de sacar gadgets de un sobretodo de inventor enloquecido (con esa pasión por el invento casero que representa este cine como objeto a nivel microscópico y que está también en Gremlins, por ejemplo), al gordito lloroso de campera roja, y a un Corey Feldman descarado que acababa de descubrir el sexo y hace chistes tan zarpados que probablemente en su momento apenas los entendimos. El cine de los ochenta supo capturar grandes porciones de infancia en el cuerpo y el habla de chicos reales y reconocibles, y además y como una yapa sentimental, no deja de ser seductor embarcarse en una aventura que al fin y al cabo tenía como fin –en el argumento bastante típico de “juntar unos pesos para salvar nuestras casas que los empresarios malvados quieren rematar” – lograr aquello que nosotros no pudimos: que todo siguiera siendo igual, por un poco más de tiempo.

 

Camila vive

Camila de María Luisa Bemberg

 

Camila de María Luisa Bemberg

Casi treinta años han pasado y Camila (1984) conserva aún todo su potencial emotivo, concentrado en aquel “Ladislao, ¿estás ahí?”, una de las frases inolvidables del cine argentino.  Es interesante repasar los logros de esta película, que padece el olvido de lo que ya resulta obvio de tan consagrado.  En Camila se dio una conjunción de factores que hicieron de ella lo que fue.  Estrenada a escasos cinco meses de la recuperación democrática, a pesar de su marco decimonónico fue leída como una alegoría de horrores más cercanos, donde un poder dictatorial decidía la vida y la muerte mientras la cultura se reducía a su mínima expresión: no es casual que el primer muerto de la película sea el comerciante que le traía a Camila los libros “prohibidos”.  El pecado de Ladislao –disparador de debates sobre el voto de castidad– resulta casi ingenuo frente a los escándalos de la Iglesia actual.  Pero lo que la gente vio en la película fue la pasividad de la Iglesia frente al fascismo y su castigo ejemplificador; así, por otro camino, Camila se convirtió en la mayor crítica a los poderes de la Iglesia Católica y su ceguera en tiempos más inmediatos.

Por otra parte, la excelente factura técnica de la película y el trabajo de sus actores –un raro buen ejemplo de coproducción hispano-argentina, alejado de los meandros que complicarían intentos posteriores– confirmaba que el cine argentino había regresado y tenía mucho para dar.  La película recorrió el mundo y hasta recibió una nominación al Oscar, todo un guiño político que La historia oficial confirmaría al año siguiente.  El Instituto de Cine empezaba a florecer con créditos, muchos para operaprimistas, si bien la calidad de los resultados estuvo lejos de las expectativas y en el cine de los ochenta Camila –como La película del rey o El amor es una mujer gorda– sería más la excepción que la regla.

Por supuesto, buena parte del mérito del film es de María Luisa Bemberg, una directora algo olvidada (murió en 1995) y que llegó al oficio  en la cincuentena y sin hacer el escalafón.  Su primera película fue recibida como el capricho de una advenediza, pero Señora de nadie (1982) ya mostraba que esta mujer podía contar una historia y también que las mujeres tenían muchas, otras historias para contar.  Bemberg fue la única directora del cine argentino por muchos años, y solía mencionar que en el mundo las mujeres sólo ocupaban un siete por ciento de la profesión (de hecho, Kathryn Bigelow fue la primera en ganar un Oscar a la dirección, en ¡2011!).  Aunque ella no llegó a verlo, su ejemplo cundió en una nueva generación a través de su productora Lita Stantic, que lo fue también de Lucrecia Martel.  Hoy la Argentina es uno de los países con más cineastas mujeres; entre tanta lamentación cotidiana, es bueno recordarlo.

Cary Grant, un actor único e irrepetible

Cary Grant

 

Cary Grant

Cary Grant fue el actor clásico por excelencia, mal que les pese a muchos. Sin afectaciones ni búsquedas introspectivas, supo dar vida al repertorio más variado de personajes inolvidables de los años dorados de Hollywood. Junto a John Wayne encarnaron el paradigma de la masculinidad, que oscilaba entre cierta fortaleza de carácter y espíritu de acción –que proyectaba Wayne- y una seducción innata, combinada con el increíble aplomo que otorga la seguridad de Grant de saberse dueño del mundo. Porque eso era Cary Grant, el dueño del mundo cuando aparecía en pantalla. Podía ser bajo los anteojos gruesos del profesor circunspecto de La adorable revoltosa, víctima consentida de los encantos y caprichos de una arrolladora Katherine Hepburn, que con sus piruetas y caras de asombro nos conquistaba desde el primer minuto; o como el periodista sinvergüenza y manipulador de Ayuno de amor tan seducido por la noticia de primera plana como por el desafío de arrebatar a su ex-mujer de los brazos de su campechano pretendiente.

Nacido en el seno del circo inglés en los albores del siglo XX, llegó a Hollywood en 1932, tras varios años de trabajo en teatro, para conquistar definitivamente la pantalla. Rompió el molde del galán romántico que había delineado en sus primeras apariciones para afirmar su personalidad de comediante estrella, con una picardía natural que lo hacía fácilmente adorable. Como decía Donald Spoto en la biografía sobre las rubias de Hitchcock, Cary Grant representaba lo que todo hombre ordinario quería ser y no se animaba. En Intriga internacional interpreta a un publicista que se ve envuelto en una frenética y peligrosa aventura y que termina en la cama con una espía rusa. Su traje impecable, su figura apolínea y su mirada directa y confiada era la clave de un estilo irresistiblemente enigmático para las mujeres.

 

“Eso era Cary Grant, el dueño del mundo cuando aparecía en pantalla.”

Si bien fue el rey de la comedia sofisticada en los treinta, con un manejo inigualable de sus recursos expresivos, un despliegue corporal entrenado en su pasado circense, y una verborragia aguda y acelerada, que proyectaba esa magia que hacía brillar –enamorados– nuestros ojos y los de sus afortunadas partenaires; detrás de ese aspecto de buen chico, prolijo y bien vestido, latía un misterio insondable. El que descubrió Hitchcock desde su primera colaboración en Sospecha como un marido tentado de envenenar discretamente a su esposa, aunque el código de censura de la época no se lo permitiera. El mismo que reapareció en la exquisita Para atrapar al ladrón donde su laxa moral de guante blanco se veía sorprendida por el beso furtivo que le plantaba Grace Kelly en su primer encuentro.

Cary Grant era todo eso y mucho más, sin una pizca de sentimentalismo construyó a sus ambiguos héroes desde la más absoluta honestidad. Desde sus golpes y caídas, sus corridas alocadas, sus miradas cómplices y sus guiños al espectador, supo crear desconcierto y desazón con sus criaturas más torturadas, sin apelar a histrionismos gratuitos y métodos berretas. Un actor único e irrepetible que, aún hoy cuando todavía se cree que los buenos actores son los que gritan y hacen de psicópatas enajenados, sufre un menosprecio infundado. Y todo porque supo brindarnos la mayor de las felicidades sólo con estar ahí, con desplegar con la más genuina transparencia sus clásicas virtudes, con sonreír con esos dientes blancos y perfectos en pantalla y hacernos creer por dos horas que nuestro mundo era un poco más maravilloso.