Joven y bella

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Uno puede temblar ante el nombre de François Ozon, sobre todo de miedo, porque además de películas buenas y dignas como Bajo la arena o La piscina llevan su firma algunos objetos de dudoso interés como Potiche o Ricky (sobre un bebé que desarrolla alas) que para colmo vienen envueltos en el peor de los engaños, el del prestigio. Al menos el que tiene en nuestro país todo lo que se pronuncie con acento francés, además de ciertos nombres que en general –pero no siempre– lo merecen: Charlotte Rampling, Catherine Deneuve, Ludivine Sagnier, Isabelle Huppert o Fanny Ardant son algunas de la actrices que con su sola presencia convirtieron a las películas de Ozon en señuelos para cinéfilos que muchas veces dan menos de lo que prometen.

 

Puede ser que el nombre de Marine Vacth, la protagonista de Joven y bella, no aporte nada a la lista porque hasta hace un par de años se ganaba la vida como modelo, pero lo que sí derrocha en sugerencia es el afiche de la película donde aparece desnuda sobre una cama con gesto parecido al de Catherine Deneuve en Belle de jour, aquella película de Buñuel sobre una esposa burguesa aburrida que empezaba a prostituirse. Eso, y el título: joven y bella. Lo que supuestamente todas las mujeres quieren ser, y los hombres tener. O al menos, lo que se promueve como deseo. La historia de Ozon también se trata de una chica de clase media –adolescente en este caso– que elige tener sexo por plata, pero algo en esa forma explícita de presentar al objeto de deseo, un cuerpo femenino joven, delgado y bello, de modelo, habilita una lectura que tenga que ver con la forma en que una chica hermosa circula y es percibida por los demás, y no solamente con ese supuesto misterio que parecería central en la película (pero no lo es) de por qué una chica de 17 años quiere prostituirse, en lugar de soñar con el amor y los paseos de la mano junto a algún noviecito.

 

“Joven y bella. Lo que supuestamente todas las mujeres quieren ser, y los hombres tener. O al menos, lo que se promueve como deseo.”

 

Isabelle (igual que Marine Vacth) es deslumbrante y acaba de darse cuenta. Además, quiere conocer el sexo. En ese momento de su vida la toma Joven y bella, y tiene el cuidado de no subir el volumen para presentarla como un monstruo, ni una retorcida, ni una freak: basta con verla tomando sol en bikini en la primera escena para entender que ella, así como fascina a su hermano menor que la espía desde lejos, no tiene porqué seguir el destino obligado de cualquier aprendizaje sexual y amoroso, la espera ilusionada, el entusiasmo casi infantil por recibir la mirada de un chico. Isabelle se saca de encima la virginidad como un trámite y procede a continuar con un aprendizaje en el que “Hasta dónde puedo llegar” podría ser una de las premisas. Y llega muy lejos. Tanto que, por más que la resolución de la historia sea algo convencional, la adrenalina de transitar pasillos de hotel vestida de mujer al encuentro de nuevos clientes o de descubrir un poder novedoso y sentirse dueña de todo por un rato es una sensación que no se olvida fácilmente. Ozon, aunque luego se sienta obligado a enfrentar a Isabelle con el mundo real, el de los padres, los psicólogos y las imposiciones, la acompaña con alegría en esos descubrimientos y le regala un puñado de canciones inmortales de Francoise Hardy que dicen cosas como “Vos no querés sufrir/ pero ¿quién puede no sufrir?/ ¿De qué sirve evitarlo?”.

 

Notas relacionadas: 

 

. Oh Maggie

. Cincuenta sombras de Grey

. El amante

 

Mi villano (padre) favorito

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Olvídense de los Minions: Mi villano favorito es una película para padres. Porque todos los padres somos villanos, más tarde o más temprano. A algunos les pasa antes de tener hijos, cuando miran horrorizados los cochecitos ajenos que pasan por al lado en la vereda como calcados, uno detrás de otro. A otros, con el descubrimiento de lo tierno y encantador que puede ser estar con un chico pero también lo fastidioso, irritante o francamente aburrido. Gru (con la voz de Steve Carrell) está dentro del primer grupo, no tiene compasión por los niños y disfruta de reventarles los globos con forma de perrito o de tirarles el helado al piso, se burla cuando los ve llorar. Y eso porque la mamá –una Julie Andrews que se descubre mejor como mamá-villana que como monja buena– lo trató de la misma manera, no le festejó ningún jueguito y se burló de él cuando le dijo ilusionado, desde su traje de astronauta de cartón, que de grande quería ir a la luna.

