Deme dos: Relaciones peligrosas y Valmont

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Una es mucho más recordada que la otra, pero aquella otra también tenía su encanto. Ambas estaban dirigidas por grandes directores, pero la belleza refulgente del reparto femenino de una de ellas se impuso sobre  todo lo demás. La desfavorecida fue la preferida de algunos de los críticos más influyentes de Estados Unidos, pero fue un costoso fracaso comercial.

 

Las peliculas en cuestión son dos adaptaciones de la novela epistolar Les Liaisons dangereuses (1782), de Pierre Choderlos de Laclos. La historia, brevemente: en París, en tiempos prerrevolucionarios, la despechada marquesa de Merteuil confabula con el vizconde de Valmont para ejecutar su venganza sobre su ex amante, el conde de Gercourt. Su plan, maquiavélico, consiste en desplumar a la adolescente y virginal Cécile, que es la prometida de Gercourt según los arreglos que hizo su madre, y que a los 15 años de edad no conoce otra cosa que los muros del convento en el que fue rigurosamente preparada antes de que se la presentara en sociedad. La marquesa quiere ver violentamente humillado al hombre que la dejó por otra más joven; Valmont le sigue el juego más por aburrimiento y una morbosa inclinación a ejercer su poder sin escrúpulos sobre otros más vulnerables.

 

A fines de los años ochenta, la historia, que ya había sido filmada antes para el cine (la famosa adaptación de Roger Vadim, con Jeanne Moreau y Gérard Philippe, en 1959) y la televisión, oficialmente y sin acreditar, y que volvería a realizarse varias veces más después –cambiando de época y hasta de escenografía y cultura–, se convirtió simultáneamente en objeto de dos importantes producciones. La de Lorimar/Warner, dirigida por Stephen Frears (que para entonces ya era el autor de los éxitos ingleses Ropa limpia, negocios sucios y Susurros en tus oídos), y basada en la taquillera adaptación teatral escrita por Christopher Hampton, se llamó Relaciones peligrosas; llegó antes –a fines de 1988, principios de 1989 en Argentina–, fue uno de los films “de prestigio” y populares de la temporada, con siete nominaciones al Oscar que incluían el de mejor película y de los que se llevó mejor guión adaptado, vestuario y dirección de arte, y hoy es aquella de la que la mayoría se acuerda. La otra, Valmont, que había competido con Relaciones peligrosas por varios de sus actores, es la que, con producción más francesa que americana, dirigió el checo Milos Forman (que ya tenía una importante carrera internacional, con Atrapado sin salida, Hair y Amadeus), con guión de Jean-Claude Carriére, pero, acaso, llegó algo tarde con lo mismo que todos habían visto un año antes, y hoy es un recuerdo bastante más vago.

 

Hay varias razones por las que esto es así, más allá de la carrera que jugaron los productores de ambos films, y es que Michelle Pfeiffer, que interpretó a la virtuosa Madame de Tourvel, fiel esposa de un parlamentario, y Uma Thurman (como Cécile) nunca estuvieron más hermosas que acá. Puede parecer absolutamente frívolo, y secundario a otros requerimientos narrativos, pero no puede serlo del todo en una película sobre el amor profundo, el deseo intempestuoso, la furia destructiva de los celos, el orgullo y la vanidad, y un erotismo enorme que se enciende casi sin recurrir a escenas de sexo y con escasos desnudos. Thurman irradiaba lozanía, el brillo propio de su tremenda juventud; pero Michelle…, ¡Michelle!: si siempre fue insoportablemente bella, y lo sigue siendo en su perfecta y algo reservada veteranía de cincuenta y pico, en aquel entonces su cara, su cabello y sus ojos eran sencillamente de otro planeta. Un  rostro hipnótico que nos hace creer todo, todo lo que ocurre a su alrededor: la pasión que despierta en Valmont es la que lo lleva a su propia destrucción. “En un año que la ha visto en films tan distintos como Casada con la mafia y Traición al amanecer, esta película termina de dejar en evidencia su versatilidad –se escribió de ella en su momento–. Pfeiffer es buena cuando es inocente, pero está soberbia cuando es culpable”.

