Novias-Madrinas-15 años

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ENTREVISTA CON DIEGO Y PABLO LEVY

Los hermanos Diego y Pablo Levy hicieron su primera película sobre un mundo que conocían bien: la sedería de su padre. Así surgió Novias-Madrinas-15 años, uno de esos documentales que cuentan historias dignas de la mejor ficción, con el atractivo agregado de que es todo real. Lo que sigue es una entrevista con los dos directores.

Novias-Madrinas-15 años es un documental sobre un comercio y su gente. ¿Qué tiene este comercio de especial que decidieron filmarlo? ¿O Uds. creen que en cada local porteño se esconden muchas historias dignas de ser contadas?

La realidad es que no sabíamos si iba a interesar la vida cotidiana del negocio. Empezamos a filmar con la idea de hacer algo con ese lugar que está tan ligado a nuestras vidas, y con esos personajes que tanto conocíamos. Nunca imaginamos lo que después paso con la película.

Debe haber muchas historias para contar en otros locales, creo que la clave en este caso fue que nosotros conocemos ese lugar a la perfección, sabemos cómo funciona, conocemos los conflictos entre los personajes y la riqueza de cada uno. Por esa razón en las entrevistas supimos bien qué preguntar, de alguna manera ya sabíamos las respuestas, así que en ese sentido no fue difícil.

Ustedes ganaron con Novias-Madrinas-15 años el premio del público en el Bafici 2011 y recibieron críticas positivas y ninguna negativa: Todas Las Críticas. Evidentemente, es una película “que gusta”, ¿a qué lo atribuyen?

Es un documental honesto, con mucho humor, con personajes muy queribles (incluso mi viejo), y con una dinámica de trabajo que genera cierta nostalgia. Supongo que mucha gente también se identifica con el negocio atendido y manejado por su dueño junto a  un grupo de leales empleados.

¿Tienen alguna historia de gente que habitualmente no ve cine argentino y/o documentales y que haya visto la película? ¿Qué reacciones y comentarios recibieron?

Tuvimos muchos comentarios de gente que está mas ligada al Once y al comercio que al cine, y que se fanatizaron con la película, incluso pasaron muchos por el negocio para conocer a los personajes (si quieren hacerlo, pueden ir a Azcuénaga 412). De hecho mucha gente preguntó si los personajes eran reales…

A pesar de casi no salir del local, lograron evitar la monotonía y generaron imágenes variadas y hasta bellas ¿Cómo pensaron la estética de la película?

El desafío era justamente ese, no salir del local, no queríamos hacer una película del Once en general, queríamos contar ese lugar en particular. La búsqueda de la belleza estuvo planteada desde el principio, no hace falta tener enfrente un paisaje paradisíaco para lograr belleza, se puede encontrar en cualquier lado, de hecho dejamos afuera muchas imágenes interesantes porque no pasaban el filtro estético.

Pasamos muchas horas grabando, de guardia, esperando que entren las clientas o que algún conflicto sucediera entre ellos, seguimos durante varios días a cada personaje, muchas veces esperando situaciones puntuales que necesitábamos para ilustrar algunas partes de cada entrevista, que fue lo primero que hicimos. A cada personaje le pedíamos que elija su tela favorita y la usábamos de fondo. Cuando las terminamos, las editamos y armamos el guión. Después fue cuestión de ir a registrar la vida cotidiana del local, que no fue algo difícil, ya que a pesar de no haber trabajado nunca ahí, es como nuestra casa.

Ver la pelicula en Qubit

Stanley Kubrick: sacando las cosas de control

Hay pocos directores más analizados y discutidos en la historia del cine que Stanley Kubrick. También hay pocos realizadores tan famosos por su carácter obsesivo y perfeccionista, algo que hizo que en algunos casos estuviera más de un lustro para planificar una película y más de un año filmándola. Con este particular ritmo de trabajo, Stanley Kubrick realizó, a lo largo de su carrera, trece largometrajes. De estos, varios dejaron imágenes icónicas en la cultura popular: una y mil veces parodiadas y/o homenajeadas en todo tipo de series, publicidades y largometrajes. Después de todo, el cine de Kubrick fue (y sigue siendo en varios casos) muy popular, capaz incluso de influenciar en la estética de no pocos cantantes de pop y de rock (como el caso de David Bowie y su relación con 2001, Odisea del espacio, o Rob Zombie y su admiración siempre presente por La naranja mecánica). Es raro pensar que tamaña popularidad en las películas viniera de la mano de un director conocido por su carácter recluido y ermitaño, una persona reticente a que le saquen fotos para la prensa o a ser entrevistado.