 

Mi villano favorito es una película para padres. Porque todos los padres somos villanos, más tarde o más temprano.”

 

Además, Gru forma parte de una estirpe especial, la de los tontos o genios del mal que lo cultivan por el sólo placer de competir a ver quién es más malo, más vivo, más sofisticado en esa especie de carrera artística que es cometer la fechoría por la fechoría misma. De la mano de la maldad viene la astucia, y esta corporación de villanos trae consigo toda clase de aparatos, inventos y dispositivos que harán el deleite de una generación de viejunos que crecimos con Bond y el Inspector Gadget. Para muestra basta un botón: el archienemigo de Gru se llama Vector (porque comete crímenes con dirección y magnitud, explica con la voz de Jason Segel), tiene armas que disparan calamares y un tiburón gigante nadando bajo el piso transparente de su fortaleza. Sobre ese piso, sentado en un sillón, se dedica a jugar a la play y comer chizitos, porque los villanos tienen mucho de niños mal crecidos.

 

La cuestión es que Vector se roba la pirámide de Giza y cuando Gru se entera, la posibilidad de ser desbancado como villano número uno del mundo lo pone a concebir febrilmente un nuevo plan para superarlo. Que será nada menos que robarse la luna, aquel viejo y pequeño sueño del niño Gru filtrado por su presente como delincuente-artista. Para eso necesita, primero que nada, una nave espacial, pero eso es fácil y se lo puede encargar a su secuaz, el Dr. Nefario. Segundo, un rayo encogedor que le permita –lógicamente– achicar la luna y llevársela en su nave. Y tercero, un plan para entrar en la fortaleza de Vector. Ahí es donde intervienen tres huerfanitas que recorren el barrio vendiendo galletas, y cuando Gru las adopte para usarlas como parte de su diabólico plan, no se imagina con qué rapidez le va a tomar el gusto a llevarlas al parque de diversiones, apagarles la luz antes de que se duerman o sentarse con ellas a jugar al té. Porque Gru no es más un nene despreciado por su mamá, es un adulto que entiende rápidamente lo que esas tres nenas necesitan: alguien que las quiera seguro, aunque no se fascine con sus morisquetas o sus libritos con gatos a los que jamás les pasa nada. Cómo ese solitario de nariz afilada y perfil de pingüino se convierte en papá –al punto que la luna sólo le va a interesar si es para mostrársela a ellas– es la historia que cuenta Mi villano favorito. Ah, también hay un montón de Minions.

 

Notas relacionadas: 

. Sorpresas animadas

. Como nenes

. Malditos niños

 

Cincuenta sombras de Grey

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La saga Cincuenta sombras de Grey –esos cuatro libros donde la autora británica E. L. James cuenta la relación tortuosa entre Anastasia Steele, una chica de Letras que recién sale de la universidad, y el empresario Christian Grey- no será una obra de arte pero llegó al cine con ese espaldarazo imbatible que le da a cualquier libro haber vendido 125 millones de ejemplares y ser traducido a 52 idiomas. Quiere decir que a millones de personas (bueno, mujeres) les encanta, y ese dato es suficiente para despertar la curiosidad pero también, para despertar oleadas de desprecio. Porque la gran mayoría de lo que es porno, sexy, provocador o como quiera llamárselo está pensado y diseñado para los hombres, mientras que la obra de E. L. James se dirige a las mujeres capitalizando todas las fantasías que muchas abrigaron desde que empezaron a consumir cuentos de hadas y a esos cuentos, con el tiempo, se les agregó el sexo, la edad hizo necesario que los príncipes fueran atractivos o buenos en la cama además de románticos.

