5 Sci-fi para ver en Qubit

encuentr

 

 

Hay géneros que de tan codificados demandan una especial atención del espectador. El western, el musical, el terror y la ciencia ficción son algunos de ellos. Asi y todo, el último de esta tanda se destaca por películas que, ya sea por su éxito de taquilla o por su anonimato, terminaron relegadas al olvido. Intentemos recuperar algunas de estas glorias y veamos por qué es una gran cita dedicarles algo de tiempo en un fin de semana lluvioso.

 

 

Encuentros cercanos del tercer tipo (Steven Spielberg, 1977)

Acaso estemos frente a una de las películas más mencionadas por la cinefilia popular pero a la vez de las menos vistas y/o revisitadas de la filmografía de Steven Spielberg. No solo se trata de una obra maestra, sino también una de las primeras películas que supo condensar el cambio de coordenadas definitivo que la ciencia ficción de los setenta y ochenta propondrían a lo que había sido la tradición dominante en el imaginario del género, como lo fue la ciencia ficción paranoica y conspirativa. Detrás de dos tercios  de película donde nos metemos en un thriller de abducciones y conspiraciones gubernamentales, en realidad nos encontramos con una película de contacto pacífico (algo que profundizaría con E.T. , un par de años después). Si no la vieron nunca, aquí está la chance. Y si la vieron hace mucho y la habían olvidado, reconciliense con ella.

 

 

El enigma de otro mundo (John Carpenter, 1982)

Uno de los pocos y grandes casos en donde la remake no solo es superior a la original sino que se convierte en una obra maestra absoluta y en expresion personal de la obra de un director ahí donde pudo haberse interpretado –apresuradamente- un encargo comercial. El cine de John Carpenter -como bien sabemos un anarquista iconoclasta- es un espacio de combinación de las mejores tradiciones narrativas del periodo clásico. Por eso no es casual que, releyendo al clásico de 1951,Carpenter haya obtenido el resultado perfecto: reelaborando la paranoia de la película original -que ponía el el centro una de las obsesiones de la ciencia ficción, el problema de la identidad en relación a la comunidad de pertenencia- lograba que, lo que en la versión de 1951 era defensa y abroquelamiento frente a la invasión, en la versión de 1982 sea lisa y llanamente un proceso autodestructivo. Película tersa y económica en sus recursos pero de una potencia descomunal, El enigma de otro mundo es uno de los puntos más altos del cine de Carpenter y del género todo.

 

 

RoboCop (Paul Verhoeven, 1987)

Paul Verhoeven es uno de esos directores imprevisibles, tirabombas, dedicados a subvertir todos los órdenes morales de los mundos que cuenta. Pero lo hace desde el interior, con la capacidad de hacernos creer que estamos ante un relato de género más.

Robocop no solo es una gran película de ciencia ficción que cumple con casi todos los parámetros que el género pide, pero a eso le suma un grado de violencia en la puesta en escena que el cine estadounidense de los ochenta había preferido evitarse, mezclando policial con CF obsesionada con el cuerpo (un policía acribillado luego de una redada es reconstruido casi íntegramente como una máquina y debe lidiar con ello). Por eso, cuando vemos que todavía existen algunos salvajes que entienden que las películas también deben vibrar de emoción violenta, es imposible olvidarse de Verhoeven. Lamentablemente su carrera posterior, por más que contara con algunos éxitos de taquilla, fue incomprendida y su trabajo fue relegado al olvido poco a poco. Buena es entonces la oportunidad de recordar a este director holandés, que por un par de lustros supo tener a Hollywood en sus manos.

 

 

eXistenZ (David Cronenberg, 1999)

Cronenberg sabe más por viejo que por diablo. eXiztenZ propone una de sus películas más endiabladas y hábiles en ese truco de entrar y salir de un sistema de representaciones donde real e imaginario se pierden y se confunden entre sí. Ya lo había hecho con Videodrome y con Naked lunch, pero aquí llevó el asunto a un límite mucho más extraño y dificultoso, porque la puesta en abismo que propone la película (un juego dentro de otro que está dentro de otro y en medio de todo eso algo o nada parecido a lo que llamamos realidad) es apenas el punto de partida. El resultado, un pozo sin fondo, es fascinante. Además la película es una perfecta muestra del cine de Cronenberg para quienes no lo conocen y quieren adentrarse por primera vez en esas aguas procelosas.

 

 

A.I., inteligencia artificial (Steven Spielberg, 2001)

Pocos casos hay en la historia del cine en donde dos visiones opuestas (la frialdad de Kubrick, quien había comenzado a desarrollar el proyecto antes de su fallecimiento y la empatía de la mirada del mundo infantil de Spielberg) hayan complementado un experimento tan perfecto. El caso de A.I. supone la mezcla de una fábula de cuento de hadas con el hiperracionalismo de la ciencia ficción más dura. El resultado es el de una película helada pero con un corazón grande como una casa, algo coherente con la historia de un robot que es adoptado para ser el hijo de una familia sin hijos (o mejor dicho con un hijo en coma) pero que luego será abandonado a su suerte en un mundo en donde los robots sin dueño son sometidos a la caza y exterminio. Acaso su final sea uno de los más emocionantes y desoladores de la historia del cine.

 

Victoria, paranoia y Berlín

Sin-título-1

 

Llama poderosamente la atención que un film del calibre de Victoria no haya tenido mayor repercusión que algunos premios menores en su país de origen, Alemania, luego de su estreno en febrero de 2015. En Argentina, la última película del actor y cineasta alemán Sebastian Schipper, se estrenó en la competencia Vanguardia y Género del 17º BAFICI y hoy felizmente ya fue incorporada al catálogo de Qubit, pocos meses después de su estreno comercial en salas, en octubre de 2015.