La obsesión mayor de Kubrick fue la de construir películas que fueran lo más particulares posibles. Y quizás ahí es donde resida su costado más ambicioso, en su necesidad de hacer siempre, en cada largometraje, algo radicalmente diferente a lo que se hizo antes, incluso arriesgándose a cambiar totalmente el tono y el género del film que había hecho anteriormente. Así es como este director pudo pasar de la utopía futurista de 2001 a la distopía prepunk y acelerada de La naranja mecánica, de ahí a la calma fatal de una película de época como Barry Lyndon, y de ahí a una película de terror surrealista como El resplandor. Sin embargo, hay cosas que persisten en todos sus films: un humor retorcido y extraño. Hay quienes ven a Ojos bien cerrados o La naranja mecánica sencillamente como comedias, y es fácil ver que El resplandor es menos una película de terror que una sátira alocada del patriarcado.

En Kubrick siempre hubo una obsesión por mostrar que, más allá de todo el control que quiera ejercerse, siempre hay un elemento externo, a veces azaroso hasta lo ridículo y otras sin causa determinable, que termina por imponerse y arruinar cualquier intento por controlar las cosas. Así es como un monolito acaso arbitrario puede controlar a la humanidad en 2001. Y así es cómo el intento por dominar a un joven delincuente mediante un mecanismo de control neurológico en La naranja mecánica puede arruinarse por algo tan inesperado como una sinfonía de Beethoven. Y también ocurre que un padre de familia en El resplandor se ve imposibilitado de controlar sus instintos inconscientes e inexplicables de querer matar a su familia. Y que un soldado perfectamente entrenado en Nacido para matar pueda terminar volviéndose tremendamente loco. Y que el médico de Ojos bien cerrados pueda darse cuenta de que su vida familiar no está tan establecida como imagina cuando se entera de una fantasía pasada de su mujer. En todo caso, fue siempre ese azar extraño, esa fisura imposible de explicar con la lógica y que no puede controlarse lo que siempre le fascinó a Kubrick, un punto en el cual las cosas simplemente suceden de manera arbitraria y sólo parecen estar ahí para persistir en su carácter de misterio.

Mirá La naranja mecánicaNacido para matarOjos bien cerradosEl resplandor y 2001, Odisea del espacio en Qubit.tv

Elvis: That’s the Way It Is

Tras una carrera vertiginosa como actor en 31 películas en Hollywood, Elvis Presley decide dejar la ficción en 1969 para volver a dar recitales, actividad que había abandonado para dedicar trece años exclusivamente a ser la estrella juvenil que dejó vacante la muerte precoz de James Dean. Cambio de hábito (1969) fue el último protagónico de ficción de El Rey, y ese título parecía adelantar el nuevo rumbo de su carrera. Al año siguiente filmaría su primer documental, Elvis: That’s the Way It Is, testimonio de su vuelta a la interpretación en vivo. Momento bisagra de su carrera pero también de la tierra del rock, donde en los sesenta habían desembarcado “piratas ingleses”, principalmente timoneados por The Beatles, que antes del rodaje de este documental habían anunciado su separación, y a quienes Presley dedica un guiño musical.

Tres días de ensayos en julio de 1970 en estudios de Metro-Goldwin-Mayer de California, más otros tres días de ensayos y tres de los seis recitales en vivo en agosto en el Hotel Internacional de Las Vegas fueron las únicas jornadas necesarias para completar este documental. El montaje original incluyó entrevistas para registrar la elvismanía de la época, escenas eliminadas en la versión restaurada en 2001 para reemplazarlas con material de Presley descartado en el estreno de 1970. Que solo se utilizaran nueve días de rodaje es testimonio potente de la efectividad de Presley, de su estado intacto tras la década larga que pasó sin actuar en vivo. Por eso, es documento fiel del último apogeo antes de la caída, por la inminente relación destructiva de Presley con las drogas y con el sobrepeso.