 

“La obra de E. L. James se dirige a las mujeres capitalizando todas las fantasías que muchas abrigaron desde que empezaron a consumir cuentos de hadas y a esos cuentos, con el tiempo, se les agregó el sexo, la edad hizo necesario que los príncipes fueran atractivos o buenos en la cama además de románticos.”

 

Por eso Cincuenta sombras de Grey (la película, en este caso) puede ser tan fácilmente carne de cañón, y por eso gusta y repele al mismo tiempo: porque su materia prima es básica y acrítica. Anastasia Steele es la típica chica que no es particularmente hermosa (mentira, la actriz que la interpreta se llama Dakota Johnson, tiene cuerpo de modelo y es la hija de Don Johnson y Melanie Griffith), es torpe y un poco antisocial, pero por alguna razón atrae la atención de un millonario el día que va a entrevistarlo en reemplazo de una amiga. Y mientras se lleva a la boca el lapicito y se equivoca con las preguntas, un plan oscuro se va tramando en la mente del bellísimo Grey (bellísimo, según los parámetros de las publicidades de perfume y boxers): convertirla en su amante, darle una habitación en su propia casa donde ella esté siempre disponible para los encuentros sexuales con él, en una versión extraña de un matrimonio pero monogámica al fin, y con contrato de por medio. Porque a Grey lo que le va es el S&M, y la colección de látigos y otros juguetes que guarda en una habitación secreta así lo atestigua.

 

Anastasia no sale corriendo ante la propuesta. Por el contrario, se tienta, y quizás la computadora y el auto que le regala Grey tengan o no tengan que ver en el asunto. Lo cierto es que, entre viajes en helicóptero y ostentación de riqueza, ella y Grey se hacen amantes y algo más empieza a crecer entre los dos. La película puede ser tan ridícula como la telenovela más estereotipada pero también es divertida, y mucho más que el libro, se permite reírse de sus estereotipos, exagerarlos, quizás con la idea de que es hora de dejar de sentir culpa por lo que a cada uno le calienta. Y a pesar de que todo deriva –aunque no en esta primera entrega de las Cincuenta sombras– en una historia de amor más bien convencional, y de los reclamos de Anastasia para que Grey le “abra su corazón” y esté dispuesto a otro tipo de intimidad además de la que implica darle latigazos o vendarle los ojos, si hay algo inoxidable en Anastasia Steele es lo mucho que le encanta el sexo, y un entusiasmo casi infantil por conocerlo todo.

 

Notas relacionadas: 

Mr. Turner

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Es difícil saber –sin tomarse un avión y recorrer el Reino Unido de norte a sur para verificarlo– si los británicos son bellos como Hugh Grant y Kate Moss o se parecen más a esos personajes de piel blanca, con partes rosadas que más que rubor parecen sarpullidos, las bocas finas como un papel y los rasgos tan “average” que dan ganas de llorar, de la familia que los gobierna. O si se parecen, para el caso, a los personajes muy británicos de las películas del británico Mike Leigh, un director que trabajó siempre con los mismos actores, que se dividen a grandes rasgos (a veces, demasiado grandes) en: mujeres de voz chillona, dientudas y de papadas colgantes como Ruth Sheen, o ratoncitos nerviosos como Brenda Blethyn, y varones que gruñen, payasescos y de nariz en punta como Jim Broadbent o redondos, retacones y con cara de nutria rechoncha como Timothy Spall.

 

Lo cierto es que si el cine de Mike Leigh es especial es porque con esas caras, esos cuerpos –y el universo que convocan, de gente de clase trabajadora que está entrando a la tercera edad, arruinada o más o menos conforme, negada, sola, a veces abiertamente mediocre–, las películas construyen la emoción sin atajos. Es decir: uno nunca se conmueve porque algún personaje de belleza publicitaria sonría o se le suelte una lágrima, sino por esa intimidad con seres siempre imperfectos, perdedores, acaso demasiado humanos. Y es con la cara y el cuerpo peliagudos de Timothy Spall como materia prima que en Mr. Turner, Leigh filma por primera vez una película de artista, género que se presta fácilmente para todo tipo de melosidades, profundidades, mitificaciones y rebusques, generalmente orientados a ilustrar la difícil estancia de un alma bella en un mundo adverso que no lo comprende.

