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Ojo porque Nadar solo es de esas películas donde no pasa nada: te das cuenta desde el primer plano, con el chico que aguanta la respiración abajo del agua, en eso que no parece un juego sino más bien, algo así como la búsqueda de otro medio. Ese chico se llama Martín, no está muy lejos de terminar el secundario, y en la hora y media que sigue se va a pasar todo el tiempo afuera del agua. A veces mirándola inexpresivo, en la Costanera o en Mar del Plata; otras veces dándole la espalda. Martín Cánepa (Nicolás Mateo) es bello y recién está empezando a ser joven pero eso no parece importarle para nada, vive en un departamento por Recoleta con su familia (y por familia me refiero a cuatro personas puestas juntas entre cuatro paredes, que a veces hacen el esfuerzo de hablarse) y sí le importan otro tipo de cosas como que falte la mermelada de frambuesa en el desayuno, o que la remera de Morrissey que tiene la necesidad rabiosa de ponerse no aparezca entre la ropa lavada.

Es así, hilando caprichos, como se va armando el itinerario de Martín por la ciudad, y luego a otra ciudad. Desde la estación de servicio donde va de noche a buscar ese frasco de mermelada de frambuesa (¿quién compra mermelada a la noche?), pasando por la excursión al lavadero y el encuentro fortuito con un ex compañero de colegio (Tomás Fonzi) que está tan a la deriva como él, a Martín le pasan cosas que apenas parecen cosas. Y le pasan porque está entregado, de acá para allá, suelto, adolescente. Lo que le pasa a Martín necesita una película entera para contarse porque tiene que ver con estar viviendo cierto tipo de tiempo, uno que Ezequiel Acuña supo filmar como si fuera una canción melancólica, no solamente en esta sino también en sus películas posteriores. Nadar solo (2003), Como un avión estrellado (2005) y Excursiones (2009) forman un conjunto sólido de películas livianas que le dieron forma en el cine argentino a ese repertorio de experiencias radicales que de los quince a los treinta incluyen reordenar el mundo, desilusionarse fuerte, perder algunas cosas y agarrarse como una tabla, a los manotazos si es preciso, de los amigos.

“Lo que le pasa a Martín necesita una película entera para contarse porque tiene que ver con estar viviendo cierto tipo de tiempo, uno que Ezequiel Acuña supo filmar como si fuera una canción melancólica, no solamente en esta sino también en sus películas posteriores.”

Y eso porque Acuña, a los veinticuatro años que tenía cuando hizo su primera película, no era tan ingenuo como para pensar que bastaba con poner una cámara y filmar los lugares comunes de la adolescencia (esa agenda formada por conflictos familiares, rebeldía escolar y timidez para encarar a una chica). Al contrario, en Nadar solo hay pocas cosas pero basta con algunos flashes y unas notas de piano para tener a Los 400 golpes como base permanente,o actualizar a Truffaut con escenas icónicas de un presente que recién dejaba atrás a los noventa: los ensayos de bandas, las patinetas, los colegios privados o el kiosco abierto las 24 horas. Después, el tiempo y el cine hacen lo suyo; quizás por eso la adolescencia de Martín Cánepa parece flotar en una prehistoria donde la gente pedía prestado el fijo para llamar a casa, o ponía monedas para hablar en la vereda por unos extraños y vidriados teléfonos azules.

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