Adiós, Snape

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Muere a los 69 años el actor que dio vida a Snape en Harry Potter.

 

El actor y director británico Alan Rickman, una de las figuras más importantes del cine del Reino Unido, ha muerto este jueves a raíz de un cáncer que padecía hace tiempo. Rickman hizo cine, teatro y televisión y llevaba trabajando en el rubro hacía más de 30 años.

 

A lo largo de su carrera, actuó en más de 40 películas y numerosas obras teatrales. Ganó un Globo de Oro, por su papel en la miniserie de televisión “Rasputín”, y un premio BAFTA, el Óscar británico, por su interpretación del sheriff de Nottingham en “Robin Hood”.

 

Interpretó extraordinariamente a personajes como Hans Gruber, en la primera Duro de matar (1988); al profesor Snape en las películas de Harry Potter (2001-2011); y al Colonel Brandon en Sensatez y sentimientos (1995), protagonizada por Emma Thompson y Kate Winslet.

 

Alan hará su ultima aparición y se despide de la pantalla grande en Alicia a través del espejo, en donde se ocupará de encarnar a la Oruga. Éste último film tiene fecha de estreno el 26 de mayo próximo.

 

En Qubit.tv te invitamos a recordar a este gran actor viendo Guerra de vinos, Héroes fuera de órbita, Amores en la nieve y Sensatez y sentimientos.

 

 

 

 

 

 

Unidad básica

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Es difícil explicar la magia de los dúos cómicos. Cuando se produce la chispa, de pronto descubrimos algo nuevo, que es mucho más que la suma de las partes. No se trata (no alcanza) con juntar dos buenos comediantes (o, en otra variante más clásica, un comediante y un actor serio) para que se produzca: la yuxtaposición de los talentos no garantiza el dúo. El dúo se produce por otro lado, por otras cosas. Hay algo en la relación, en la interacción, en el intercambio de frases, de gestos, de algo que no se explica. El dúo es una unidad fundamental de la comedia.

 

“Es difícil explicar la magia de los dúos cómicos. Cuando se produce la chispa, de pronto descubrimos algo nuevo, que es mucho más que la suma de las partes.”

 

Ben Stiller y Owen Wilson trabajan en varias películas juntos. Coinciden, por ejemplo, en Los excéntricos Tenembaum y en la serie de La familia de mi novia. Pero su primer verdadero trabajo como dúo se da en la gloriosa Zoolander: dirigida y (en sentido estricto) protagonizada por Ben Stiller, la película alcanza sus momentos más altos como vehículo de esta nueva pareja del cine. Después de Zoolander, Stiller y Wilson volvieron a protagonizar otra película, la injustamente olvidada Starsky y Hutch, dirigida por Todd Phillips (quien luego filmaría las hermosas ¿Qué pasó ayer? y Todo un parto). Y trabajaron otra vez juntos en la serie de Una noche en el museo, con Wilson en un papel muy secundario y deslucido por la falta de interacción real (efectos especiales mediante) entre Stiller y Wilson. La magia y el culto alrededor de Zoolander hicieron que 15 años después de su estreno esté a punto de estrenarse Zoolander 2, un tiempo entre secuelas apenas superado por El padrino.

 

Owen Wilson nace al cine dentro de un dúo: el que forma con su hermano Luke en Bottle Rocket (primera película también de Wes Anderson) y una y otra vez a lo largo de su carrera ha compuesto diferentes parejas cómicas. Algunas más improbables (como la que formó con Jackie Chan), otras un poco más chatas (sus trabajos con Vince Vaughn), Wilson forma parte de esos actores generosos, colaborativos, que saben entregarse a una película sin buscar un protagonismo llamativo (como, por ejemplo, en esa maravilla que no nos cansaremos de elogiar: How do you know). No exento de cierta melancolía (inevitable en las películas de Wes Anderson), con el correr de su carrera Wilson también ha protagonizado diferentes películas de diferentes tonos (como las recientes Terapia de Broadway, Sin escape, Medianoche en París, Vicio propio).