 

Sólo que en el caso de Leigh, y en perfecta coherencia con sus películas anteriores, la poca o mucha belleza que pueda haber en las pinturas del artista romántico que rompió los moldes academicistas y llegó a prefigurar el impresionismo (hay mucha, y aunque violenta es sutilísima) no encuentra ni reclama una correspondencia escultórica en la mano regordeta que conduce en pincel, ni en los ojos que estudian un cielo incendiado. Además, aunque la ambientación de época es prolijísima y los encuadres cuidadosos de los paisajes persiguen la semejanza con los óleos y las acuarelas del autor, la película presenta a Turner desde el principio como un trabajador y un estudioso: de viaje por Holanda, se lo ve escudriñar el cielo pensativo y tomar notas en una libreta, sin dejar de hacer con la boca unos movimientos espantosos, casi de bicho. Y vuelto al hogar, lo primero que hace es preparar un caballete, pedir un lienzo, preparar todo para pintar. Después se verá al padre ir hasta la tienda a comprar unos polvos para preparar los colores que faltan, y discutir con el almacenero lo caro que está el azul, que se importa desde Afganistán. ¿Y después? No, no sigue la típica secuencia del pintor arrebatado dejándose llevar por un aliento divino en el momento de la creación; este Turner le da un beso al papá, a modo de agradecimiento, y después tiene sexo con una sirvienta fea, todo como al pasar.

 

Así, sin énfasis pero con destellos de emoción tan ronca como la voz de Turner o Spall cuando trata de cantar a Purcell con una dama de alcurnia que lo acompaña en el piano (y ni siquiera se acuerda la letra, pero la siente), Mike Leigh construye un artista memorable, complejo, tan concentrado genuinamente en su tarea que no puede evitar ser un bruto en muchas otras cosas, que posa toda la corrección que puede frente a una ex esposa resentida y se llena de agradecimiento frente a una posadera de carácter alegre que como primer gesto amoroso, le consigue una habitación con una ventana cómoda desde la que se puede ver el mar.

El amante

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Marguerite Duras siempre afirmó que la historia le había pasado a ella, pero quién sabe: El amante pertenece a la literatura, y entre tantos libros que retratan las relaciones nunca desprovistas de conflicto entre el imperio francés y las colonias del sur asiático, el de Duras tiene la particularidad de enfocar desde el erotismo uno de esos vínculos posibles. O mejor dicho imposibles, porque es un amor prohibido lo que está en el centro de El amante, narrada –en la versión cinematográfica de Jean-Jacques Annaud- con toda la melancolía retrospectiva de la voz de Jeanne Moreau.

 

El argumento es simple: a fines de la década del veinte una chica de quince años (Jane March) conoce, mientras cruza en un ferry el río Mekong para volver al colegio, a un chino de clase alta (Tony Leung) que le lleva casi veinte años. Él, de familia adinerada y educado en París, está semioculto en el asiento trasero de un auto reluciente; ella tiene puesto un vestido liviano que le marca el cuerpo todavía virgen, lleva trenzas y tacos altos, y esa mezcla enloquecedora de nena con mujer se corona con el toque extravagante de un sombrero de varón, algo que nadie usa. Mientras ella está apoyada en la baranda del ferry con gesto casi impúdico él la ve, y aunque el acercamiento es pudoroso encuentra en ella una respuesta inmediata. Se hacen amantes.

 

De ahí en más, se encuentran en un departamento que deja pasar el bullicio de una calle comercial a través de las persianas y tienen sexo sin taparse jamás con una sábana, en escenas escultóricas que le valieron a Annaud algunas críticas de hacer soft-core, o un erotismo demasiado coreografiado. El mundo alrededor de esa habitación donde gozan los amantes es difuso, no sólo porque la lluvia borronea los contornos sino porque el sexo entre ellos niega ese mundo, lo rechaza: él tiene una novia de familia bien y un matrimonio arreglado en el horizonte, ella, hermanos brutos y una madre indiferente, una familia pobre con la que no se conecta más que desde la vergüenza.

