¡Fuck! Es David Mamet

David Mamet

David Mamet

Hoy está un poco olvidado, pero David Mamet ha sido muy importante en la evolución de Hollywood en los últimos años; más aún en el teatro de su país.  En 1975, su obra American Buffalo hizo escándalo por introducir en escena el habla de la calle, en especial la puteada, que en sus guiones siempre suena natural y necesaria, nunca impostada; sus personajes decían fuck a diestra y siniestra mucho antes que los de Tarantino o Neil LaBute.  Con los años llegarían las versiones cinematográficas de hitos teatrales como Buffalo, Sexual perversity in ChicagooGlengarry Glenn Ross, ninguna dirigida por él excepto Oleanna (1994), sobre una alumna que acusa a su profesor de acoso sexual.

Para el cine, sin embargo, Mamet prefirió escribir especialmente, primero como adaptador para películas como Será justicia, El cartero llama dos veces (versión Rafelson) y Los intocables.  Desde 1987 además dirige guiones originales propios, argumentos con la trampa y el engaño como motor narrativo y hasta estilístico.  El que crea en la originalidad de un film como Los sospechosos de siempre, con su sorpresivo y revelador final, debería ver los films hechos por Mamet en los años inmediatos anteriores, como su inicial Casa de juegos.

Homicidio (1991) es uno de sus mejores en este terreno; con seguridad el más intenso.  Su protagonista es Bobby Gold, un policía neoyorquino (Joe Mantegna, actor fetiche de Mamet en teatro y cine) conocido por su habilidad como negociador.  Desde el impactante comienzo en que un grupo SWAT irrumpe en un departamento buscando a un joven traficante, y casi sin respiro, Homicidio transcurre a lo largo de una sola noche en la que Mantegna será transferido del caso del dealer, importante para él, al homicidio de una anciana judía en un kiosco de Harlem.  Resulta que la anciana había sido una importante militante sionista y sus familiares, de buena posición, creen que no se trató de un asalto al azar.  Gold es él mismo judío pero se niega a creer conspiraciones, lo que explicita en una conversación telefónica que da pie a una escena inolvidable, de esas que bastan para intuir a un gran narrador.  El antisemitismo pasa a ser el tema de la película (¿verdad o paranoia? parecen preguntarse Gold y Mamet) a medida que las revelaciones se suceden.  Para cuando amanece, el detective que conocimos es otra persona y todas las certezas estallan.  Hay que decir que el nudo de la trama no es del todo explicado (y continúa siendo debatido en algunos foros de la web); pero la experiencia de ver Homicidio está muy por encima de la media del cine policial americano.

Como en una vuelta del destino de las que aparecen en sus guiones, hoy parece que Mamet entrará a la historia del cine por una película que no dirigió: Mentiras que matan, una farsa dirigida por el artesano Barry Levinson en 1997 y que desde entonces se convirtió en un pequeño clásico.  En ella, y para tapar un escándalo sexual que involucra al presidente de los Estados Unidos, funcionarios recurren en secreto a un productor de Hollywood (un Dustin Hoffman delirante en uno de sus mejores papeles) para inventar una noticia que distraiga a la prensa.  El invento será el estallido de una guerra civil en Albania y la “necesidad” de la intervención de EE UU.  Más allá de la eficacia del truco y de la trama (que Mamet adaptó libremente de una novela sobre Bush padre) y de un casting soñado (Hoffman, Robert DeNiro, Anne Heche, Woody Harrelson y siguen las firmas) Mentiras que matan fue tocada por la varita de la suerte: mientras la película se montaba, una becaria llamada Monica Lewinsky guardaba celosamente un vestido azul con salpicaduras presidenciales.  El affaire estalló un mes después del estreno y Mentiras que matan se convirtió en un film de anticipación (algo parecido había ocurrido con Casablanca).  Mamet no ha tenido grandes éxitos desde entonces, y no dirige para la gran pantalla desde 2008; debe ser el único cineasta cuyo destino se decidió en la Oficina Oval.

Homicidio y Mentiras que matan las podés ver en Qubit.tv