 

Ben Stiller (hijo de comediantes) formó en cine desde muy temprano una carrera más variada y oscura, no solo por haber trabajado como director, sino por el tono de muchas de sus películas (su primera película como director, Generación X, estaba lejos de la comedia), que muchas veces se acercan al cine independiente (sus trabajos con Noah Baumbach) y la mayoría se sumergen sin dobleces en el mainstream más llano (desde voces de animación hasta secuelas innecesarias de uno de sus primeros éxitos, La familia de mi novia). Stiller puede y busca ser una figura levemente obsesiva, escondida, con por lo menos una nota de seriedad.

 

Su perfil de comediante nunca brilló tanto (y con tanta alegría) como en Zoolander. Y una pieza clave de esa alegría es la presencia de Wilson, un actor que porta su sonrisa con felicidad, que nunca tiene pruritos para entregarse plenamente al papel que está haciendo. La levedad de Wilson como Hansel y la libertad que se permite Stiller como Zoolander son lo que terminan por componer esa hermosa pareja del cine feliz.

 

Notas relacionadas:

. Comedias coloridas

 

 

Tres del primo Vinny

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¿Cuánto hace que no ves a Joe Pesci en una película? El petiso de Mi primo Vinny tuvo un estrellato breve –menos de una década– y abandonó el cine por voluntad propia a fines de los 90.  Pero venía haciendo películas desde mucho antes, y antes aún había probado suerte en la música, tocando la guitarra en conjuntos beat e incluso grabando un disco como cantante en 1968.  Justamente, cuando decidió retirarse treinta años después fue para volver a ese primer amor; pero el público no lo acompañó en el volantazo, y su bizarra incursión en ¡el rap! pronto quedó en el olvido (vale la pena buscar el videoclip de “Wise Guy” en YouTube; parece una versión Buenos muchachos para zombies).  Desde entonces Pesci se ha llamado a un silencio apenas roto por ocasionales entrevistas y un cameo en El buen pastor, la película sobre la CIA que dirigió su amigo Robert De Niro.  (Bueno… en realidad hace poco hizo otra película, basada en la muerte de Ringo Bonavena, pero la crítica la destruyó.)  Al momento de escribir esta nota tiene 72 años cumplidos, así que le cabe el derecho a retirarse si así lo quiere.

 

Tan pronto como se hizo conocido, Pesci fue encasillado en el papel de mafioso con pocas pulgas, casi siempre con un toque de comedia aportado por la estatura y el timbre de voz nasal.  Quienes lo conocen aseguran que fuera de los sets es un tipo tímido y tranquilo, en las antípodas de aquella imagen.  Actor de reparto durante la mayor parte de su carrera, sus límites fueron la oscuridad y la sobreactuación, y traspasó ambos más de una vez.

 

Buenos muchachos (1990): este film-hazaña de Martin Scorsese fue el que le valió el estrellato tardío, así como uno de los premios más incuestionables de la historia del Oscar.  Tommy, su gánster tan gracioso como psicópata, de a poco se va comiendo la película, al punto que cuando desaparece, ésta parece perder en equilibrio y perfección.  El personaje fascina desde una temprana escena donde produce el célebre bocadillo “You think I’m funny?”, casi tan mentado como aquel “You talkin’ to me?” de De Niro en Taxi Driver.

 

El ojo público (1992): el Oscar le daría a Pesci la oportunidad de hacer algunos protagónicos, el más notorio de los cuales fue la comedia Mi primo Vinny, donde se sacaba chispas con una jovencísima Marisa Tomei.  Menos conocido es este drama de época escrito y dirigido por Howard Franklin (No tengo cambio), donde interpreta a un fotógrafo de los bajos fondos basado en el legendario Weegee.  Con un logrado clima de policial negro, la película –El ojo público, en su momento estrenada en Argentina como La mira indiscreta– lo pone en un registro nada habitual, como un hombre apocado y solitario que sólo vive para la profesión.  Testigo de la vida de otros, deberá jugarse la suya en un desenlace memorable, que funde artesanía y violencia.

 

Casino (1995): esta película funciona de alguna manera como secuela de Buenos muchachos, ya que los personajes son otros pero se repiten algunos intérpretes y el clima gansteril.  La cosa ahora transcurre en Las Vegas y Pesci, una vez más, es compinche de De Niro. Pero su personaje es considerablemente más desagradable y oscuro, y con un final mucho más truculento. Basta verlo abalanzarse sobre la ex novia de su amigo -una desesperada Sharon Stone- para que a cualquiera se le paren los pelos.  Veinte años más tarde, sigue siendo su último gran papel.