“¡Michelle!: si siempre fue insoportablemente bella, y lo sigue siendo en su perfecta y algo reservada veteranía de cincuenta y pico, en aquel entonces su cara, su cabello y sus ojos eran sencillamente de otro planeta.”

Los que completaban el reparto eran, recordarán, John Malkovich, que construía en su Valmont su personaje-arquetipo, a un mismo tiempo magnético y repelente. Y Glenn Close es el monstruo, la fuerza destructora que venía de atravesar un matrimonio y hervir un conejo en Atracción fatal. (También está por ahí un muy joven Keanu Reeves, antes incluso de Las excelentes aventuras de Bill y Ted).

 

En cambio, Forman tenía a Annette Bening –que estaba, debe decirse, en su momento de mayor belleza– en el papel de la marquesa; y a un joven Colin Firth, quien con menos de 30 años, aun muy lejos de su consagración internacional, mostraba cierta chispa. Hoy resulta impensable que alguien haya considerado al tan polite y British y aburrido y soporíferamente intachable actor de El diario de Bridget Jones y El discurso del rey, para el mismo papel al que Malkovich dotó al mismo tiempo de diabólica crueldad, pero ahí está, y es realmente bueno, pero distinto: alguien dijo, entonces, que su Valmont era “más compasivo y (por eso mismo) más devastador”. Fairuza Balk era la virginal Cécile, Meg Tilly interpretaba a apocada y tensa Madame de Tourvel y el gran Jeffrey Jones (proveniente de la televisión y la ingrata clase B fantástica) a Gercourt.

 

Más dorada, fluida, dinámica, y hasta desvergonzadamente telenovelesca, la versión de Frears tiene un  pulso más vital, que habrá hecho sentir al público de su época que estaba presenciando una historia contemporánea, facilitando su identificación. Pero críticos como Roger Ebert –legendaria firma del Chicago Sun Times, una de los más influyentes de su generación– parecieron más impresionados por la de Forman:  “La versión de Frears es cerebral y claustrofóbica –escribió–; un ejercicio de manipulaciones sexuales. La de Forman es más física. En Relaciones peligrosas, los personajes parecen excitados por la idea de seducir a los inocentes. En Valmont, la idea puede ser excitante, pero las seducciones son menos placenteras para los seducidos”.

 

Con la perspectiva que da el tiempo, ya lejos de aquella carrera entre productores y de la coincidencia que propició amargas comparaciones, tener ambas versiones disponibles habla de un relato múltiple, abierto a diferentes interpretaciones, de algún modo una, la contracara complementaria de la otra, las dos valiosas. Aunque cualquier película con Michelle termine siempre resultando tan superior a cualquier película sin ella.

Adventureland y los ochenta

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Una vez, Norman Mailer había publicado un libro entero dedicado a Marilyn Monroe y alguien le preguntó a su colega Truman Capote a qué se debería la obsesión de Mailer con la actriz.  El autor de A sangre fría fue cáustico: “probablemente a que nunca la conoció”.  Como persona que vivió su primera juventud en los años ochenta, siento algo parecido cuando pienso en la obsesión reciente con la cultura popular de aquella década: creo que de haber estado ahí, estos veinteañeros se habrían decepcionado (y tal vez a mi generación le habría pasado lo mismo con sus mitificados sesenta).  Pero al menos los sesentistas vivieron revoluciones y cambios, la llegada del hombre a la Luna.  Hoy mismo, la web es una fuente de cambios constantes, de nuevas experiencias por virtuales que parezcan. Ahora veamos las novedades que dominaron los ochenta: el VHS, el SIDA y la máquina de ritmos.

