Las manos del diablo

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Ser clásico, económico en los recursos, preciso en las decisiones formales, seco en los diálogos, efectivo en la narración por imágenes parece, hoy por hoy, un ejercicio anacrónico. Y aunque hayan pasado varios lustros desde el momento de su estreno, la ópera prima de Bill Paxton se mantiene fulgurante con una fuerza secreta, esa que emerge de las grandes películas desconocidas o que fueron maltratadas y pasadas por alto, a un destino de directo a video (¿o acaso no les avisé que hablábamos de un anacronismo?).

 

Hoy, cuando muchos hablan maravillas del Matthew McConaughey de True detective, casi nadie mira que Las manos del diablo se produjo una verdadera fundación de lo que sería el personaje legendario de aquella miniserie. Hoy, que nadie habla de Bill Paxton ni recuerda su porte costneriano y cansino, las imágenes que nos trae Frailty (título original más justo y sugerente que la horrorosa traducción con la que se conoció a la película en Latinoamérica) ponen sobre la mesa a un modo de pensar las narraciones que casi ni existe (no es casual que, en el mismo año de la película de Paxton, John Carpenter concibiera otro gigantesco anacronismo liberador, su última obra maestra: Los fantasmas de Marte).

 

¿Qué clase de relato es Las manos del diablo? Básicamente un relato enmarcado, de esos que el policial negro supo construir a finales de la década del 40, en los que un sujeto se presentaba en una medianoche lluviosa, en la estación de policía, para hacer una confesión. Simplemente que aquí la confesión en cuestión tiene algunos giros de tuerca notables, que implican una sucesión de flashbacks encadenados y elegantes, que van ingresando en la locura de una familia americana disfuncional, de clase baja, de finales de los setenta. Y que relatan la espiral demencial de un padre de familia convertido en herramienta santurrona en búsqueda de demonios sobre la tierra. Todo narrado con una frialdad y ausencia de pasión, con el horizonte protestante de fondo, con el rigor por la tarea bien cumplida como norte -lo que habla de la monstruosidad calculada y laboriosa, incluso en el arte de matar-.

 

“La ópera prima de Bill Paxton se mantiene fulgurante con una fuerza secreta, esa que emerge de las grandes películas desconocidas o que fueron maltratadas y pasadas por alto.”

 

En ese horizonte, el relato de uno de los hijos del asesino. Y el desenlace de una caterva de crímenes superpuestos a lo largo de décadas, en busca de una revelación.

 

Paxton sabe cómo construir climas -incluso en sus excesos inverosímiles-, pero también sabe salirse del lugar común del terror adocenado, por eso le pide prestadas ideas a la delirante God Told me to (Larry Cohen, 1978), por lo que aquí el asunto del mal es menos diabólico que divino.

 

Como se ve, las traducciones de títulos siempre ganando adeptos y seguidores. Si algo se merecía la película era al menos un nombre más decente que Las manos del diablo. No obstante, su memoria está intacta. Difundan el credo.

Conan o muerte

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Ahí donde el imaginario adolescente masculino cruza rock metálico, sagas fantacientíficas y complemento de pesas, la aventura de Conan reina: una ficción destinada a sublimar la testosterona burbujeante de los años del acné y el bigotito anchoa.  Originalmente una serie de relatos pulp escritos por Robert E. Howard para la revista Weird Tales (la misma que publicaba a Lovecraft), Conan evolucionó con nuevas aventuras escritas por otros autores a la muerte de Howard, y luego llegó a una nueva generación en versión cómic.  Pero recién en los años ochenta el personaje puso un pie –más precisamente, una bota peluda talle 45– en el cine, reviviendo el género de sword & sorcery (espadas y brujería) e instalando una nueva estrella europea en Hollywood: el fisicoculturista Arnold Schwarzenegger.