 

Notas relacionadas:

Talento sin ego

Philip Seymour Hoffman

Philip Seymour Hoffman

La muerte, en febrero pasado, de Philip Seymour Hoffman tomó a todos por sorpresa.  En los obituarios la opinión fue unánime: Hoffman, de 46 años de edad, era el mejor actor estadounidense de su generación.  Por una vez, la alabanza no sonó como una de esas hipérboles que circulan por los medios en parecidas circunstancias. Hoffman tenía espaldas para semejante sayo: lo mismo se decía de él en vida.

Como todo actor de raza, este neoyorquino se forjó un nombre en el teatro, ambiente donde no dejó de ser respetado aun después de incursionar, como tantos colegas de escenario, en Hollywood. Su tipo no convencional, macizo y a la vez vulnerable, parecía condenarlo allí a papeles de reparto, en un ambiente donde la estampa y el carisma suelen valer más que el talento: así pasó, desapercibido para el gran público, por películas de comienzos de los noventa como Perfume de mujer, Las cosas de la vida o aquella remake de La fuga con el matrimonio Alec Baldwin – Kim Basinger.  Su gran chance la tendría en la segunda mitad de esa década, y se la dio el californiano Paul Thomas Anderson, quien contó con él desde su primera película Hard Eight (también haría mucho por las carreras de John C. Reilly, Luis Guzmán y el veterano Philip Baker Hall).  En la segunda, Boogie Nights (1997), Hoffman compuso a un homoerótico –y patético– admirador de la estrella porno interpretada por Mark Wahlberg.  Al año siguiente interpretó uno de los personajes más repulsivos de Felicidad, la polémica película de Todd Solondz: un gordo solitario que llamaba por teléfono a la vecina para masturbarse.  Esos dos papeles fueron el espaldarazo definitivo para una carrera que tendría su máximo pico de popularidad en 2006, cuando ganó el Oscar al mejor actor protagónico por su trabajo en Capote y la Academia en pleno se puso de pie para aplaudirlo.

Hoffman era uno de esos actores que siempre están bien en su papel, capaces de mejorar con su presencia una mala película.  Si bien Hoffman tuvo su cuota de protagónicos –incluido uno memorable en el film más reciente de Anderson, The Master– no dejó de hacer roles secundarios en títulos como Moneyball o La hora 25.  Su principal virtud era evidente en aquel doblete Boogie Nights – Felicidad: abrazar un personaje poco agradecido –incluso desagradable– sobre el papel, volviéndolo tridimensional y hasta querible: hacerlo “respirar”.  En el teatro suelen ser papeles buscados por su posiblidad de lucimiento, son el pan del actor. Pero en Hollywood la imagen es lo más importante y las grandes figuras suelen preocuparse por la influencia que un rol así puede tener en su carrera. Es el ámbito de actores como Tom Cruise, alguien que cuando por una vez tiene que morir en una película (Colateral), lo hace sentado. Por toda la simpatía y admiración que puedan generar en la platea, no dejan de ser unidimensionales.

Claro que, cada tanto, uno de estos intérpretes físicos y glamorosos quiere brillar también en el oficio del actor: sufrir y transitar emociones, conmover (mostrando de paso que ellos también tienen sensibilidad y sofisticación).  Cruise lo hizo en la película coral de Anderson, Magnolia (1999), aceptando en prueba de “humildad” un papel de reparto.  Por supuesto, Tomasito hizo todas sus escenas largando fluorescencia por los ojos, dispuesto a comerse la pantalla. El papel parecía hecho a su medida: un gurú del levante con un secreto familiar que lo acompleja. Cerca del final del film, el personaje se reúne finalmente con su padre moribundo, interpretado por Jason Robards.  ¿Y quién está ahí junto a ellos? Hoffman, el enfermero que ha logrado reunirlos. He aquí un ejemplo para todos los actores secundarios con la ingrata tarea de presenciar el lucimiento ajeno. Es claro que ésta va a ser la gran escena de Cruise, el momento en que lo veremos quebrarse y hasta gimotear un poco, como si fuera de carne y hueso finalmente. Lo que hace Hoffman es limitarse a estar ahí, en segundo plano, emocionándose con él, sin interferir: aportando lo justo y necesario para que los demás brillen.  Esa aparente ausencia de ego, tan inusual en Hollywood, lo pone en la línea de los grandes actores de reparto de la historia del cine, de Walter Brennan a John Cazale, de George Kennedy a Stephen Tobolowsky. Y eso que era más conocido que todos ellos.  Hasta se dio el lujo de dirigir una película, Jack Goes Boating (2010), donde con cierto alivio pudimos comprobar que, después de todo, tenía los mismos tics y caprichos que otros actores cuando les dan vía libre…  Descubrir que Hoffman era perfecto hubiera sido demasiado; no se lo hubiéramos bancado más que a Cruise.

