Melancolía

el ilusionista

el ilusionista

 

La animación en el cine es una anomalía, un género que nadie sabe bien dónde poner; una categoría que molesta a la hora de los premios.  La animación puede cubrir todo lo que cuenta el cine, pero muchos piensan que no es cine. A su vez, el mundo del cine animado suele ser identificado con los grandes estudios que piensan en el público infantil; la animación para adultos es una anomalía al cuadrado, y si no es de EE.UU., al cubo.  El ilusionista (2010) es una de esas películas que tiene todo para perder en el mercado.  Es animada, pero no para chicos; francesa; y encima no tiene nada que ver con esa horrenda película del mismo nombre que protagonizó Edward Norton hace unos años.  El ilusionista trata de un mago, sí, pero de un mago animado, un veterano del varieté que descubre que el trabajo se está acabando.  El mago es viejo.  Su conejo está sobrealimentado, y los teatros que antes le daban cabida prefieren a extrañas bandas de pelilargos que tocan rock and roll.  Sí, estamos en los sesenta, más precisamente en 1959, el año de Kind of blue y “Take five”, el año que murieron Billie Holiday y Errol Flynn, el año de la revolución cubana.  El mundo estaba cambiando rápidamente y la televisión, en pleno apogeo, se estaba comiendo a los teatros y los circos.  Pero nuestro mago no llega a entenderlo bien, o simplemente no quiere aprender más las novedades, y tira la toalla.

“La animación en el cine es una anomalía, un género que nadie sabe bien dónde poner; una categoría que molesta a la hora de los premios.  La animación puede cubrir todo lo que cuenta el cine, pero muchos piensan que no es cine. “

Un viaje a Inglaterra lo lleva a un pequeño pueblo escocés donde su número todavía interesa un poco.  Sobre todo a una adolescente que queda deslumbrada y, sin consultarlo, decide irse con él.  Pero no hay erotismo sino una obvia búsqueda paterna.  El mago no tendrá más remedio que darle cobijo en Londres, mientras sigue buscando trabajo.  De a poco, la chica irá creciendo, cambiando y descubriendo que la magia consiste sólo en trucos.  Buscará la ilusión en otra parte.  Y él ya no tendrá dónde ir.

Tal la desesperanzada y en el fondo siniestra trama de El ilusionista.  Pero esta es una película animada, y su director Sylvain Chomet –autor también de Las trillizas de Belleville (2003)– cuenta el cuento con estilo amable y zumbón.  Si no fuera así, la depresión sería insoportable; pero nosotros no estamos sufriendo con ellos, el dibujo nos da la distancia suficiente para intuir, con una resignada sonrisa, para dónde va la historia.  Por otro lado, la animación tiene que tener gracia, elegancia, estilo: sino es una catástrofe, un cantante sin oído.  Es un formato que no tiene red.

¿Pero vale la pena?  Por supuesto.  Si alguna vez se emocionó con Historia de Tokio o Umberto D., no dude en ver esta película.  Y si le gustan los momentos emotivos de los films de Pixar, esta película también es para usted.  Y si conoce el cine del cómico galo Jacques Tati, títulos como Mi tío o Las vacaciones del sr. Hulot, entonces no hay nada que explicar.  El ilusionista se basa en un guión inédito de Tati, y el mago se llama, como él, Tatischeff y como él oscila entre la fascinación y el miedo a la novedad.  Pero no hace falta saber nada de eso para disfrutar esta historia que pretende hacernos sonreír mientras nos enfrenta a la oscuridad última de la vida.  Por supuesto, con semejante tema no podía ser un gran éxito.  Chomet acaba de estrenar su primera película con actores y hay otros films franceses de animación que vale la pena buscar, como Persépolis (también en Qubit.tv) o Un gato en París, generalmente relacionados con la escuela del dibujo de “línea clara” que tuvo al belga Hergé (Tintín) como figura máxima en la posguerra.  Ellos son –como el delirante japonés Hayao Miyazaki– el granito en el ojo de Disney, la anomalía de aquello que algunos dudan en llamar cine aunque el cine “verdadero” esté lleno de fx de computadora.  Contra el hiperrealismo de ese cine que nos entretiene, y valiéndose de viejas armas como el mago Tatischeff, ellos todavía pretenden emocionarnos.