 

“El mundo alrededor de esa habitación donde gozan los amantes es difuso, no sólo porque la lluvia borronea los contornos sino porque el sexo entre ellos niega ese mundo, lo rechaza.”

 

Marguerite Duras colaboró con la adaptación de su novela al cine hasta que se peleó con el director y nunca más volvió a decir una palabra sobre el tema; Jean-Jacques Annaud, que había dirigido proyectos tan disímiles como una versión de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, y El oso, descubrió a Jane March después de descartar a una infinidad de chicas y la inmortalizó con trenzas y los labios pintados de rojo. Después ella tuvo una carrera desastrosa, mayormente de papeles secundarios, y nunca pudo repetir la fascinación de esa pose que la volvía a encontrar al final de la película, de nuevo con el zapato apoyado sobre la baranda de un barco, yendo de regreso a Francia para hacerse escritora y nunca más volver a ver al amante de la China. Ese barco se llama Alexandre Dumas y no deja dudas en cuanto a qué es lo que se salva de todo lo perdido. El amante es una de esas historias no del todo “de amor” en las que no vale la pena preguntarse “qué hubiera pasado si”: como si fuera necesario aclararlo, lo que viene después es la literatura.

 

Notas relacionadas: Una comedia romántica negativa

Adolescente

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Ojo porque Nadar solo es de esas películas donde no pasa nada: te das cuenta desde el primer plano, con el chico que aguanta la respiración abajo del agua, en eso que no parece un juego sino más bien, algo así como la búsqueda de otro medio. Ese chico se llama Martín, no está muy lejos de terminar el secundario, y en la hora y media que sigue se va a pasar todo el tiempo afuera del agua. A veces mirándola inexpresivo, en la Costanera o en Mar del Plata; otras veces dándole la espalda. Martín Cánepa (Nicolás Mateo) es bello y recién está empezando a ser joven pero eso no parece importarle para nada, vive en un departamento por Recoleta con su familia (y por familia me refiero a cuatro personas puestas juntas entre cuatro paredes, que a veces hacen el esfuerzo de hablarse) y sí le importan otro tipo de cosas como que falte la mermelada de frambuesa en el desayuno, o que la remera de Morrissey que tiene la necesidad rabiosa de ponerse no aparezca entre la ropa lavada.

Es así, hilando caprichos, como se va armando el itinerario de Martín por la ciudad, y luego a otra ciudad. Desde la estación de servicio donde va de noche a buscar ese frasco de mermelada de frambuesa (¿quién compra mermelada a la noche?), pasando por la excursión al lavadero y el encuentro fortuito con un ex compañero de colegio (Tomás Fonzi) que está tan a la deriva como él, a Martín le pasan cosas que apenas parecen cosas. Y le pasan porque está entregado, de acá para allá, suelto, adolescente. Lo que le pasa a Martín necesita una película entera para contarse porque tiene que ver con estar viviendo cierto tipo de tiempo, uno que Ezequiel Acuña supo filmar como si fuera una canción melancólica, no solamente en esta sino también en sus películas posteriores. Nadar solo (2003), Como un avión estrellado (2005) y Excursiones (2009) forman un conjunto sólido de películas livianas que le dieron forma en el cine argentino a ese repertorio de experiencias radicales que de los quince a los treinta incluyen reordenar el mundo, desilusionarse fuerte, perder algunas cosas y agarrarse como una tabla, a los manotazos si es preciso, de los amigos.

“Lo que le pasa a Martín necesita una película entera para contarse porque tiene que ver con estar viviendo cierto tipo de tiempo, uno que Ezequiel Acuña supo filmar como si fuera una canción melancólica, no solamente en esta sino también en sus películas posteriores.”