 

Notas relacionadas:

Cary Grant irrepetible

¿Que tendrá el petiso? 

 

Qué tendrá el petiso

Al Pacino

Al Pacino

 

Con los años nuestra imagen de Al Pacino ha cambiado: el sufrido actor del Método, que se robaba las escenas casi sin querer, ha mutado gradualmente en el divo que parece trabajar sobre seguro para que nadie a su alrededor pueda echarle sombra.  Basta ver la evolución de sus parejas femeninas en el cine: Diane Keaton (El Padrino, 1972) era seis años menor que él; Michelle Pfeiffer (Caracortada, 1983), dieciocho; Penelope Ann Miller (Carlito’s Way, 1994), veinticuatro; alguna de las varias mujeres que le hacen ojitos en 88 minutos (2007) bien podría ser su nieta.

Claro que Pacino (73 años al momento de esta nota) no está solo: otras estrellas masculinas de su generación, como Nicholson o De Niro, han tenido una evolución similar.  Pero nadie ha sido más consecuente que él en el estrellato: sus películas recientes hablan de un actor al que le importa cada vez menos lo que filma, que se siente cómodo convirtiendo una película en “tanque” con su sola presencia.  Arrugado, disfónico y con una importante biaba capilar de la que no se avergüenza –y que el periodismo no le reprocha; hasta en eso tienen ventaja las estrellas masculinas-, el viejo Al sigue haciendo películas de acción aunque al correr parezca ir pateándose las características ojeras.

“Diane Keaton (El Padrino, 1972) era seis años menor que él; Michelle Pfeiffer (Caracortada, 1983), dieciocho; Penelope Ann Miller (Carlito’s Way, 1994), veinticuatro; alguna de las varias mujeres que le hacen ojitos en 88 minutos (2007) bien podría ser su nieta.

Todo indica que no volverán los tiempos en que pasaba de Coppola a De Palma o Lumet, empeñado en hacer del héroe cinematográfico un hombre común; ahora poco importa quién dirige los films, siempre serán películas “de Pacino”, donde el actor parece interpretarse a sí mismo (Pacino detective, abogado, etc.) más que componer un personaje.  Puede darse el lujo: sigue cobrando fortunas por esos papeles.  Comparemos 88 minutos (director: Jon Avnet) con Noches blancas (2002, de Christopher Nolan; ambas pueden verse en Qubit).  El hombre parece estar haciendo el mismo papel: el veterano canchero que despierta admiración entre sus discípulos, y que esconde una mancha en su pasado, pero igual cumplirá con su destino de héroe.  Que en un film sea un psiquiatra forense en Seattle y en el otro un detective inspector en Alaska es anecdótico: hay más similitudes que diferencias.  Pacino es Pacino.  El secreto/mancha, condición para enriquecer el personaje, suele añadirse al guion por pedido del propio actor; así se hizo en el thriller de Nolan, quien por entonces sólo era conocido por Memento y reescribió algunos tramos sin protestar (la película rehace un thriller noruego de 1997).

El cambio en la carrera de Pacino (algo similar le pasó a De Niro) fue en los ochenta: desanimado, Al llegó a pasar cuatro años fuera de la pantalla, dedicándose al teatro, su verdadera pasión.  Cuando volvió en 1989 con Prohibida obsesión y la tercera parte de El Padrino, ya era otro, aunque al principio no nos dimos cuenta.  Resignado a su estrellato, se relajó y empezó a disfrutarlo: su filmografía se volvió más prolífica y versátil, menos pretenciosa.  La personalidad se impuso, como siempre y sin distinguir géneros, de la comedia romántica (Frankie y Johnny) a la adaptación de un comic como Dick Tracy; del thriller de corrupción política (City Hall) al drama deportivo (Un domingo cualquiera).  Cuando recibió su demorado Oscar por Perfume de mujer (1992), y mientras la crítica se deshacía en elogios por su interpretación del ciego que había hecho originalmente Vittorio Gassman, admitió sin culpa que no había visto “ni un solo metro” (sic) de la película.