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stephen king

stephen king

 

Pero si Kubrick hizo lo que quiso con una novela de King, este pareciera haber encontrado a su par cinematográfico perfecto en Frank Darabont. Cuando Darabont era estudiante de cine, dirigió un corto basado en un cuento de King llamado La mujer en la habitación (editado en la compilación El umbral de la noche) que gustó mucho a King. Pero fue recién once años después que Darabont volvió a adaptar a King, y el resultado fue Sueños de libertad, adaptación de la novela corta Rita Hayworth y la redención de Shawshank (presente en Las cuatro estaciones) y uno de los momentos más King que tuvo el cine. Esta historia sobre la amistad entre dos convictos del penal de Shawshank a fines de los años cuarenta está narrada por Darabont a puro clasicismo, y tanto las descripciones de los personajes como los diálogos y el relato en off parecen sacados de la obra de King sin intervención alguna. La película fue nominada a siete premios Oscar (de los cuales no ganó ninguno) y, hasta en momento en que este texto fue escrito, está en el primer lugar del ranking de mejores películas de la historia según los usuarios de IMDb.com.

“Si Kubrick hizo lo que quiso con una novela de King, este pareciera haber encontrado a su par cinematográfico perfecto en Frank Darabont.”

La más reciente adaptación a cargo de Darabont de una obra de King (en el medio estuvo la subvalorada Milagros inesperados) fue La niebla. Para esta película, que imagina el apocalipsis desde un supermercado en el que quedan varados varios personajes mientras todo afuera se destruye, Darabont abandona la puesta en escena rabiosamente clásica de sus películas anteriores para experimentar con la cámara en mano y los planos cortos. Y lejos de resultar molesto, esta decisión estética nos acerca muchísimo más (tanto literal como figurativamente) a estos personajes desesperados. Y aquí tenemos uno de los casos más claros de que faltarle el respeto al material original puede mejorar muchísimo las cosas. Y aquí haremos referencia al final sin describirlo, así que, si no quieren saber absolutamente nada, pasen al próximo párrafo. La novela original tenía un final abierto, algo difuso y con atisbos de esperanza. No vamos a revelar el final de La niebla (la película), pero se trata de uno de los más perturbadores, inesperados y brillantes en muchísimo tiempo; el tipo de finales a los que se solía recurrir seguido en la legendaria serie La dimensión desconocida. El mismo King amó muchísimo este final, y lo considera infinitamente superior al de su propia novela. Y una curiosidad más sobre La niebla: Darabont pensó la película como para ser estrenada en blanco y negro, cosa que finalmente no ocurrió, pero intenten hacer en casa el experimento de sacarle el color y verán cuán diferente (y superior) es a la versión en colores.

Por último, vamos a recomendar una película que tiene una buena cantidad de detractores pero que, créanme, está buenísima, y es otra película 100% King. Se llama Cazador de sueños y está dirigida por Lawrence Kasdan, el mismo de Reencuentro, Cuerpos ardientes, Mumford y otras grandes películas, y coguionista nada menos que de El imperio contraataca, El regreso del Jedi y Los cazadores del arca perdida. Es extraño que la primera colaboración Kasdan-King se haya llevado a cabo recién en el año 2003, porque ambos comparten universos muy similares. La película (al igual que la novela original) remite mucho a otras novelas/adaptaciones de King como It o Cuenta conmigo. Aquí también hay un relato de infancia –pocos narran la infancia de forma tan desprejuiciada y poco condescendiente como lo hace Stephen King– y, al igual que It y, un poco, Cuenta conmigo, un relato en tiempo presente con el grupo de amigos ya adultos. Pero aquí se suma un elemento extrañísimo que es claramente lo que expulsó a varios de la película, y es la escatología. Sí, como si los universos de King y Kasdan se hubieran cruzado con el de los hermanos Farrelly, aquí hay parásitos alienígenas que salen del culo de la gente cuando van al baño. Véanla, no sean sensibles.

 

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Cuestión de perspectiva

El espíritu de la colmena

El espíritu de la colmena

 

El espíritu de la colmena es la primera obra maestra de Victor Erice, realizador español famoso por haber hecho sólo tres largometrajes (El Sur y El sol del membrillo son los otros) en cuarenta años, razón por la cual cada vez que aparece algo nuevo de él –aunque sea en forma de cortometraje– se vuelva todo un acontecimiento en el mundo cinéfilo. Esta película es también famosa por hablar del franquismo de un modo particularmente brillante: no concentrándose en una gran ciudad sino en un pueblo pequeño y aparentemente apacible de la década del cuarenta que termina funcionando como una metáfora de la situación de un país.

 

El espíritu de la colmena es la primera obra maestra de Victor Erice, realizador español famoso por haber hecho sólo tres largometrajes (El Sur y El sol del membrillo son los otros) en cuarenta años.”

 

Si uno tuviera que encontrar un momento que en algún punto resuma esta película habría que buscarlo en aquella en la que encontramos al padre de familia caminando con sus hijas por una pradera a pleno día y seleccionando setas. Allí el hombre les dice a las nenas que si llegan a comer una seta venenosa entonces se acabaron las setas y todo lo demás. En ese momento aparecen dos cosas claves en la película. En primer lugar la presencia de lo fatal mencionada en un espacio que pareciera ser ajeno a ella. Allí se nos adelanta lo que va  pasar en ese pueblo amable y silencioso (nadie grita en este película rica en susurros) en la que la violencia puede venir en forma repentina y contundente: sea en la forma de una víctima agónica que trata de refugiarse de sus verdugos como en la de una nena que empieza a ahorcar a su gato negro a modo de juego perturbador.