El director elegido fue Denis Sanders, que venía de ganar un Oscar por su corto documental Czechoslovakia 1918-1968. Pero tal vez la decisión más importante haya sido contratar al director de fotografía Lucien Ballard, que si bien tenía una carrera prolífica junto a directores como Josef von Sternberg, Hugo Fregonese y Stanley Kubrick, en 1969 también había recibido un Oscar por la fotografía del western La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, donde puso toda su destreza para la pantalla ancha, con la que empezó a experimentar desde la década del 50. Así, cada encuadre de Elvis: That’s the Way It Is es una demostración lujosa de los beneficios de la pantalla ancha por la forma en que se registra el dinamismo de la performance de Presley, tanto como la glamorosa artificialidad del escenario de Las Vegas. La elegancia hipnótica de la voz y el cuerpo del Rey se capturan mejor en ese amplio espacio estético, donde se logra representar su relación con la banda y con el público, especialmente con las fans, en una secuencia en la que Presley baja del escenario para ser parte de una orgía de besos. La luminosidad potenciada del astro Rey que logra esta película, verdadero prodigio que multiplica el brillo tanto de las piedras incrustados en los trajes como del sudor de Presley en cada canción, es un adelanto de la seducción y el juego de artificio que el glam rock, con T-Rex y David Bowie a la cabeza, va a desarrollar en ese comienzo de década.

Elvis: That’s the Way It Is es una película fundamental por su manera de mirar con nitidez el presente y de alucinar el futuro al mismo tiempo: logra capturar toda la esencia elegantemente febril del rock de los inicios como las transformaciones que traerían los 70. Es que la presencia de Elvis tiene tanto de corporalidad física ineludible como de espejismo, una doble dimensión que solo el cine, en su mejor forma, puede capturar.

Mirá Elvis: That’s the Way It Is en Qubit.tv

¡A ver documentales!

Usted está viendo en la televisión un documental sobre la guerra del Peloponeso. Un experto, con anteojos, barba y una gigantesca biblioteca de fondo, habla con voz monótona y monocorde sobre algún episodio bélico. Aparece en pantalla un mapa de la Grecia Antigua con miles de flechas que salen en miles de direcciones diferentes mientras una voz en off enumera, como si estuviera leyendo la lista del supermercado, nombres de reyes y generales, tratados y años, victorias y derrotas. El control remoto está lejos y a usted le está ganando el sueño: no tiene fuerzas como para pararse y cambiar de canal. Se le cierran los ojos. Los expertos se siguen amontonando en pantalla, pero usted ya no sabe si las palabras “Egospótamos”, “arquidámica” y  “Epidamno” están realmente saliendo de la televisión o si las está soñando, si su mente las está inventando para construir su propia guerra del Peloponeso. Justo antes de quedarse dormido, usted se promete a sí mismo nunca más en su vida ver un documental. Y después se entrega al sueño.

La pregunta es: ¿Ha hecho bien? La respuesta es categórica: no. Absoluta y decididamente no. Por un documental malo, que los hay, se va a perder miles de documentales buenos. Y no solo buenos, también ágiles, interesantes, graciosos, terroríficos, iluminadores, polémicos… y sobre todo, variados. Porque lo cierto es que hay documentales de todos los tamaños, formas y colores. De hecho, el prejuicio más arraigado que existe en cuanto a los documentales (es decir, que son todos más o menos iguales, todos más o menos parecidos al descrito en el primer párrafo) es también el más errado. Por cada decisión que toma un documentalista, hay otro que tomó exactamente la contraria. Hay documentales que no tienen ni una sola imagen de material de archivo y hay otros que están hechos solamente de material de archivo. Hay documentales que evitan sistemáticamente las entrevistas y otros que giran completamente en torno a ellos. Documentales que se apoyan en una voz en off omnipresente y documentales que prescinden 100% de ella. Documentales que vociferan verdades y documentales que tímidamente transmiten dudas. Hay documentales didácticos y documentales narrativos. Documentales combativos y documentales poéticos. Hay, en fin, documentales para todos los gustos.