En el “siga siga” de esta segunda parte de su carrera hay excepciones, y suelen estar relacionadas con el teatro.  El hombrecito bigger than life supo aceptar un papel secundario en El precio de la ambición (1992), adaptación de una obra de David Mamet; y trabajar en televisión, también con Mamet, encarnando a un sorprendente Phil Spector (2013).  Entrevistó a las grandes estrellas del teatro británico para su interesante docudrama sobre Shakespeare, En busca de Ricardo III (1996, dirigido por él mismo), donde juega con el papel principal de ese drama isabelino; hace poco repitió la experiencia con Wilde Salome (2011), sobre Oscar Wilde.  Brasco (1997), quizá el mejor de sus trabajos crepusculares, tiene un pulso teatral y fue dirigido por otro británico, Mike Newell.

El interesado en ese Pacino más serio y disciplinado hará bien en ver la meritoria adaptación de El mercader de Venecia que protagonizó en 2004 y que también puede verse en Qubit http://www.qubit.tv/content/85/el-mercader-de-venecia.  Allí este hijo de italoamericanos se revela como una opción perfecta para el usurero Shylock, odiado abiertamente en la antisemita sociedad veneciana del siglo XVI.  Al deja de lado el glamour y se lo nota interesado en dejar la mejor impresión en sus colegas británicos.  El clima amigable, lejos de divismos, debe haber colaborado para que el director Michael Radford (1984, El cartero) entregue una versión amena y accesible de la clásica pieza.  El film se cierra con un plano que remite al final del primer Padrino; sólo que la puerta que antes dejaba afuera a Kay, la ingenua esposa de Michael Corleone, ahora se cierra sobre el propio Pacino, cuando Shylock es puesto de patitas en la calle.

Seth Rogen, el gran antídoto de 50/50

Seth Rogen, el gran antídoto de 50/50

Seth Rogen, el gran antídoto de 50/50

Tienen que conocer a Seth Rogen: no parece gran cosa, y como comediante es algo así como lo opuesto al histrionismo plástico y polimorfo de Jim Carrey o Ben Stiller. Pero 50/50, que podría describirse como una especie de “bromantic con cáncer” (si se la quiere ubicar en el subgénero de la amistad-romance entre dos chicos, del tipo I love you, man), es inimaginable sin el humor contenido y suavemente brutal de Seth Rogen, el mismo que en Ligeramente embarazada y Funny People le permitía rodear asuntos más o menos ríspidos –paternidades abruptas en plena adolescencia tardía, enfermedades terminales– con algo parecido a la inocencia (algo tienen que ver unos dientecitos de castor y una voz rasposa en un cuerpo de nene crecido). Para decirlo sin vueltas: Rogen se ríe como Beavis & Butthead, y justo cuando uno está a punto de mandarlo al casillero de las causas perdidas suelta una frase de una lucidez apabullante, o deja entrever una calidez que se parece a la sabiduría.

En 50/50 Rogen es Kyle y es el mejor amigo de Adam (Joseph Gordon-Levitt), ése que lo pasa a buscar todas las mañanas para llevarlo al trabajo porque Adam no maneja. Frente a la noticia de que a Adam le detectaron un cáncer de médula espinal, Kyle no replica la cara de gravedad funeraria de los otros sino que amenaza: “Me parece que voy a vomitar”, y enseguida le pregunta a Adam si no tiene una foto del tumor. Después, con la misma desubicación lo va a tratar de convencer de que use la enfermedad para levantar chicas, pero también es ese amigo que tiene un libro sobre cómo lidiar con el cáncer bien a mano –y con las hojas marcadas– en el baño.

“Para decirlo sin vueltas: Rogen se ríe como Beavis & Butthead, y justo cuando uno está a punto de mandarlo al casillero de las causas perdidas suelta una frase de una lucidez apabullante, o deja entrever una calidez que se parece a la sabiduría.”