Pero hay algo más en la frase del padre: la idea de que las setas “desaparecen” cuando uno come una venenosa implica toda una toma de posición en la película por no representar el mundo objetivamente sino de analizarlo según la perspectiva de alguien. En este caso El espíritu de la colmena asume mayormente el punto de vista de Ana, una nena que mezclando la realidad con sus fantasías (y sintiendo a veces tan verdadera la realidad concreta que la rodea como las cosas que imagina) trata de entender el mundo en que vive, descubriendo sonidos raros como el de los trenes pasando por las vías, intentando comprender desde la ficción de Frankenstein que vio en el cine hasta la estructura biológica del cuerpo humano que le enseñan en la escuela. En sus ojos todavía inocentes va a ver con extrañamiento una violencia a la que la España de los cuarenta parecía haberse acostumbrado, y parte de la grandeza  de esta película va a ser justamente mostrar esto sin un espíritu burdo de denuncia sino con una elegancia que logra ser, al mismo tiempo, sutil y contundente.

 

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Tengo un monstruo en el bolsillo

titanes del pacifico

titanes del pacifico

Titanes del Pacífico nació mucho tiempo antes del 2013. Guillermo del Toro soñó con esta historia cuando tenía tan solo doce años. “Si ahora tuviera una máquina del tiempo e invitara a mi otro yo de doce años a ver lo que estoy haciendo, se pondría loco de contento al ver mi versión de cuarenta y ocho años”, confesó en una reciente entrevista. Los monstruos y los robots son la debilidad del director mexicano desde muy pequeño y nada de eso ha cambiado hasta el día de hoy. La permanencia de ese fetichismo infantil por los bichos extraños y la maquinaria pesada es lo que convierte a su cine en un planeta amorfo, impregnado de un espíritu mágico que oscila entre lo vital y lo mortuorio. Guillermo del Toro es un niño con licencia de conducir. De conducir como un Dios, con cuernos rojos y tridente, los mundos que crea en cada una de sus películas.

 “Titanes del Pacífico nació mucho tiempo antes del 2013. Guillermo del Toro soñó con esta historia cuando tenía tan solo doce años.”

La abismal diferencia entre Hellboy (I y II) y Titanes del Pacífico es que las dos primeras se ajustaban a la fidelidad de otro autor: el historietista Mike Mignola. Su octavo largometraje, prima segunda de Ultraman, encuadra en sus típicos planos sumergidos en papel crepe azul de cobalto a la salvaje riña entre los Kaiju y los Jaegers. Los alienígenas, que en vez aterrizar a la tierra salen de la superficie, atacan a los humanos disfrazados de monstruos como en Titanes en el ring pero vestidos de frac. Raleigh Becket (Charlie Hunnam) pelea contra Godzillas evolucionados y modernistas bajo el agua, en el aire o sobre tierra firme, pero la lucha más salvaje habita dentro de su segundo traje: su piel. Como en Hellboy, el personaje principal sufre la metamorfosis de convertirse en un hombre adulto. Pero, ¿qué hace que un hombre sea hombre? Del Toro no está aún preparado para abandonar la niñez -tiene una casa familiar y otra, solamente para que coman, duerman y sueñen pesadillas sus monstruos-, pero como buen padre ficticio provoca, a través de giros narrativos, crecimientos abruptos en los protagonistas del relato. Le arranca a su hermano Yancy (Diego Klattenhoff) del interior del Jaeger y lo reemplaza con una mujer: Mako Mori (Rinko Kikuchi)

 

En cada nueva película, Del Toro se enfrenta desnudo, sin coraza ni engranajes, a una batalla interna: creer o no en la humanidad. Un Kaiju flotando en su hombro izquierdo y un Jaeger en el derecho gritándole al oído mensajes contradictorios. Como sus propios personajes, el director encarna la lucha entre el bien y el mal; entre su pesimismo y su optimismo.“Lo que hace un hombre son las elecciones que hace. No cómo empieza las cosas…sino cómo decide terminarlas”, relataba la voz en off de John Myers en el desenlace de Hellboy. Del Toro es un pesimista innato sobre el futuro de la humanidad, sin embargo, siempre termina exponiendo cierta esperanza en la especie. Los monstruos son la amenaza del apocalipsis pero también son su salvación porque, como la fuerza de la naturaleza, no son ni buenos ni malos. Asustan porque tienen demasiada fuerza e impunidad como la tristeza de un tsunami o la angustia de un huracán.

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