¿No lo convencí? ¿Todavía se aferra a su promesa de no ver más documentales? ¿Sigue teniendo pesadillas con la Guerra del Peloponeso? Hágame caso y comience una terapia de desintoxicación con estos tres documentales:

This Film is Not Yet Rated: Para descubrir y describir cómo funciona el sistema de calificaciones cinematográficas (PG-13, NC-17, etc.) en los Estados Unidos, Kirby Dick contrata a dos detectives lesbianas para infiltrarse en ese oscuro mundo en el que se le “estampan” las calificaciones a las películas… un mundo hecho de oficinas, pasillos, microcines, influencias, contactos, leyes no escritas, grandes estudios, curas, ligas de amas de casa y un largo y siniestro etcétera. Una película graciosa, potente y perfectamente documentada.

Grass: La historia de la marihuana en el Siglo XX en los Estados Unidos. O sea: La historia de los diferentes modos en los que se intentó justificar la ilegalización de la marihuana en los EE.UU. O sea: La historia de cómo apareció la marihuana retratada en el cine, la televisión, la radio, la música y los diarios estadounidenses. O sea: La historia de los estrafalarios mitos, leyendas, exageraciones y mentiras que se construyeron alrededor de la marihuana. O sea: Una película clave (y tremendamente divertida) para entender el grado de manipulación al que hay que recurrir para defender medidas ridículas.

Fetishes: Cuarentones que fingen ser bebés (se ponen pañales y todo) y son castigados por sus amas… judíos que juegan a estar en campos de concentración y sufren las represalias de madamas disfrazadas de guardias nazis… Látigos, esposas, cuero, dominación, simulacros de violaciones… Hay fantasías para todos los gustos (para todos los gustos más o menos retorcidos, claro) en este documental sobre Pandora’s Box, un lujoso club de sadomasoquismo en Nueva York. Y hay un gran documentalista, Nick Broomfield, un gentleman británico, irónico e incisivo, que no se cansa de preguntar y de indagar sobre todas estas prácticas.

 

This Film is Not Yet Rated, Grass y Fetishes pueden verse online en Qubit.tv, los primeros dos, gratis.

¡A ver cortos animados!

Pixels

Los cortometrajes y los largometrajes suelen tener objetivos y búsquedas radicalmente diferentes. Uno de los motivos, probablemente el principal, es económico. Básicamente, en casi todas películas que se estrenan jueves a jueves en las salas comerciales trabajaron una infinidad de personas y se invirtió una infinidad de dinero. Es decir, hay mucho en juego, y el riesgo económico muchas veces es inversamente proporcional al riesgo cinematográfico. En criollo: nadie va a gastar 500 millones de dólares en un drama mudo de un chico con problemas que se hace amigo de una oveja o, al menos que se llame Walt Disney, en un proyecto experimental y semi-abstracto sobre la relación entre ritmo y color (¡Qué delirio Fantasía!). Obviamente, hay infinidad de excepciones, pero al cine comercial más grandote le gusta pisar sobre terreno firme, camina dando pasitos, se cuida de no romper nada, de no ofender mucho a nadie, de no pisar la línea amarilla, etc.

Pixels

En cambio, los cortometrajes (especialmente los animados, en donde se crea un universo de cero) suelen ser un terreno mucho más fértil para la exploración y para el riesgo. Más cerca de lo artesanal que de lo industrial, tienen una marcada tendencia a la experimentación: juegan con el encuadre, con el color, con la narración, con la construcción de los personajes, con el ritmo, con la plasticidad misma de la imagen, etc. Fíjense, por ejemplo, cuántos cortos animados son mudos o semi-mudos: los directores se empeñan en narrar (o en generar algún clima o en provocar alguna emoción) de la manera más “cinematográfica” posible, sin deberle nada a la palabra, intentando encontrar siempre la manera más original y visual de contar algo. En este sentido, el cortometraje está más cerca de ese “cine puro” por el que luchaban muchos teóricos y cineastas (Jean Epstein, Walter Ruttmann, Hans Richter…) en la década del veinte, hace ya casi 100 años, cuando el cine era un arte joven y las posibilidades parecían infinitas. En muchos de los cortos de animación todavía sobrevive ese espíritu de libertad.