Y eso porque Acuña, a los veinticuatro años que tenía cuando hizo su primera película, no era tan ingenuo como para pensar que bastaba con poner una cámara y filmar los lugares comunes de la adolescencia (esa agenda formada por conflictos familiares, rebeldía escolar y timidez para encarar a una chica). Al contrario, en Nadar solo hay pocas cosas pero basta con algunos flashes y unas notas de piano para tener a Los 400 golpes como base permanente,o actualizar a Truffaut con escenas icónicas de un presente que recién dejaba atrás a los noventa: los ensayos de bandas, las patinetas, los colegios privados o el kiosco abierto las 24 horas. Después, el tiempo y el cine hacen lo suyo; quizás por eso la adolescencia de Martín Cánepa parece flotar en una prehistoria donde la gente pedía prestado el fijo para llamar a casa, o ponía monedas para hablar en la vereda por unos extraños y vidriados teléfonos azules.

Notas relacionadas:

Comedia independiente y argentina

25 watts: Mala leche

Territorio seco

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Olvídense de los plácidos suburbios metropolitanos que la comedia norteamericana tiene como uno de sus puntos geográficos privilegiados: ahí, donde las veredas anchísimas con el pasto recién cortado son el preámbulo de vidas y casas donde todo es confort, confort, confort, los problemas son otros (envejecer, casarse con quién, encontrar el sentido de la vida, etc. etc). Pero Trona es el desierto, un pueblucho de pocos habitantes que apenas subsiste porque a algunas empresas les interesó extraer minerales de un territorio seco, en el que se supone que alguna vez hubo un lago. O por lo menos eso es lo que algunos dicen, y la perspectiva parece tan irreal que el pasado de Trona se siente como un sueño. El presente, en cambio, es bien real, repetitivo y resignado. Así lo vive Ray Tuckby (Dylan Walsh), que alguna vez fue el más lindo de la secundaria y ahora se encierra todo el día en una cabina de peaje, vuelve a casa para saludar a una esposa que tiene fobia de salir a la luz y un hijo adolescente (Jonah Hill) que le pide entre pucheros que lo lleve al prostíbulo.

Si el cine norteamericano se ocupó mayormente de construir una imagen de la abundancia (supermercados repletos de mercadería, autopistas atestadas, anchísimos campos sembrados, grandes territorios vírgenes o ciudades llenas de vida hasta rebalsar), Trona es el reducto de la escasez, lo pequeño, lo infértil en todos los planos, algo que Un nuevo amanecer (Just Add Water, 2008) se ocupa de señalar con pequeñas anécdotas como esta: Ray llega a casa y le pregunta a su esposa qué hay para cenar, ella dice que nada pero que podrían comprar algo, a nadie se le ocurre otra cosa más que pizza, Ray va al supermercado a comprar una pizza congelada y lo único que consigue, entre mostradores raleados donde se marchitan dos plantas de lechuga casi negras, es un par de latas de comida envasada (o esa materia tóxica que muchos norteamericanos insisten en llamar “comida”).

Just Add Water busca la comedia en el fondo del mundo, un Lejano Oeste tardío y sin esperanza donde la pandilla de motoqueros más burda cobra peaje para dejarte pasar o te deja sin electricidad a su antojo.

Just Add Water busca la comedia en el fondo del mundo, un Lejano Oeste tardío y sin esperanza donde la pandilla de motoqueros más burda cobra peaje para dejarte pasar o te deja sin electricidad a su antojo. Pero para que haya historia, a Ray Tuckby se le van a cruzar dos versiones del paraíso: una en la vida optimista y abundante del empresario interpretado por Danny DeVito, una especie de dios petisito y pelado que parece condensar la promesa de un mundo mejor en un cuerpo panzón y sonriente. Y la otra en Nora (Tracy Middendorf), la chica que le gustó en la escuela y que, por razones que Ray apenas se anima a sospechar, nunca se fue del pueblo. Melissa McCarthy y Justin Long también forman parte de la población más-white-trash-imposible de Trona, una película que también dispara sobre el género al plantear una especie de sueño instantáneo como esos jugos en sobrecitos: sólo agregue agua y verá cómo las cosas mejoran, aunque todas las imágenes polvorientas que vimos antes nos hagan, por lo menos, dudar un poco.

