Una cumbre del terror

el exorcista

el exorcista

 

Regresar a El exorcista a cuarenta años de su estreno es volver a asistir a una de las experiencias cinematográficas más aterradoras de todos los tiempos; incluso si uno se considera un espectador avezado en el género. El film de William Friedkin parece blindado al paso del tiempo pero, al mismo tiempo, es un hijo dilecto de su época. Si los excesos gore de la década del ochenta y la infantilización del género en los noventa no permitieron ni por lejos películas similares, vistas hoy en día sus imágenes y sonidos se antojan secos y crudos, bien lejos de los fantasmas digitales y la hemoglobina CGI parida por la última actualización de firmware. En 1973 Friedkin venía, por cierto, de poner su firma en otro clásico, Contacto en Francia, un policial nervioso, duro, con aristas afiladas y una cámara en constante movimiento que nunca abandonaba las calles de una sucia Nueva York pre Giuliani. En El exorcista, basada en el best-seller homónimo de William Peter Blatty, esa misma cámara se metía en una casa de Washington para asistir a la implacable posesión diabólica de una muchacha de doce años. Sin apuros, tomándose todo el tiempo necesario para construir el drama, los primeros síntomas de la “enfermedad” que aqueja a Regan –con esa terrible escena donde el Mal parece personificado por un tomógrafo versión 1.0– son apenas menos terribles que el desembozado horror que sobrevendrá.

“El film de William Friedkin parece blindado al paso del tiempo pero, al mismo tiempo, es un hijo dilecto de su época.”

En el año 2000 el film volvió a estrenarse en una versión restaurada y “revisitada” y, de allí en más, fue ese corte santificado por Friedkin el que más ha circulado en toda clase de formatos. Las escenas agregadas a ese redux 27º aniversario –que rozan los diez minutos de metraje– no suman absolutamente nada, pero afortunadamente tampoco restan. Apenas una visita más al médico, algunos diálogos poco jugosos, un final un tanto más abierto. Y, por supuesto, la famosa –y durante décadas mítica– escena de la escalera, en la cual la niña Linda Blair (en realidad, un doble de cuerpo) desciende las escaleras de su casa en cuatro patas, a la manera de un arácnido infernal. Mucho se ha discutido sobre ese plano, en particular la manera en la cual atenta contra esa línea divisoria tácita entre el arriba y el abajo, entre el resto de la casa y esa habitación fría, literalmente endemoniada, ubicada en el primer piso. Pero se vea una u otra versión, lo que se mantiene imperturbable es la capacidad del film para generar tensión y acelerar el pulso. El manejo del sonido y la alterada voz de Mercedes McCambridge, la dosificación de los efectos especiales y los trucos de maquillaje, considerados de vanguardia en su momento, la participación de Max Von Sydow en un rol ciertamente alejado de sus periplos bergmanianos. No hay efectos digitales ni modernidades que puedan agregar demasiado al regio espectáculo que proporciona esta elemental pero poderosa lucha entre el Bien y el Mal, uno de los pináculos de ese cine norteamericano de los años setenta que muchos ven hoy como referente y fuente seminal de la cual beber.

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Las películas del Rey I

Stephen King

Stephen King

 

¿Cuántas veces escucharon decir que “la película es siempre peor que la novela”? Por alguna extraña razón, parece haberse instaurado la idea de que la literatura es un arte “mayor” que el cine, y que no hay manera de que el cine le llegue a los talones. De más está decir que esto es totalmente falso y que hay infinidad de películas superiores a los libros en los cuales se basan. Pero, además, el error más grande de todos está en la comparación. Cuando un libro se adapta al cine se convierte en otro objeto, y todo director y/o guionista debe tener la libertad de hacer todos los cambios que crea pertinentes sin que una manada de fans se le tire en contra, ya que se ha convertido en su propia obra. Además, el cine es un arte muy diferente a la literatura, y algo que puede resultar brillante en papel puede ser espantoso en su paso al cine.

La ventaja que tiene alguien como Stephen King es que su escritura es tan cinematográfica que rara vez resulta necesario llenar sus adaptaciones de cambios sustanciales más allá de acortar personajes y situaciones por cuestiones de duración. Pero, nuevamente, un director tiene todo el derecho a hacer lo que le venga en gana con su película sin tener que preocuparse en “ser fiel” al material original. Y Kubrick hizo eso mismo con su adaptación de El resplandor, que difiere tanto de la novela de King que el propio King se sacó las ganas un tiempo después y escribió una miniserie de TV que dirigió Mick Garris en 1997. Y, recientemente, mencionó que lo que más le molesta de la película de Kubrick es su misoginia al retratar al personaje de Wendy que interpreta Shelley Duvall, lo cual no es del todo errado. Y también mencionó la frialdad de Kubrick hacia sus personajes, lo cual es una constante en el cine de Kubrick.