En Qubit.tv tenemos cerca de 40 cortos animados. Te recomendamos empezar por los siguientes: Pixels, un merecido homenaje a las consolas de videojuegos de 8 bits; Babioles, algo así como una versión más extrema y chancha de Querida, encogí a los niños; Dix, la traducción visual de una horrible fobia mental… Ah, y ya que estamos, tres clásicos de la National Film Board of Canada, ese verdadero templo de la animación: Neighbors, del inoxidable Norman McLaren, The Cat Came Back, del siempre gracioso Cordell Barker, y En marchant, de Ryan Larkin, un verdadero fenómeno que hizo unos pocos cortos y después desapareció del mundo de la animación. ¿Quieren saber qué le pasó? Vean Ryan.

Lars von Trier: Sacudir el avispero

Lars Von Trier

¿Hay que tomarse en serio a Lars von Trier? A esta altura del partido, con más de veinte años de carrera y una docena de películas en su haber, está clarísimo que uno de los objetivos del director danés es el de provocar. La última y más resonante lars-von-triada de Lars von Trier tuvo lugar hace un poco más de un año, en el anteúltimo festival de Cannes. Allí, en medio de la conferencia de prensa tras la presentación de Melancholia, y a raíz de quién sabe qué, el danés no tuvo mejor idea que declarar que entendía y hasta simpatizaba con Hitler (o que sentía empatía, según la traducción). Cuando los periodistas y sus propios compañeros de Melancholia lo miraron un poco extrañados, Lars von Trier no supo cómo salir del berenjenal en el que se había metido, se fue enredando más y más en sus propias palabras y al final terminó declarando, seguramente en chiste: “¡Está bien, soy un nazi!”. Antes de terminar de pronunciar la frase, al pobre Lars ya le llovían cartas, notas, notificaciones y declaraciones de repudio de cuanto instituto contra la discriminación exista en el mundo. A dos centímetros estuvo de que lo declararan persona non grata de la vía láctea y lo mandaran a vivir a la galaxia de al lado.

Lars Von Trier

 

Nada de esto es sorprendente, si consideramos los antecedentes del director. Más de quince años antes de este incidente, en 1995, von Trier ya había causado cierto revuelo en el mundo del cine al publicar, junto con su amigo Thomas Vinterberg, el famoso “Dogma 95”. En este manifiesto los dos directores abogaban por un tipo de cine más “documentalista” que el que se estrenaba semana a semana: filmado en escenarios reales y no en sets, con luz natural, con cámara en mano y sonido directo, sin efectos ópticos ni filtros, etc. La idea, que en realidad no era nueva (John Cassavetes había hecho algo muy similar casi 40 años antes en EE.UU.), era realizar un cine menos artificial y rimbombante que el de Hollywood y, al menos teóricamente, más abocado a registrar las “vibraciones de lo real”. Por supuesto, Lars von Trier realizó una o dos películas así (la única que cumple a rajatabla con los preceptos del Dogma 95 es Los idiotas) y después volvió a hacer lo que hacía siempre: lo que quería. De hecho, Lars von Trier no se llamaba Lars von Trier sino Lars Trier. El “von” se lo agregó para “darse aires”, al igual que Erich von Stroheim.

Todos estos gestos y polémicas nos pueden parecer anecdóticos o simpáticos o irritantes (o las tres cosas a la vez), pero lo cierto es que es esta misma actitud la que le da vigor e intensidad a su cine. La personalidad desmesurada del director suele contagiarse a los personajes de sus películas… desde la abnegación, la entrega y el amor en estado puro de Emily Watson en Contra viento y marea hasta el extremismo del grupo de amigos de Los idiotas, que se hacen pasar por oligofrénicos como forma de rebelión o hastío ante una sociedad que rechazan. Asimismo, el director danés puede pasar del refinamiento visual en blanco y negro de Europa, una película que explora el deplorable estado (tanto material como moral) en el que quedó Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, a la crudeza salvaje y explícita de Los idiotas. Y hasta puede sorprender no siendo polémico, como en el caso de El jefe de todo esto, una simpática sátira sobre un jefe que hace todo cuanto está a su alcance para no dar la cara. “Una película tiene que ser como una piedra en el zapato”, declaró alguna vez Lars von Trier. Efectivamente, sacudir el avispero fue desde siempre el principio rector del director danés, y no está nada mal.

