Cary Grant, un actor único e irrepetible

 

Cary Grant

Cary Grant fue el actor clásico por excelencia, mal que les pese a muchos. Sin afectaciones ni búsquedas introspectivas, supo dar vida al repertorio más variado de personajes inolvidables de los años dorados de Hollywood. Junto a John Wayne encarnaron el paradigma de la masculinidad, que oscilaba entre cierta fortaleza de carácter y espíritu de acción –que proyectaba Wayne- y una seducción innata, combinada con el increíble aplomo que otorga la seguridad de Grant de saberse dueño del mundo. Porque eso era Cary Grant, el dueño del mundo cuando aparecía en pantalla. Podía ser bajo los anteojos gruesos del profesor circunspecto de La adorable revoltosa, víctima consentida de los encantos y caprichos de una arrolladora Katherine Hepburn, que con sus piruetas y caras de asombro nos conquistaba desde el primer minuto; o como el periodista sinvergüenza y manipulador de Ayuno de amor tan seducido por la noticia de primera plana como por el desafío de arrebatar a su ex-mujer de los brazos de su campechano pretendiente.

Nacido en el seno del circo inglés en los albores del siglo XX, llegó a Hollywood en 1932, tras varios años de trabajo en teatro, para conquistar definitivamente la pantalla. Rompió el molde del galán romántico que había delineado en sus primeras apariciones para afirmar su personalidad de comediante estrella, con una picardía natural que lo hacía fácilmente adorable. Como decía Donald Spoto en la biografía sobre las rubias de Hitchcock, Cary Grant representaba lo que todo hombre ordinario quería ser y no se animaba. En Intriga internacional interpreta a un publicista que se ve envuelto en una frenética y peligrosa aventura y que termina en la cama con una espía rusa. Su traje impecable, su figura apolínea y su mirada directa y confiada era la clave de un estilo irresistiblemente enigmático para las mujeres.

 

“Eso era Cary Grant, el dueño del mundo cuando aparecía en pantalla.”

Si bien fue el rey de la comedia sofisticada en los treinta, con un manejo inigualable de sus recursos expresivos, un despliegue corporal entrenado en su pasado circense, y una verborragia aguda y acelerada, que proyectaba esa magia que hacía brillar –enamorados– nuestros ojos y los de sus afortunadas partenaires; detrás de ese aspecto de buen chico, prolijo y bien vestido, latía un misterio insondable. El que descubrió Hitchcock desde su primera colaboración en Sospecha como un marido tentado de envenenar discretamente a su esposa, aunque el código de censura de la época no se lo permitiera. El mismo que reapareció en la exquisita Para atrapar al ladrón donde su laxa moral de guante blanco se veía sorprendida por el beso furtivo que le plantaba Grace Kelly en su primer encuentro.

Cary Grant era todo eso y mucho más, sin una pizca de sentimentalismo construyó a sus ambiguos héroes desde la más absoluta honestidad. Desde sus golpes y caídas, sus corridas alocadas, sus miradas cómplices y sus guiños al espectador, supo crear desconcierto y desazón con sus criaturas más torturadas, sin apelar a histrionismos gratuitos y métodos berretas. Un actor único e irrepetible que, aún hoy cuando todavía se cree que los buenos actores son los que gritan y hacen de psicópatas enajenados, sufre un menosprecio infundado. Y todo porque supo brindarnos la mayor de las felicidades sólo con estar ahí, con desplegar con la más genuina transparencia sus clásicas virtudes, con sonreír con esos dientes blancos y perfectos en pantalla y hacernos creer por dos horas que nuestro mundo era un poco más maravilloso.

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