The September Issue

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Cada mundo necesita sus villanos y si esos villanos además son el jefe, muchísimo mejor. Si encima de todo son mujeres, el atractivo está asegurado, y a uno podrá interesarle o no el universo de la moda pero The September Issue tiene en Anna Wintour a una villana insuperable. Si vieron El diablo se viste a la moda, habrán notado la superioridad del personaje de Miranda Priestley (Meryl Streep), una mujer que es la reina de su dominio porque sabe lo que nadie sabe de su tema, por sobre el de Andy Sachs (Anne Hathaway): exactamente la clase de mujer que suele ganarse sobrenombres como “yegua” o “bitch” con tal de animalizarla un poco. Pues bien, esa jefa que anda en un auto con chofer, maltrata a los empleados y viste diseños originales pero extrañamente disfruta del café serializado de Starbucks, está inspirada en Anna Wintour, la jefa de edición de la versión estadounidense de Vogue desde 1988.

 

Wintour es una mujer pequeña y flaca que usa un carré feroz, anteojos negros, ropa de diseñadores impecablemente combinada, y es muy probable que jamás haya aparecido despeinada en público. También es una de las personas más influyentes del mundo de la moda, con una revista que es una pantalla privilegiada para promocionar o mandar al olvido a marcas, diseños, colecciones. The September Issue la sigue mientras hace su atípico trabajo, uno que consiste en tomar las decisiones más importantes y definitivas sobre el número de Vogue correspondiente a septiembre del 2007, publicación monstruosa de 840 páginas que tuvo a Sienna Miller en la tapa y en los interiores, un mundo de muñecas protagonizando las fantasías más inverosímiles para sugerirles a las mujeres pudientes qué vestir y comprar. O simplemente, para hacer creer que hay un mundo deseable donde las chicas son perfectas, nadie tiene panza y el planeta está hecho de capitales famosas como Roma o París, apenas escenarios chic para desfilar tu ropa. Una cita al respecto: “Sí, las modelos son perfectas y por suerte con eso es suficiente”, dice Grace Coddington para reclamar que no se photoshopee la pancita de un fotógrafo que aparece en la revista frente a una modelo.

 

“Anna Wintour, la jefa de edición de la versión estadounidense de Vogue desde 1988, es una mujer pequeña y flaca que usa un carré feroz, anteojos negros, ropa de diseñadores impecablemente combinada, y es muy probable que jamás haya aparecido despeinada en público. The September Issue la sigue mientras hace su atípico trabajo, uno que consiste en tomar las decisiones más importantes y definitivas sobre el número de Vogue correspondiente a septiembre del 2007.”

 

Coddington es la directora creativa de Vogue, tan británica como Anna Wintour y con los mismos años de carrera encima, tiene una cara de bruja buena enmarcada en una melena colorada salvaje, y The September Issue la construye inteligentemente como Némesis de Wintour, un personaje algo más oscuro que maldice en charlas de pasillo cuando su jefa le manda tirar a la basura las mejores fotos de una producción que costó miles de dólares. Las dos son los polos del documental, y las guardianas de una idea de belleza tan férrea que está a punto de dejarlas afuera incluso a ellas, que están a cuarenta años de distancia de cualquiera de sus modelos y con unas arrugas que la cámara registra con normalidad, pero que no podrían mostrarse jamás en las páginas de su propia revista.

La fiesta interminable

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La primera actuación de Woody Allen en cine no fue en una película dirigida por él, pero sí en una basada en un guión de su autoría. Si bien posiblemente la historia recuerde más What’s New Pussycat? por la canción de Burt Bacharach compuesta para la película y cantada por Tom Jones, o por haber sido el debut de Allen, esta película de 1965 se sigue disfrutando hoy, posiblemente no con el desparpajo transgresor con que se habrá visto en los sixties, pero sí con una alegría libertaria que el cine ya supo olvidar.

 

Protagonizada por un muy joven Peter O’Toole, por un Peter Sellers un tanto deslucido pero en la cima de su carrera (había filmado para entonces dos de la películas de la serie de la Pantera Rosa y un par con Stanley Kubrick) y por una muy joven Romy Schneider (recién bajada de Sissi, ansiosa por entrar al cine de este siglo), What’s New Pussycat? funciona en buena medida gracias a la libertad que se toma hasta con sus propios personajes. La historia y los problemas de Michael James (O’Toole), un joven que sabe que quiere casarse pero no puede dejar de acostarse con todas las mujeres que se le tiran encima por el camino, es poco más que una excusa para ir recorriendo salones de París, bares de striptease, casas varias y chateaux que funcionan prácticamente como telo, todos poblados por una fauna de maniáticos sexuales de distinta índole y forma, frustrados y ninfomaníacas, maridos cornudos y amigos calenturientos, paracaidistas y campesinos que buscan una orgía, todos arrastrados por mareas incontenibles de deseo. Y todo cubierto por colores extravagantes, mucho terciopelo y cortes de plano recortados con bordes arabescos.

 

Si bien el guión de Allen resulta un tanto disperso y recuerda todavía ciertos formas de la televisión (rasgos que su cine irá depurando), ya se pueden ver buena parte de sus temas centrales (el deseo, la pareja) y encontramos ya la influencia de Fellini (con una cita directa a 8 y medio) y también la de Groucho Marx en una serie de diálogos afilados aunque no del todo consistentes. La escena de persecución en el hotel hacia el final le debe mucho al cine de los hermanos Marx.

 

“La historia y los problemas de Michael James (O’Toole), un joven que sabe que quiere casarse pero no puede dejar de acostarse con todas las mujeres que se le tiran encima por el camino, es poco más que una excusa para ir recorriendo salones de París, bares de striptease, casas varias y chateaux”.

 

Después idas y vueltas, de las peleas y reencuentros de la pareja protagonista, del momento hermosamente absurdo a orillas del Sena, cuando hacia el final la fiesta alocada y sexual que nos propone What’s New Pussycat? alcanza su clímax, se produce una escena hermosamente juguetona. Los personajes se reúnen y se enredan, se cruzan y se descruzan, salen corriendo e intentan escapar de la policía y para hacerlo no encuentran medio mejor que unos karting que aparecen a un costado. Empieza entonces la persecución: una secuencia ridícula, absurda, hermosa, confusa, ilógica y cómica. La cámara filma de frente a Romy Schneider, que avanza sonriendo por las calles de un pueblito francés con su pequeña excusa de auto, su pequeña excusa de huida, su pequeña excusa de argumento. Ese momento, esa sonrisa de Romy, esa alegría juguetona y liberada de una gran actriz a la que pusieron a andar en karting posiblemente sea uno de esos milagros fortuitos que el cine sabe ofrecer. Y solo era posible en una película como esta.