 

Te invitamos a que veas o reveas Contra viento y marea, Los idiotas, El jefe de todo esto y Europa en Qubit.tv y qué nos digas qué te parece el cine de Lars von Trier.

Terror Natural vs. Terror Sobrenatural

Terror

Terror

Supongamos que abrimos el ropero y nos encontramos con el fantasma de una chica asesinada. Tiene la mirada vacía, la piel verdosa y se le ven las marcas de los cuchillazos que pusieron fin a su vida. ¿Nuestra reacción? Seguramente peguemos un tremendo alarido. Ahora supongamos que abrimos ese mismo ropero pero en vez de un fantasma nos topamos con un asesino serial, grandote, enmascarado y cargando una motosierra. ¿La reacción variaría? Probablemente no: en este caso también pegaríamos un tremendo alarido. De hecho, si pudiéramos medir ambos gritos, seguramente nos encontraríamos con que ambos poseen exactamente la misma intensidad, volumen y duración. El pavor y el miedo serían prácticamente iguales. Sin embargo, estaríamos ante dos fenómenos radicalmente diferentes: uno natural (el asesino) y el otro sobrenatural (el fantasma).

De las muchísimas formas de dividir y catalogar el cine de terror, esta es una de las más habituales. El equipo del Terror Natural podría formar así: Al arco, Jack el Destripador; en la defensa, Tiburón, Piraña, Tarántula y Anaconda; en el mediocampo, la Esquizofrenia, la Paranoia y la Psicosis; arriba, Hannibal Lecter, el asesino del Zodiaco y Charles Manson. Son todos fenómenos, personajes y criaturas que pertenecen al orden de lo real. Existen, existieron o podrían haberlo hecho. El director técnico podría ser Sigmund Freud, consumado explorador de los impulsos, fantasías y miedos que anidan en nuestro interior y que pugnan por emerger. Por otro lado, el equipo del Terror Sobrenatural saldría a la cancha así: Al arco, Alien; abajo, Frankenstein, Drácula, el Hombre Lobo y La Momia; en el medio, Freddy Krueger, Carrie, La Cosa y el Bebé de Rosemary; arriba, La Mujer Pantera y alguno de los fantasmas de Amityville. Zombies, extraterrestres, poderes sobrenaturales, asesinos que atacan en pesadillas… Criaturas, fenómenos y personajes que exceden a lo real. El técnico, como no podría ser de otra manera, sería el Amo de lo Sobrenatural, el Señor Diablo.

Por supuesto, hay una gama intermedia de películas de terror que plantan su bandera en el terreno de la incertidumbre: están en ese límite difuso que separa lo natural de lo sobrenatural. ¿A esa nena realmente le están pasando cosas diabólicas o es todo culpa de esas pastillas que está tomando? ¿A esa estudiante de psicología la persiguen criaturas de la noche o es su propia psiquis que se está resquebrajando? El espectador se debate entre una explicación natural y una sobrenatural. Una cita del filósofo e historiador Todorov ilustra a la perfección esta ambigüedad: “En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablos, hadas, ni vampiros, se produce un acontecimiento imposible de explicar por las leyes de ese mismo mundo familiar. El que percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de la imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos. O bien el diablo es una ilusión, un ser imaginario, o bien existe realmente, como los demás seres, con la diferencia de que rara vez se lo encuentra. Lo fantástico tiene lugar en esta incertidumbre”. Obviamente, sería imposible armar un equipo del Terror Ambiguo: ¿Quién sabe para qué lado patearía cada jugador?

 

En Qubit.tv tenemos decenas de películas de terror. Te invitamos a verlas y a que nos digas qué tipo de terror preferís y por qué. Películas de Terror en Qubit.tv

¿Y a vos quién te llamó, futuro?

Películas Online

Películas online - ¿Y a vos quién te llamó, futuro?