Notas relacionadas:

Seth Rogen, el gran antídoto de 50/50

Seth Rogen, el gran antídoto de 50/50

Seth Rogen, el gran antídoto de 50/50

Seth Rogen, el gran antídoto de 50/50

Tienen que conocer a Seth Rogen: no parece gran cosa, y como comediante es algo así como lo opuesto al histrionismo plástico y polimorfo de Jim Carrey o Ben Stiller. Pero 50/50, que podría describirse como una especie de “bromantic con cáncer” (si se la quiere ubicar en el subgénero de la amistad-romance entre dos chicos, del tipo I love you, man), es inimaginable sin el humor contenido y suavemente brutal de Seth Rogen, el mismo que en Ligeramente embarazada y Funny People le permitía rodear asuntos más o menos ríspidos –paternidades abruptas en plena adolescencia tardía, enfermedades terminales– con algo parecido a la inocencia (algo tienen que ver unos dientecitos de castor y una voz rasposa en un cuerpo de nene crecido). Para decirlo sin vueltas: Rogen se ríe como Beavis & Butthead, y justo cuando uno está a punto de mandarlo al casillero de las causas perdidas suelta una frase de una lucidez apabullante, o deja entrever una calidez que se parece a la sabiduría.

En 50/50 Rogen es Kyle y es el mejor amigo de Adam (Joseph Gordon-Levitt), ése que lo pasa a buscar todas las mañanas para llevarlo al trabajo porque Adam no maneja. Frente a la noticia de que a Adam le detectaron un cáncer de médula espinal, Kyle no replica la cara de gravedad funeraria de los otros sino que amenaza: “Me parece que voy a vomitar”, y enseguida le pregunta a Adam si no tiene una foto del tumor. Después, con la misma desubicación lo va a tratar de convencer de que use la enfermedad para levantar chicas, pero también es ese amigo que tiene un libro sobre cómo lidiar con el cáncer bien a mano –y con las hojas marcadas– en el baño.

“Para decirlo sin vueltas: Rogen se ríe como Beavis & Butthead, y justo cuando uno está a punto de mandarlo al casillero de las causas perdidas suelta una frase de una lucidez apabullante, o deja entrever una calidez que se parece a la sabiduría.”

Gracias a él, la película encuentra el tono justo entre el drama sin melodrama y la comedia sin estridencias para contar el proceso de transformaciones que siguen a ese baldazo de agua fría que es la noticia de la enfermedad. Porque si Kyle se desubica también es cierto que desubica muchas otras cosas, empezando por los lugares comunes del padecimiento y de la lástima, así como la enfermedad des-ubica en Adam todo lo que resultaba conocido. Bajo esa nueva luz –oscurísima, pero no todo el tiempo– se modificarán las relaciones de Adam con Kyle, de Adam con una novia que tiene fobia a los hospitales (Bryce Dallas Howard), con una madre que encima carga un marido con Alzheimer (Angelica Huston) y una terapeuta novata (Anna Kendrick) que también se desubica un poco a la hora de poner límites en la relación con un paciente. Y porque elige contar de esa manera y con Seth Rogen como principal antídoto, 50/50 termina por desubicar también las típicas películas sobre enfermedades y hacer foco, sin ostentación ni “mensajes”, en lo que empieza cuando parece que todo se termina.

Sorpresas animadas – Jim y el durazno gigante

jim y el durazno gigante

jim y el durazno gigante

 

A cualquiera le gusta que le cuenten un cuento, y si ese cuento gira alrededor de un durazno –que también gira– es todavía mejor. Esta es la historia de James, que vivía feliz junto a sus padres en las costas de Inglaterra y que como muchos de nosotros, tenía un sueño: conocer Nueva York, esa ciudad fantástica donde todos los sueños se cumplen. Pero a veces un rinoceronte furioso viene a desbaratarlo todo y (no les vamos a contar exactamente cómo) James terminó viviendo con dos tías, una que se parece un cadáver y otra que es igualita al pingüino interpretado por Danny DeVito en Batman vuelve, imagínense eso. Por suerte para James y para nosotros (porque de lo contrario no habría película), algo fantástico pasó cuando un durazno solitario apareció en el árbol más pelado y gris de la colina más pelada y gris donde quedaba la casa de las tías. A bordo de este durazno mágico, James y sus nuevos amigos se van a embarcar –créanme, esto es exactamente así– en una aventura que los lleva perfumados y jugosos a atravesar mares y cielos.

