Camila vive

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Camila de María Luisa Bemberg

Casi treinta años han pasado y Camila (1984) conserva aún todo su potencial emotivo, concentrado en aquel “Ladislao, ¿estás ahí?”, una de las frases inolvidables del cine argentino.  Es interesante repasar los logros de esta película, que padece el olvido de lo que ya resulta obvio de tan consagrado.  En Camila se dio una conjunción de factores que hicieron de ella lo que fue.  Estrenada a escasos cinco meses de la recuperación democrática, a pesar de su marco decimonónico fue leída como una alegoría de horrores más cercanos, donde un poder dictatorial decidía la vida y la muerte mientras la cultura se reducía a su mínima expresión: no es casual que el primer muerto de la película sea el comerciante que le traía a Camila los libros “prohibidos”.  El pecado de Ladislao –disparador de debates sobre el voto de castidad– resulta casi ingenuo frente a los escándalos de la Iglesia actual.  Pero lo que la gente vio en la película fue la pasividad de la Iglesia frente al fascismo y su castigo ejemplificador; así, por otro camino, Camila se convirtió en la mayor crítica a los poderes de la Iglesia Católica y su ceguera en tiempos más inmediatos.

Por otra parte, la excelente factura técnica de la película y el trabajo de sus actores –un raro buen ejemplo de coproducción hispano-argentina, alejado de los meandros que complicarían intentos posteriores– confirmaba que el cine argentino había regresado y tenía mucho para dar.  La película recorrió el mundo y hasta recibió una nominación al Oscar, todo un guiño político que La historia oficial confirmaría al año siguiente.  El Instituto de Cine empezaba a florecer con créditos, muchos para operaprimistas, si bien la calidad de los resultados estuvo lejos de las expectativas y en el cine de los ochenta Camila –como La película del rey o El amor es una mujer gorda– sería más la excepción que la regla.

Por supuesto, buena parte del mérito del film es de María Luisa Bemberg, una directora algo olvidada (murió en 1995) y que llegó al oficio  en la cincuentena y sin hacer el escalafón.  Su primera película fue recibida como el capricho de una advenediza, pero Señora de nadie (1982) ya mostraba que esta mujer podía contar una historia y también que las mujeres tenían muchas, otras historias para contar.  Bemberg fue la única directora del cine argentino por muchos años, y solía mencionar que en el mundo las mujeres sólo ocupaban un siete por ciento de la profesión (de hecho, Kathryn Bigelow fue la primera en ganar un Oscar a la dirección, en ¡2011!).  Aunque ella no llegó a verlo, su ejemplo cundió en una nueva generación a través de su productora Lita Stantic, que lo fue también de Lucrecia Martel.  Hoy la Argentina es uno de los países con más cineastas mujeres; entre tanta lamentación cotidiana, es bueno recordarlo.

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