En una época todo era más fácil. Uno iba al cine, elegía una de las películas en cartelera (o más de una, si era cine continuado), la veía y a otra cosa. Felizmente las cosas se fueron complicando a un ritmo estratosférico a medida que aparecieron, en orden cronológico: (a) los cineclubes, (b) los festivales de cine, (c) la televisión, (c) los reproductores hogareños, (d) Internet y el mundo de las películas online. Consideren, por ejemplo, cuántas películas podía ver una persona por año en 1920 y cuántas ahora. No, mejor: Consideren cuántas películas se perdía una persona en 1920 y cuántas ahora. El menú de opciones se amplió exponencialmente, llegando a límites salvajes. Sin exagerar mucho, se puede decir que prácticamente toda la historia del cine está al alcance de un click.

¿Esto quiere decir que estamos en el paraíso cinéfilo? No del todo. En las salas de cine, el mejor lugar para ver… bueno, cine… el panorama no es tan alentador. Además de ser cada vez más caro, lo que puede verse no es variado bajo ningún criterio, ni estético, ni geográfico, ni temático, ni ningún otro que se nos ocurra. En relación al número de películas que se filman por año, podemos ver en pantalla grande un porcentaje realmente ínfimo. Los festivales de cine y los cineclubes ayudan a paliar la situación, pero tampoco pueden hacer magia. De modo que muchas películas, por no decir la mayoría, solo pueden verse en pantallas de televisión o computadora. Lo cual tampoco es tan grave, considerando que los formatos hogareños se ven y escuchan cada vez mejor. Lo cierto es que, lo queramos o no, nos guste o no, lo hayamos previsto o nos haya tomado por sorpresa, en la actualidad este es el modo de consumo más extendido y no parece que vaya a cambiar en un futuro cercano.

[gn_quote style=”1″] ¿Esto quiere decir que estamos en el paraíso cinéfilo? No del todo. En las salas de cine, el mejor lugar para ver… bueno, cine… el panorama no es tan alentador. Además de ser cada vez más caro, lo que puede verse no es variado bajo ningún criterio, ni estético, ni geográfico, ni temático, ni ningún otro que se nos ocurra. [/gn_quote]

Paralelamente, y a raíz de estos cambios, los espectadores actuales están en un estado de mutación constante. Si en una época remota la gente iba al cine, veía lo que había y volvía a su casa, en las últimas décadas empezaron a aparecer nuevos tipos de espectadores. Está el público más “festivalero”, el  público de televisión por cable o satelital, el público que solo ve series, el público de DVDs o Blurays, el público cibernauta… Algunos son muy proactivos y se mueven como pez en el agua en este nuevo panorama: buscan lo que quieren ver y van y lo ven. Pero hay muchos otros que están un poco a la deriva, en un limbo: por ejemplo, se sientan frente a una computadora y se paralizan. No saben dónde buscar o ver películas online, o no saben dónde conseguir subtítulos, o cómo usarlos, o se bajan una película para chicos y termina siendo una pornográfica (¡pasa!), o cualquier otro “o” que a uno se le ocurra, porque en muchos aspectos y para mucha gente Internet es una verdadera selva. Pero además de este aspecto más técnico, está el tema de la cantidad, que de tan grande puede marear: ¿Qué ver? ¿A quién hacerle caso? ¿Vale la pena arriesgarse con esa película experimental checa sobre amebas? ¿Es garantía de algo que una película haya estado en 73 festivales? ¿O que la hayan visto 300 trillones de personas? Hay muchísimas películas para descargar o ver online, sí, pero no siempre sabemos qué.

Por eso, la máxima aspiración de este blog es convertirse en una especie de brújula (o, más acorde con estos tiempos, un GPS) más o menos confiable, más o menos interesante, que ayude a recorrer los cada vez más inciertos territorios del cine. La idea es recomendar y proponer y hablar y pelearnos y discutir sobre las películas para ver online que tenemos en  Qubit.tv y de esa forma recuperar, al menos un poco, eso que se pierde cuando uno ve una película desde su sillón y no desde una butaca: la dimensión más social y colectiva del cine. Ojalá nos acompañen.