[gn_quote style=”1″]Henry Selick como director, y Roald Dahl como autor del cuento en que se basa la película, son los nombres de los titiriteros detrás de esta historia: Selick es algo así como “el hombre que todos creen que es Tim Burton, pero no” desde que dirigió El extraño mundo de Jack (1993), basada, sí, en un cuento de Burton (de paso, para los fans, Jack Skellington tiene un pequeñísimo cameo en Jim y el durazno gigante).[/gn_quote]

En realidad, los mundos de Burton y Selick son vecinos y hasta se cruzan en algunos puntos: a los dos les gustan los personajes de animación con largas piernas zancudas y ojeras melancólicas, por ejemplo, y a los dos les gusta Roald Dahl, el escritor galés que Burton también llevó a la pantalla en Charlie y la fábrica de chocolate, protagonizada por un nene que seguramente sería amigo de James. Y también les encanta trabajar con actores pero pasar muchas veces a la animación, como para que las historias sean reales pero también capaces de mutar infinitamente. Por eso Jim y el durazno gigante es una película que, como tantas frutas, trae como sorpresa un agujero en el medio por el que las cosas que pasan se transforman, empezando por James. Y no es cuestión de revelar mucho más, sino de ver la película que, como los duraznos, también es doble: opaca y aterciopelada en el exterior, y jugosa y brillante por dentro, llena de frescura. Y además es riquísima.

 

 

Un cuento bien contado

 

Una de las mejores películas de animación de los últimos años es también una de las más ocultas: pequeña, artesanal, cálida como pocas y con la simpleza de un cuento bien contado, El gigante de hierro no es ni será nunca la película más conocida de Brad Bird –que después dirigió las más exitosas Ratatouille y Misión imposible 4: Protocolo fantasma– pero sí es una perla escondida entre la marejada de películas de animación que llega a la sobreabundancia (y que a veces, más que sabor a infancia, lo tiene a franquicia). Con un estilo de animación que cruza lo mejor de los estudios Warner clásicos con un robot que podría haber llegado atravesando el espacio desde la animación japonesa del cincuenta (aunque en este caso cae del cielo, con origen desconocido), toques de Disney y algo del espíritu de E.T., El gigante de hierro cuenta la amistad entre un nene y el robot más expresivo desde Cortocircuito, en un 1957 paranoico y nuclear.

Hogarth tiene nueve años y vive en Rockwell, un pueblito apacible de las no tan apacibles costas de Maine (que fueron escenario de tantas historias, desde Stephen King hasta la última de Tim Burton). Cuando la mamá no está, Hogarth come Twinkies, mira películas de ciencia ficción –en plena Edad de oro del género y también claro, de la Guerra Fría– y fantasea con invasores venidos de Marte, así que la aparición de un robot del tamaño de un edificio en los bosques que rodean su casa, y que se prestan para encuentro cercanos de ese tipo, no lo toma del todo por sorpresa. Al contrario, el nene pronto descubre mucho de bondad y diversión potenciales en esa mole de hierro chirriante, que se vuelve su compañero de juego.

Pero en unos Estados Unidos en los que hasta los chicos hablan sobre criaturas extrañas enviadas por los extranjeros “para apoderarse del país”, no será tan fácil tener escondido un gigante que sí o sí tiene que ser sospechoso porque “nosotros no lo construimos”, como dice uno de sus perseguidores: pronto Hogarth y su robot convulsionan al pueblo y tienen al ejército pisándoles los talones, como un sabueso. La historia de El gigante de hierro está adaptada de El hombre de acero, un relato que el poeta británico Ted Hughes escribió para los hijos que tuvo con Sylvia Plath. Su versión cinematográfica conserva el corazón pacifista del cuento original pero además –como si replicara la estructura metálica y el interior humano de su protagonista– le suma algo del cine bélico americano, en una irrupción militarizada que sorprende y suma densidad (se recomienda enfáticamente tener a mano unos pañuelos).