“La ventaja que tiene alguien como Stephen King es que su escritura es tan cinematográfica que rara vez resulta necesario llenar sus adaptaciones de cambios sustanciales más allá de acortar personajes y situaciones por cuestiones de duración.”

Pero esas son críticas puntuales a El resplandor como película y, por tanto, son atendibles, y King también suele decir que El resplandor es una muy buena película de terror. Y lo es: Kubrick finalmente utiliza su perfeccionismo visual para causas nobles (léase: narrar). En cada uno de los paseos del pequeño Danny en triciclo por los pasillos del hotel, filmados con el virtuosismo que caracterizaba al director de 2001, Kubrick está narrando. Y, lo más importante de todo teniendo en cuenta la película que es, está asustando. El resplandor es una película realmente aterradora; el cuentito de fantasmas que narra es lo suficientemente atrapante como para que podamos disfrutarla sin tener que sobre analizarla y desmenuzarla casi cuadro por cuadro como lo han hecho muchos desde su estreno. El resplandor nos regala algunas de las imágenes más inolvidables de la historia del cine de terror (y una música extraordinaria a cargo de la compositora trans Wendy Carlos), y resulta ser una muestra de que se puede hacer una gran adaptación de una gran novela sin que al encargado de adaptarla le importe siquiera un poco la “fidelidad”.

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Una comedia romántica negativa

amante a domicilio spread

amante a domicilio spread

 

No pasa muy seguido que uno tenga el placer de ver una buena película negativa, en el sentido más profundo del término. Y si esa película, además, pertenece al no tan amplio género de la comedia romántica, estamos directamente frente a un objeto raro y fascinante, indigerible y tentador. Porque la comedia romántica, se sabe, es el reino del “todo termina bien en un mundo básicamente bueno”. Y si una comedia romántica tiene la osadía de terminar mal, suele dejarse en claro que el protagonista fracasó trágicamente en un universo que por otra parte es puro amor y encuentro entre las almas. Spread (Amante a domicilio)–película donde Ashton Kutcher muestra el máximo de cuerpo que se puede mostrar fuera del cine independiente– retuerce el género al punto de constituir el negativo de otra película feliz y posible para contar la historia de Nikki (Ashton Kutcher), alguien que llega con un sueño a la ciudad donde todos sueñan pero que, ojo, no es ninguna joyita.

Es que Nikki tiene el cuerpazo de Ashton Kutcher y, bueno, ¿qué se puede hacer en un lugar como Los Ángeles con ese cuerpo más que, digámoslo suavemente, ofrecerlo para toda clase de placeres? Fiesta va, fiesta viene, la película nos presenta a Nikki en el momento en que encuentra una nueva presa con forma de rubia empresaria y exitosa (Anne Heche) que vive sola en una de esas casas que parecen cajas de vidrio, con una o más piletas distribuidas en terrazas, vista a toda la ciudad, y los conceptos de hogar y de intimidad como recuerdos vulgares y lejanos. Nikki pasa por la vida de la rubia como quien para en una estación de servicio para comprar una coca, mirar un poco la tele de reojo, ir rápido al baño y seguir viaje, mientras Spread despliega los valores de un mundo que en la película es bien concreto y es tan protagonista como Nikki o más, siempre a punto de devorarse a los individuos: L.A., el inabarcable laberinto geográfico y social de escala difícilmente humana donde nadie parece realmente gozar o divertirse.

Hasta que en uno de esos diners que le dieron tanto al cine, Nikki se cruza con Heather (Margarita Levieva, la chica cool que mascaba chicle en Adventureland) y una ráfaga de romance sentido y real desvía a Nikki del camino ya demasiado conocido. Con Ashton Kutcher en un papel de esos que suelen considerarse “arriesgados” por su potencial desagradable, una Los Ángeles que insiste en ser soleada sin calentar a nadie y un extraño final que está más cerca de Herzog que de la comedia mainstream, Spread es uno de esos tragos amargos que refrescan en serio, o, para decirlo sin metáforas, una de esas películas de las que nadie hablará pero que nadie se podrá sacar del paladar una vez que la vea.

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