La solidaridad

el conjuro

 

el conjuro

Para muchos, entre quienes me cuento, la década de los años setenta fue la gloria del cine. El momento en que el espectáculo -esa palabra siempre denostada por los cultores de la corrección estética- había mostrado su auténtica dimensión: servir de amplificador metafórico de un malestar que solo encontraba en las imágenes la manera de ser comunicado. Es la década de Taxi Driver, de Carrie, de Apocalypse Now, de El exorcista, todos puntuales ejemplos de la instauración del reino del Mal. Incluso los films optimistas de George Lucas o de Steven Spielberg hablaban de una resistencia contra algo que no podía ser definido, que tomaba las formas proteicas de un tiburón casi inmortal o de un hombre robot oscuro y asmático. Por alguna razón, mucho de aquello quedó olvidado salvo para los cinéfilos y, por alguna otra razón, cuesta ver que este estado de cosas (la “resistencia”, el mal como constante) permanece.

Por eso El conjuro es muchísimo más que una película de terror. Es la historia de dos investigadores de lo paranormal reales, tipos que han visto el Infierno de verdad y que actúan como detectives-exorcistas (el término no es inocente ni para ellos ni para quien esto escribe) para paliar, como se puede, los efectos más extremos del reino satánico. El realizador James Wan no es ingenuo: su película tiene todos los elementos del cine de los setenta no solo porque se desarrolla, efectivamente, en los setenta (y entonces, la reconstrucción de época) sino porque además comprende, como lo comprendían William Friedkin, Brian De Palma o Francis Ford Coppola, que el Mal asume formas acordes con el mundo en el que medra. La dimensión “social” -otra palabra mal usada-, la mirada sobre esa familia humilde que vive del trabajo como camionero del padre y se muda a una casita casi en el campo con la esperanza de tener una vida mejor, de criar a sus nenas, no busca solo reforzar el costado documental, biográfico que tiene la película (después de todo, está basada sobre una historia real) sino ligar la realidad tangible con la presencia del Mal fantástico. De allí que el terror sea efectivo: la muerte nos rodea, puede estar en cualquier parte y somos vulnerables a ella.

“La década de los años setenta fue la gloria del cine. El momento en que el espectáculo -esa palabra siempre denostada por los cultores de la corrección estética- había mostrado su auténtica dimensión: servir de amplificador metafórico de un malestar que solo encontraba en las imágenes la manera de ser comunicado.”

Pero además de la efectiva disposición del miedo a lo largo del film, que hace que supere la instancia del puro “susto”, además de pintar con precisión que el mundo es mucho más que aquello que percibimos, hay otro elemento que le otorga a El conjuro una dimensión emotiva mayor que la del mero cuento de fantasmas. Vera Farmiga interpreta a una mujer que ha visto al Diablo a la cara, y que no puede evitar ver el pasado, lo inmaterial, el horror, constantemente. Como el niño protagonista de Sexto sentido (otro film “setentista” en el mejor sentido del término) vive en un estado de permanente tristeza, ya no de horror. Aquel plano en el que asumimos su punto de vista y vemos un cadáver colgando de un árbol no es solo un creador de miedo, sino que permite comprender la infinita tristeza en los ojos de esa mujer. Que, por eso mismo, por comprenderlo todo, decide pelear y salvar a otros de la contemplación directa del horror y la muerte. En ese hilo de la trama es que el film se vuelve otra cosa, un film de héroes renuentes que optan por ponerse en el lugar del otro. No es una película de terror pues, sino de cómo el miedo nos vuelve solidarios.

 

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Cuentos contigo

cuenta conmigo

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Es importante que Cuenta conmigo sea una adaptación de un cuento de Stephen King (El cuerpo). Es importante porque siempre suele serlo cuando es así. Por alguna razón difícil de identificar, las historias del escritor de Maine suelen adaptarse muy bien a la pantalla y la mayoría de ellas no sólo resultan buenas películas sino que se impregnan de esa densidad que son sus textos, densos no por lo oscuro de su usual género, sino por el peso de sus narraciones, que una vez posado sobre nuestras memorias se hace muy difícil de sacar. Pero más allá de King, es importante que sea una adaptación porque Cuenta conmigo es una historia sobre contar historias. Lachance, el escritor interpretado por Richard Dreyfuss, recuerda, escribe y nos cuenta a nosotros de sus doce años y su pandilla de amigos de por entonces, de cómo se unen en sagrada aventura para ir a buscar el cuerpo muerto de un compañero de escuela.  La evidencia de la muerte también es central en Cuenta conmigo. Por la muerte de su mejor amigo en la adultez,  Lachance escribe y recuerda; por la muerte de un compañero, la pandilla vivirá la más importante de sus aventuras; por la muerte temprana de su hermano, Lachance tendrá que darse cuenta a la fuerza que lo suyo es escribir, que sí sirve para algo.

“Es importante que Cuenta conmigo sea una adaptación de un cuento de Stephen King (El cuerpo). Es importante porque siempre suele serlo cuando es así. Por alguna razón difícil de identificar, las historias del escritor de Maine suelen adaptarse muy bien a la pantalla.”

A veces que la única forma de protegerse del mundo es saliendo a por él. O por lo menos suele serlo así en la tradición de relatos americanos sobre la juventud o la infancia. Los cuatro chicos de esta película necesitan escapar de sus casas, de sus padres locos, alienados, desafectivos, de sus maestros abusivos, de los matones malos, del encierro aplastante de un pueblo envejecido, tonto, ignorante y hostil. Y por eso corren a constatar la muerte de un chico, para asegurarse de que el tiempo pasa y que todo termina, incluso ese momento de sus vidas. Y para asegurarse de que lo peor que les podría pasar sería morir en ese pueblo.

Misery, otra de las buenas películas de Reiner y otra adaptación de King, es también sobre la escritura y sobre el infierno grande de los pueblos chicos. Tal vez sea que al contar las historias los demonios se van, o que al escribir nos damos cuenta del tiempo que pasa, o puede que lo hagamos para apresarlo en un infierno grande de hojas. El título original de la película es Stand by Me (“Quédate conmigo”), pero la traducción local le sienta perfecta. Cuenta conmigo no funciona solo como expresión para darle seguridad a un amigo, sino también para pedirle que las historias que tenga que contar las cuente con nosotros, que el trabajo del narrador solitario a veces podríamos hacerlo acompañados. No quedarnos con el otro, sino seguir con el otro. Reiner dirigió Cuenta conmigo en el mejor momento de su carrera, en el que sacaba películas también como Cuando Harry Conoció a Sally. Él nos contaba estas historias a nosotros, pero también confiaba, también contaba con nosotros, en que volveríamos a estos cuentos una y otra vez. Cuenta conmigo es una gran película por muchas cosas, pero sobre todo porque siempre estará allí, porque siempre podremos volver a ella, y verla crecida, distinta a la última de las miles de veces que la vimos.

Es que volver a este tipo de relatos nunca es igual porque su fuerte es el paso del tiempo. El de la película que crece, el nuestro, que esperemos que también. La genial actuación de River Phoenix es, vista después de su muerte, el peso más pesado, la evidencia más certera -como ese cuerpo que buscan los chicos- de lo que cuentan King-Reiner-Lachance y que todos ya sabemos: el tiempo no está a favor o en contra de nadie y no hay manera de pararlo.

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