 

La nostalgia es truculenta, engañadora; sobre todo si viene de Hollywood.  En los ochenta, por primera vez, el rock parecía ser tratado con real atención por los centros de difusión de la cultura, ocupando los grandes espacios. Pero detrás de la esperanza de la nueva generación había tufillo a marketing.  La ópera-rock concebida desde el vamos por músicos como Roger Waters o Pete Townshend dejó su lugar a comedias juveniles con argumentos intercambiables y bandas sonoras con diez o doce bandas de moda, que a veces ni siquiera sonaban en la película.  El aliento autogestionado de proyectos que apuntaban a diferenciarse de la media –lo que hoy llamaríamos indie– fue reemplazado por películas-envase a medida de los rankings de las radios.  Todo muy reaganiano.

 

Una película como Adventureland (2009), tan detallista con la cultura de la época, no habría podido hacerse en los ochenta.  Para empezar, su protagonista es un loser que no puede ir a la universidad porque sus padres no tienen plata y termina laburando en un Italpark pueblerino. El actor Jesse Eisenberg se parece algo a Steve Guttenberg, el protagonista de éxitos de los ochenta como Cortocircuito, pero las películas no podrían ser más diferentes.  El mérito es de Greg Mottola, el autor y director de Adventureland, que también lo fue de Superbad; pero aquí los gags son secundarios y lo principal es un clima agridulce que recuerda un poco el de su estupenda ópera prima, The Daytrippers.  El tono moderado pone en evidencia, justamente, el glamour artificial de las juvenilias ochentosas que de alguna manera emula.

 

“Una película como Adventureland (2009), tan detallista con la cultura de la época, no habría podido hacerse en los ochenta.”

 

Basta ver las elecciones musicales de Mottola, lo más parecido a pasar un rato de verdad por la época.  En Adventureland hace algo impensado: poner repetidas veces una misma canción –algo que el guión justifica– y encima se trata de “Rock me Amadeus”, uno de esos temas que sonaban todo el tiempo en las radios por obligaciones con las discográficas.  (Explicación: el músico austríaco Falco había tenido un verdadero hit en 1982 con “Der Kommissar”, que le valió un contrato internacional, y la compañía correspondiente difundió a mansalva la subsiguiente “Rock me Amadeus”, consiguiendo como siempre el hastío del público de a pie.)  La cara de disgusto de Jesse Eisenberg cada vez que suena la canción sería impensable en una película ochentosa.  Pero lo cierto es que el criterio musical de las radios de entonces era tan cerrado como en las actuales, o peor, y la mayoría de los artistas que hoy recordamos no tenían cabida en sus playlists.  Digamos, por cada tema de Sumo que podía escucharse en alguna FM argentina sonaban veinte de bandas instantáneas como Graffiti, Los Intocables o Certamente Roma (¡que imitaban a Fito Páez!)

 

Pero no todo fue un bajón; hubo momentos donde algo de lo que realmente pasaba en el ambiente –lo que los americanos llaman sense of place– se encontraba en la pantalla. El regreso de los muertos vivos (1985) es un buen ejemplo: a la vez homenaje y parodia de los zombies de George A. Romero, el film de Dan O’Bannon (guionista de la primera Alien) es una loca carrera de vísceras y extremidades sueltas por el encuadre –en pleno auge de los FX full flesh de Rick Baker, que dieron pie a un nuevo género llamado gore o splatter–, chicas tetonas a grito pelado como Jewel Shepard –quien con los años terminaría escribiendo estupendas crónicas sobre Hollywood– y música de alto voltaje cubriendo cada fotograma.  Están las omnipresentes máquinas de ritmo, claro, pero también bandas del punk más garagero como The Cramps o T.S.O.L.: todo velocidad y descontrol.  El regreso… tenía ya entonces un sabor rabiosamente barato –como diciendo “soy trash y me gusta serlo”–, era una invocación a lo más primal de la adolescencia, estúpida a un nivel militante, divertida a morir.  Fue un gran éxito del VHS.  La clase de película que hubieran disfrutado los personajes de Adventureland.
Nota: Un saludo para Peli, en cuya casa vimos El regreso de los muertos vivos para luego salir en banda al grito de “manden más cerebros…”