Body Snatchers: Nosotros somos los próximos

Body Snatchers

Al igual que los zombies y los muertos vivos, los usurpadores de cuerpos (body snatchers) le han servido al cine, desde la extraordinaria primera película de Don Siegel en los cincuenta, para comunicar grandes metáforas sobre los tiempos políticos. Fue así en el original de 1956 basado en el relato de Jack Finney sobre estas semillas que se apoderan de seres humanos para producir clones perfectamente iguales pero desprovistos de la personalidad de los “usurpados” (acaso con los cerebros reprogramados), y fue así también en cada una de sus remakes. Lo que cambia es el signo y la carga de esa metáfora política, de acuerdo a cada época: por eso es que medio siglo más tarde se sigue discutiendo si el original de Siegel era una denuncia  anticomunista (el fin de la individualidad a manos del Soviet) o su exacto opuesto, una pieza militante anti macartista (el fin de la individualidad como efecto de la prohibición y persecución del disenso).

Al igual que los zombies y los muertos vivos, los usurpadores de cuerpos (body snatchers) le han servido al cine, desde la extraordinaria primera película de Don Siegel en los cincuenta, para comunicar grandes metáforas sobre los tiempos políticos.

 

Por supuesto que en sus últimos años Siegel abonó esta última interpretación, más políticamente correcta, y el hecho de que su guionista Daniel Mainwaring haya integrado las listas negras del macartismo parece sustentarla,  pero lo cierto es que la verdad se ha ido a la tumba con ellos. En todo caso, como pasa con las obras maestras, ¿qué importa? Lo que es seguro es que, a través de su historia fantástica de semillas clonadoras Siegel se propuso hacer un film de ciencia ficción de los buenos, de esos que tienen sus delirios bien anclados en la realidad. “Una película”, le dijo a Peter Bogdanovich en una entrevista, “sobre un mundo enfermo, de guerras inexplicables, donde la mayoría de la gente, al menos en Hollywood, vamos a nuestros trabajos sin tener idea de lo que pasa a nuestro alrededor. Un mundo en el que muchos ya no sienten dolor ni pena: nos estamos convirtiendo en los cuerpos alienígenas”.

La potencia de esta idea fue tal que habilitó al menos tres remakes, ninguna bochornosa, y al menos dos muy muy buenas. La segunda de ellas fue la que, con guión de Larry Cohen (el  creador de Los invasores),  estrenó Abel Ferrara a principios de los noventa (Usurpadores de cuerpos, 1993) trasladando todo el asunto a una base militar, cuando la primera guerra del Golfo era un recuerdo todavía humeante. Estaba narrada desde el punto de vista de una adolescente desarraigada, la hija del agente de un departamento de protección ambiental,  que veía sucumbir a los adultos a su alrededor frente la semilla alienígena, con el ejército convertido en el instrumento de su propagación. Una vez más, la historia de Finney como temible expresión de los tiempos, ahora devenida potente fábula antimilitarista. Fría, oscurísima, desapasionada en el retrato de sus protagonistas, parece que fue juzgada demasiado difícil y poco comercial por el estudio que la bancaba, lo que casi impidió su circulación en su momento. Pero hoy permanece, lista para su redescubrimiento. Para verla e irse a dormir con la frazada hasta el cuello, recordando, como nos advierte con la mirada aterrada Kevin McCarthy en el final del original de Siegel, que nosotros somos los próximos.

 

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