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Cuando hablamos de Hollywood o de un cine “industrial”, la mayoría de las veces estamos hablando de películas que fueron cortadas con un molde más o menos parecido. Pueden funcionar mejor, pueden funcionar peor, pueden ser geniales, pero en general se atienen a ciertas reglas. Cuando un cine industrial como el de Hollywood decide hacer una película sobre un juguete masivo, tradicional, amado por generaciones pero carente de cualquier historia, ¿qué podíamos esperar? ¿Qué expectativas podíamos tener sobre una película cuya inspiración nace de ladrillitos de colores? Las sorpresas fueron muchas.

Si la materia prima de La gran aventura Lego iba a ser un juguete cuya principal virtud es que te permite, como jugador, construir básicamente cualquier cosa, esta película tuvo la enorme sabiduría de aceptar el reto y construir más o menos lo que se le daba la gana. Estos ladrillos rectos, uniformes, planos abren las posibilidades porque lo que abren es la imaginación; y, en cine, abren el relato. Claro que en su centro La gran aventura Lego cuenta una historia muy clásica, la más clásica de todas: el camino del héroe; pero para hacerlo se vale de toda la gama de colores y personajes temáticos que ofrecía el mundo Lego (a estas alturas, casi infinito). El resultado es una de las películas más libres, coloridas y encantadoras que ha dado el cine.

“Cuando un cine industrial como el de Hollywood decide hacer una película sobre un juguete masivo, tradicional, amado por generaciones pero carente de cualquier historia, ¿qué podíamos esperar? ¿Qué expectativas podíamos tener sobre una película cuya inspiración nace de ladrillitos de colores? Las sorpresas fueron muchas.”

Una de las ideas fundamentales con las que trabaja La gran aventura Lego es que todo el universo que se nos muestra está formado únicamente por piezas de Lego que en ningún momento dejan de parecer piezas de Lego. A diferencia de lo que pasa, por ejemplo, en las Toy Story, en las cuales una vez que los humanos no están los juguetes cobran vida y se mueven por el mundo como criaturas normales, los personajes Lego (y las piezas que los rodean) se mueven siempre como torpes piezas de plástico: avanzan con pasos trabados, no pueden cerrar nunca las pequeñas manos en forma de U, no tienen movimientos fluidos ni hacen nunca nada que no pudiera hacer un Lego de verdad. Lo único que cambia es la velocidad: para mantener el ritmo de comedia de aventuras, La gran aventura Lego construye muy rápido y después pasa a otra cosa. De esa forma, la película funciona como un viaje al interior de una aventura en la cual los únicos límites son la imaginación y las piezas de colores. Al interior de un juego.

Los responsables de La gran aventura Lego (guionistas y directores) son Phil Lord y Chris Miller, que también habían escrito el guión y dirigido otra gran película/sorpresa animada allá por el 2009: Lluvia de hamburguesas, su primera película. Como Lego, también Lluvia de hamburguesas contaba con una saludable libertad que le permitía contar historias simples con brillo y color.

Otra gran virtud de La gran aventura Lego es que no cae en la vieja y tramposa idea de que en una “película para chicos” todo tiene que ser simple, ramplón, sobre explicado, con personajes ultra sencillos y acciones siempre fáciles de seguir. Esta película está construida con Legos y respeta profundamente a su público y a los chicos que juegan con Legos. La película juega con la seriedad con la que juega un chico.

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¡A ver cortos animados!

Territorio seco

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Olvídense de los plácidos suburbios metropolitanos que la comedia norteamericana tiene como uno de sus puntos geográficos privilegiados: ahí, donde las veredas anchísimas con el pasto recién cortado son el preámbulo de vidas y casas donde todo es confort, confort, confort, los problemas son otros (envejecer, casarse con quién, encontrar el sentido de la vida, etc. etc). Pero Trona es el desierto, un pueblucho de pocos habitantes que apenas subsiste porque a algunas empresas les interesó extraer minerales de un territorio seco, en el que se supone que alguna vez hubo un lago. O por lo menos eso es lo que algunos dicen, y la perspectiva parece tan irreal que el pasado de Trona se siente como un sueño. El presente, en cambio, es bien real, repetitivo y resignado. Así lo vive Ray Tuckby (Dylan Walsh), que alguna vez fue el más lindo de la secundaria y ahora se encierra todo el día en una cabina de peaje, vuelve a casa para saludar a una esposa que tiene fobia de salir a la luz y un hijo adolescente (Jonah Hill) que le pide entre pucheros que lo lleve al prostíbulo.

Si el cine norteamericano se ocupó mayormente de construir una imagen de la abundancia (supermercados repletos de mercadería, autopistas atestadas, anchísimos campos sembrados, grandes territorios vírgenes o ciudades llenas de vida hasta rebalsar), Trona es el reducto de la escasez, lo pequeño, lo infértil en todos los planos, algo que Un nuevo amanecer (Just Add Water, 2008) se ocupa de señalar con pequeñas anécdotas como esta: Ray llega a casa y le pregunta a su esposa qué hay para cenar, ella dice que nada pero que podrían comprar algo, a nadie se le ocurre otra cosa más que pizza, Ray va al supermercado a comprar una pizza congelada y lo único que consigue, entre mostradores raleados donde se marchitan dos plantas de lechuga casi negras, es un par de latas de comida envasada (o esa materia tóxica que muchos norteamericanos insisten en llamar “comida”).

Just Add Water busca la comedia en el fondo del mundo, un Lejano Oeste tardío y sin esperanza donde la pandilla de motoqueros más burda cobra peaje para dejarte pasar o te deja sin electricidad a su antojo.

Just Add Water busca la comedia en el fondo del mundo, un Lejano Oeste tardío y sin esperanza donde la pandilla de motoqueros más burda cobra peaje para dejarte pasar o te deja sin electricidad a su antojo. Pero para que haya historia, a Ray Tuckby se le van a cruzar dos versiones del paraíso: una en la vida optimista y abundante del empresario interpretado por Danny DeVito, una especie de dios petisito y pelado que parece condensar la promesa de un mundo mejor en un cuerpo panzón y sonriente. Y la otra en Nora (Tracy Middendorf), la chica que le gustó en la escuela y que, por razones que Ray apenas se anima a sospechar, nunca se fue del pueblo. Melissa McCarthy y Justin Long también forman parte de la población más-white-trash-imposible de Trona, una película que también dispara sobre el género al plantear una especie de sueño instantáneo como esos jugos en sobrecitos: sólo agregue agua y verá cómo las cosas mejoran, aunque todas las imágenes polvorientas que vimos antes nos hagan, por lo menos, dudar un poco.

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