Gracias a él, la película encuentra el tono justo entre el drama sin melodrama y la comedia sin estridencias para contar el proceso de transformaciones que siguen a ese baldazo de agua fría que es la noticia de la enfermedad. Porque si Kyle se desubica también es cierto que desubica muchas otras cosas, empezando por los lugares comunes del padecimiento y de la lástima, así como la enfermedad des-ubica en Adam todo lo que resultaba conocido. Bajo esa nueva luz –oscurísima, pero no todo el tiempo– se modificarán las relaciones de Adam con Kyle, de Adam con una novia que tiene fobia a los hospitales (Bryce Dallas Howard), con una madre que encima carga un marido con Alzheimer (Angelica Huston) y una terapeuta novata (Anna Kendrick) que también se desubica un poco a la hora de poner límites en la relación con un paciente. Y porque elige contar de esa manera y con Seth Rogen como principal antídoto, 50/50 termina por desubicar también las típicas películas sobre enfermedades y hacer foco, sin ostentación ni “mensajes”, en lo que empieza cuando parece que todo se termina.

Polaroids de Patrick Swayze

Patrick Swayze

 

Patrick Swayze

Musculoso. Tierno. Recio. Con cara de gato montés y ojos de un azul grisáceo indefinido que nos obliga a seguir mirando. Patrick Swayze explotó en Dirty Dancing, más como vendaval de sensualidad masculina que como bailarín profesional. Habitualmente el cine, en su historia, magnifica y eleva a la mujer. La descubre a través de la mirada de un hombre.  Nada es así en Dirty Dancing.  Una candorosa Jeniffer Grey es la que busca a Swayze.  Lo sigue, lo persigue. Lo conquista con tenacidad hasta que Swayze abre su cola de pavo real y se transforma en la estrella absoluta en la noche del cine ochentoso. Rebelde pero contenido. Discutidor pero nunca irreverente. Un hermano retraído de Travolta y Jimmy Dean.

 

Swayze supo ser tierno, sí, pero poco edulcorado. Quizás la mayor concentración de azúcar esté en “She is Like the Wind”, esa balada que el mismo escribió  originalmente para una película con Jamie Lee Curtis, pero como no se la aceptaron,  se las mostró, después, a los productores de Dirty Dancing. “She is Like the Wind”, a decir verdad, quedó bastante bien en Dirty Dancing.

 

En las películas de su madurez, como Alto riesgo (Black Dog) o Cartas de un asesino (Letters from a Killer) transitó por distintos géneros y dio pruebas de ductilidad actoral. Un camionero de volantazo preciso en Alto riesgo, un ex presidiario condenado a muerte en Cartas de un asesino.  Camionero y bailarín; como en esa  escena de Cartas de un asesino en la que llega con su amiga al pub en el que se baila música country. Resulta curioso –y gracioso– verlo hacer de  bailarín no experimentado.

 

Swayze nunca fue, ni hubiera sido, uno de esos tipos duros que no bailan en las fiestas. Aunque duro sí. E imponente de estatura. Y texano de nacimiento. Y legítimo cowboy.

[gn_quote style=”1″]Swayze nunca fue, ni hubiera sido, uno de esos tipos duros que no bailan en las fiestas. Aunque duro sí. E imponente de estatura. Y texano de nacimiento. Y legítimo cowboy.[/gn_quote]

Swayze nunca fue, ni hubiera sido, uno de esos tipos duros que no bailan en las fiestas. Aunque duro sí. E imponente de estatura. Y texano de nacimiento. Y legítimo cowboy. Americano cien por cien, en el sentido más políticamente incorrecto del término. Americano y también algo amariconado, pero con esa cuota  de mariconería legítima que explotó cuando el hombre se animó a mover la pelvis.

 

Con el tiempo Swayze no se afeó ni mejoró. Conservó rasgos de belleza intactos y mantuvo, sobre todo, un aspecto juvenil. Esa cara con rastros de niño eterno a la que solo la enfermedad derrumbaría. Yo, por mi parte, habría coleccionado las figuritas de Dirty Dancing pura y exclusivamente por Patrick Swayze. Pero hasta donde recuerdo, nunca salieron.