 

El principal crédito cinematográfico del austríaco, que rondaba los 30 años de edad al ser convocado, era el documental Pumping Iron (1977), que registraba su sexta victoria consecutiva en el concurso Mr. Olimpia (con Lou “Hulk” Ferrigno como contrafigura).  Los productores lo llamaron porque el teutón (nota: siempre quise poner “el teutón”) lucía igual al Conan dibujado por Frank Frazetta en los libros de la saga.

 

La verdad es que hoy Conan el bárbaro (1982) es aludida como “la primera de Arnold”, pero en ese momento era la nueva película de John Milius, el polémico guionista de Apocalypse Now cuyas ideas conservadoras y apego por las armas le habían valido el mote de “fascista zen”.  A tal punto esto era así que al momento del estreno, los críticos se dedicaron a buscar “mensajes subliminales” –como se decía entonces- para acusar a la película de reaccionaria: ponían énfasis, por ejemplo, en que el héroe era interpretado por un actor ario y el villano por uno negro (sí, no es joda).  Por suerte, nada de eso le importó mucho a los millones de motoqueros y nerds que llenaron los cines y la recomendaron sin reservas.  Milius, al revés de lo que solían hacer los directores de la industria con estos materiales, se había tomado muy en serio el encargo y construyó –a partir de un primer tratamiento escrito por ¡Oliver Stone!– un film de pocos diálogos pero gran dimensión épica, donde los temas clásicos del género –miedo, poder, destino- son abordados en profundidad, y subrayados por un monumental score de Basil Poledouris.  Mucho se habló en su momento de la brutalidad de la película, que incluye literales baños de sangre, pero Milius contestaba que en su Conan “nadie muere gratuitamente” y el tiempo le ha dado la razón.  Desde la primera escena de pillaje en el pueblo donde Conan vive con su familia, el peso de la violencia ejercida sobre los personajes deriva más que nada de su grado de desarrollo en términos narrativos, su humanidad y atractivo. Milius incluye rasgos de humor que ironizan sobre el propio Conan –una famosa escena lo muestra borracho, noqueando a un camello de una trompada– pero nunca se ríe de la saga, y rodeó a su novata estrella con un elenco superlativo: James Earl Jones como el maléfico y memorable Thulsa Doom, Max von Sydow en un breve pero importante papel, y la bailarina Sandahl Bergman –revelación del All That Jazz de Bob Fosse– como elástica compañera de aventuras.

 

Conan el bárbaro fue, por lo menos hasta la trilogía El señor de los anillos, la película-vara contra la que se medían todas las contribuciones cinematográficas al género, y hubo muchas.  Su productor Dino De Laurentiis fue el primero en aprovechar el éxito con un segundo film, Conan el destructor (1984), con Schwarzenegger y parte del elenco original; y, un año después, la “derivada” Guerrero rojo (Red Sonja), que en realidad es sobre una guerrera, la “Colorada Sonia” del título original interpretada por Brigitte Nielsen, y donde Arnold juega un rol secundario.  En estas películas, con Milius reemplazado por el veterano Richard Fleischer, el tono cambia y se acerca más a la media televisiva, con poca sangre, castillos de telgopor y un Conan ya convertido en héroe clásico.  Cuando vuelve a darle una trompada a un camello, por ejemplo, se pretende que nos riamos con él y no a sus expensas (es que ahora los guionistas eran de la Marvel).  El mayor acierto de Conan el destructor fue, probablemente, el casting de la modelo y cantante Grace Jones como una amazona que combate a lanzazo limpio.

 

En los treinta años transcurridos desde Conan el destructor Schwarzenegger no dejó de manifestar su intención de participar en una tercera parte, en la que Conan cumpliría al fin la profecía del dios Crom coronándose rey de su propio pueblo.  Extrañamente, el actor lograría primero gobernar en la vida real, como titular –durante dos períodos- del estado de California.  Ahora que está retirado de la política dicen que, por fin, el proyecto va a concretarse y se buscan locaciones en Almería, el set español donde fuera filmada Conan el bárbaro, así como incontables westerns.  No sólo de Terminator vive el hombre.