Un cuento bien contado

 

Una de las mejores películas de animación de los últimos años es también una de las más ocultas: pequeña, artesanal, cálida como pocas y con la simpleza de un cuento bien contado, El gigante de hierro no es ni será nunca la película más conocida de Brad Bird –que después dirigió las más exitosas Ratatouille y Misión imposible 4: Protocolo fantasma– pero sí es una perla escondida entre la marejada de películas de animación que llega a la sobreabundancia (y que a veces, más que sabor a infancia, lo tiene a franquicia). Con un estilo de animación que cruza lo mejor de los estudios Warner clásicos con un robot que podría haber llegado atravesando el espacio desde la animación japonesa del cincuenta (aunque en este caso cae del cielo, con origen desconocido), toques de Disney y algo del espíritu de E.T., El gigante de hierro cuenta la amistad entre un nene y el robot más expresivo desde Cortocircuito, en un 1957 paranoico y nuclear.

Hogarth tiene nueve años y vive en Rockwell, un pueblito apacible de las no tan apacibles costas de Maine (que fueron escenario de tantas historias, desde Stephen King hasta la última de Tim Burton). Cuando la mamá no está, Hogarth come Twinkies, mira películas de ciencia ficción –en plena Edad de oro del género y también claro, de la Guerra Fría– y fantasea con invasores venidos de Marte, así que la aparición de un robot del tamaño de un edificio en los bosques que rodean su casa, y que se prestan para encuentro cercanos de ese tipo, no lo toma del todo por sorpresa. Al contrario, el nene pronto descubre mucho de bondad y diversión potenciales en esa mole de hierro chirriante, que se vuelve su compañero de juego.

Pero en unos Estados Unidos en los que hasta los chicos hablan sobre criaturas extrañas enviadas por los extranjeros “para apoderarse del país”, no será tan fácil tener escondido un gigante que sí o sí tiene que ser sospechoso porque “nosotros no lo construimos”, como dice uno de sus perseguidores: pronto Hogarth y su robot convulsionan al pueblo y tienen al ejército pisándoles los talones, como un sabueso. La historia de El gigante de hierro está adaptada de El hombre de acero, un relato que el poeta británico Ted Hughes escribió para los hijos que tuvo con Sylvia Plath. Su versión cinematográfica conserva el corazón pacifista del cuento original pero además –como si replicara la estructura metálica y el interior humano de su protagonista– le suma algo del cine bélico americano, en una irrupción militarizada que sorprende y suma densidad (se recomienda enfáticamente tener a mano unos pañuelos).