Woody Allen: clásico y moderno

Woody Allen

 

Woody Allen

 

En el cine de Woody Allen, el jazz clásico es uno de los rasgos más magnéticos de sus films. Que siempre comenzarán con la tipografía Windsor de sus títulos –serif, cursiva y fondo negro– y… acompañados de un buen hot jazz. Ciertamente, la música no es el corazón de las películas de Allen, pero sí la sangre y el oxígeno que le dan el ritmo y el timing a su obra. Porque, no lo olvidemos, el señor NYC (por nacido y criado… en New York City) también es clarinetista y coleccionista de discos.

Todo comenzó con Manhattan y a partir de allí, en modo de rapsodia: una fenomenal recopilación de clásicos de la música estadounidense de aquellos días de radio. Algo así como “todo lo que usted siempre quiso saber sobre jazz, pero… ”.

Veamos. O mejor dicho, escuchemos y disfrutemos. Disparos sobre Broadway, con John Cusack, narra lo que puede llegar a hacer la cosa nostra por el arte. La música, que representa a la perfección la época glamorosa del Charleston, incluye a Al Jolson y la orquesta de Duke Ellington.

Todos dicen te quiero es el primer musical de género de Allen. Y sorprenden sus coreografías con actores que no son bailarines profesionales. También es todo un placer ver cantar a Julia Roberts o a Goldie Hawn en un film que, afortunadamente, no cuenta ni con firuletes ni con vanidosos pasos de salón.

Dulce y meláncolico y Wild Man Blues comparten el tener nombre de standards de jazz y tratar enteramente sobre la música. La primera, imperdible para los fanáticos de las seis cuerdas, se centra en la vida de Emmet Ray (Sean Penn), aclamado en el film como “el segundo mejor guitarrista del mundo” y personaje ficticio. Ray está obsesionado con su rival, Django Reinhardt, quien fue todo un personaje pero real: uno de los verdaderos padres del jazz europeo. Wild man blues es un documental que no fue dirigido por Allen pero aborda su vida como clarinetista, de gira con su banda al estilo New Orleans. Es una de las poquísimas oportunidades de ver a Woody fuera del registro histriónico de sus propios personajes y embargado en su pasión por la música.

Ladrones de medio pelo, una sátira a lo más estirado y snob de la clase alta, demuestra que con sólo robar dinero no alcanza: en Nueva York también hay que robar estilo y cultura… Una vez finalizada es difícil no tararear el puro swing de “Stomping at the Savoy” por Benny Goodman. Que si no es cultura musical, le pasa cerquita.

Por último Scoop, con Scarlett Johansson, es la única de todas de ellas cuya banda de sonido no pertenece al Great American Songbook. Sin embargo, ya sea El lago de los cisnes o “Adíos muchachos” (¡Un tango gardeliano en versión Big Band!), Allen le da el mismo tratamiento popular y cómplice de las canciones norteamericanas de la primera mitad del siglo XX. En Woody, ya se el músico o el cineasta, el del hobby o el de la profesión, todo suena clásico y moderno al mismo tiempo.

 

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Jazz en el cine

Jazz en el cine

 

El jazz evolucionó junto con el cine a lo largo del siglo XX.  Participó de él como música de fondo, aportando estrellas casi siempre maltratadas por los estudios (ahí está Billie Holiday haciendo de sierva en Nueva Orleans ¡y casi no la dejan cantar!) y también como tema de biopics descafeinados en el Hollywood clásico y mayoritariamente blanco.  Para cuando eso empezó a cambiar, el rock había reemplazado al jazz en el gusto popular y el número de producciones dedicadas al género se hizo mucho más pequeño.

En los años noventa dos películas de ficción se dedicaron a reconstruir los treinta con singular fortuna.  En Kansas City, Robert Altman reconstruye el mundo de garitos y juerga en que se desarrolló el swing, cantera de orquestas bailables –como la de Count Basie– y de cantantes que empezaban trabajando en ellas –como la Holiday– para no hablar de muchos instrumentistas que luego formarían sus propios grupos.  El argumento de Kansas City (1996), insignificante como es costumbre en Altman, nos recuerda que ese auge fue fogoneado por los gangsters que contaban con protección política y eran dueños de los locales donde los músicos tocaban.  Pero lo importante es que Altman se sirvió de la joven generación neoclásica –con nombres como James Carter y Joshua Redman– para interpretar a leyendas del género como Lester Young, Ben Webster y Coleman Hawkins, “pelando” solos en vivo ante las cámaras mientras un gurrumín llamado Charlie Parker –que luego inventaría el bebop– observaba entre bastidores.  Altman era de Kansas y conocía el paño.

Dulce y melancólico (1999) se ocupa de otro sonido, el hot creado por Louis Armstrong en Nueva Orleans y Chicago; el que pronto replicaría Django Reinhardt en París con un pequeño grupo de cuerdas.  Sean Penn compone a un músico norteamericano que vive a la sombra de Django: se supone que es el “segundo mejor guitarrista del mundo”.  Es conocida la afición de Woody Allen por el jazz, pero nunca lo representó mejor que en esta película, realizada en el formato de falso documental que tan bien le sienta; Penn brinda una gran interpretación del ególatra Emmet Ray, aunque si prestan atención notarán que sus partes de guitarra están dobladas por un músico profesional.

Entre los documentales de Qubit encontrarán Blues del hombre salvaje (Barbara Kopple, 1997), que sigue una gira de Woody con su mentado grupo de homenaje al jazz primigenio (el mismo que se le superpone con la noche del Oscar).  Pero la película resulta más iluminadora sobre su polémico matrimonio con Soon-Yi Previn: descubrimos que al final el director de Dulce y melancólico es un sometido y casi la podemos oír a la coreana diciendo: “¡sí, andate a tocar el clarinete con tus amigos!”  Más y mejor música se encontrará en Imagine the Sound (1981), documental del canadiense Ron Mann centrado en figuras del free y donde se puede ver en acción a figuras como Archie Shepp o el aporreador de pianos Cecil Taylor.

Dos películas francesas permiten apreciar cómo en los cincuenta el buen jazz daba una pátina de sofisticación a la gran pantalla: Sin aliento (1960) cuenta con un irresistible score del pianista galo Martial Solal (luego Godard viraría a otras músicas); mientras que Louis Malle contó para su policial Ascensor para el cadalso (1958) con una partitura original de Miles Davis, quien andaba por París haciéndose arrumacos con la chansonnière Juliette Greco.

“El jazz evolucionó junto con el cine a lo largo del siglo XX.  Participó de él como música de fondo, aportando estrellas casi siempre maltratadas por los estudios y también como tema de biopics descafeinados en el Hollywood clásico y mayoritariamente blanco.”

Pero el jazz también puede aparecer allí donde menos se lo espera: por ejemplo, en El sabor de la cereza (1997), ese clásico iraní cuyo final debe haber sido uno de los más debatidos en los últimos años.  Kiarostami agrega a ese clímax ambiguo y a la vez dramático un “anticlímax” con imágenes en video del rodaje, como diciéndonos: “it’s just a movie”.  La música, que aparece por primera vez en el film en esa escena, es una célebre versión de Louis Armstrong del “St. James Infirmary Blues”, canción tradicional y anónima interpretada al estilo de los cortejos fúnebres de Nueva Orleans, con todo lo que esto supone en el contexto de la película.  Así es el jazz: sin frontera social ni geográfica, inspirador y eterno.