 

Cualquier ser humano racional con una pizca de sensibilidad estética no puede dejar de apreciar sus méritos. El film consta de un sólo plano secuencia durante sus casi dos horas y media de vida. Sin embargo Victoria es una gran película no sólo por su innegable proeza técnica, sino además por su sorprendente precisión para manejar los climas sumamente versátiles que la animan. Esto último, en gran parte mérito de la preciosa interpretación de su protagonista, la joven actriz española Laia Costa, y del impecable trabajo de su camarógrafo y director de fotografía Sturla Brandth Grøvlen.

 

Victoria es una gran película no sólo por su innegable proeza técnica, sino además por su sorprendente precisión para manejar los climas sumamente versátiles que la animan.

 

Lejos de intentar seducirnos con impactantes vueltas de tuerca, el film alemán, cuyo guión apenas superó las diez páginas, trabaja el suspenso por intensidades a través del cuerpo de sus actores. Con personajes sombríos y enigmáticos, en el estupendo marco escenográfico que provee la imponente Berlín, su misterio se desdobla poco a poco en secuencias de una desesperante cotidianidad nocturna al borde del colapso. De ésta manera, Schipper logra sostener la tensión hasta el final. Y todo sin depender de elementos externos que por regla general frustran el curso natural de la acción, ésto es, su duración. El film no necesita de música incidental (los momentos selectos en los que apela a ella su función resulta más bien atmosférica) ni de artilugios de montaje para enfatizar los acontecimientos. En Victoria los elementos fluyen y colisionan por peso propio.

 

La interpretación de la joven Laia Costa merece un párrafo aparte. Sin haber representado grandes papeles en su incipiente carrera, su impronta en Victoria es deslumbrante y durante toda la película su personaje constituye el vehículo de la paranoia que se respira como azufre. Remanso y abismo, la joven española nos arrastra por una corriente de indeterminación donde los roles de víctima y cómplice se intercambian al infinito.

 

Si bien lleva el nombre de su protagonista, Victoria no es un “boy meets girl” devenido thriller, tampoco es un mero raconto de las experiencias fatídicas de una noche de juerga, ni las desventuras de una chica solitaria en una tierra desconocida. Con todo, el film de Schipper es también el retrato de una criatura desde sus mismas entrañas. La criatura en cuestión es de cemento y se llama Berlín, que mágica y embustera, gruñe y reclama su papel protagónico desde el inicio. Porque más allá de la historia que viven sus personajes, Victoria es un film generacional. Imagen viva de una ciudad y de las personas que la habitan desde la perspectiva de quien conoce a la perfección sus parajes más recónditos y oscuros.

 

Con la arriesgada Victoria, Schipper (si no lo conocés lo podés ver en su faceta actoral como protagonista en el drama ‘Tres’ de Tom Tykwer, también disponible en Qubit) logra inscribirse como autor en nuestra siempre cambiante nueva era del cine marcada por la irrupción del digital, que ya domina la escena contemporánea. Contra todos los nostálgicos y pesimistas que predican el fin de un arte que apenas cuenta con poco más de cien años de edad, Victoria colabora con estilo y virtuosismo en la convicción de que nuestro querido séptimo arte está más vivo que nunca. Gracias a las nuevas tecnologías que facilitan la producción de películas independientes (y su posterior exhibición en múltiples medios), podemos disfrutar cada vez más de un cine diferente. Un cine vivo y osado que no debe rendir cuentas a nadie. Capaz de crear monstruos sin efectos especiales, capaz de conmover y seducir sin artimañas. En resumidas cuentas, un cine que no pretende decirnos cómo debe ser el mundo ni cómo debemos comportarnos frente a él. Por el contrario, abrazamos este cine que nos pone cara a cara con un recorte del mundo, rostro esquivo y muchas veces incómodo, pero decidido a librar la batalla por nuevos horizontes estéticos.

 

Notas relacionadas:

Joven y bella 

El amante 

La vida de adele 

Scorsese + Stones = una fórmula infalible

rolling

 

Febrero de 2016 será recordado como ‘el mes Stone’. En él, coincidieron dos eventos de extrema relevancia para los amantes del buen rock y el mejor cine: la llegada de la banda liderada por Mick Jagger a la Argentina -como parte de su Olé! Latin American Tour-, y el estreno de la serie de HBO, Vinyl, creada y producida por el propio Jagger, en compañía de uno de sus más cercanos y viejos aliados: Martin Scorsese.

 

El famoso director tiene una íntima relación con los Rolling Stones que se remonta hacia comienzos de los setenta, esa inolvidable época musical que aparece tan excelentemente representada en la serie Vinyl. Los Stones musicalizaron algunas de las mejores secuencias de la filmografía de Scorsese, entre ellas la grandiosa entrada de Johnny Boy -interpretado por Robert De Niro- a un bar, al ritmo de Jumpin’ Jack Flash en la genial Calles Salvajes. Imposible evitar mencionar también las tres instancias en que el director neoyorkino implementó Gimme Shelter -dicho sea de paso, uno de los momentos más memorables de los increíbles recitales que los Stones dieron en el Estadio Único de La Plata- en tres de las mejores películas de su obra: Casino, Buenos Muchachos y Los Infiltrados.

 

“El famoso director tiene una íntima relación con los Rolling Stones que se remonta hacia comienzos de los setenta, esa inolvidable época musical que aparece tan excelentemente representada en la serie Vinyl.”

 

Asimismo, cómo olvidar el excitante y emotivo documental que fue Shine A Light, film que Scorsese rodó en el 2008 sobre los conciertos que Keith Richards y compañía dieron en el Beacon Theatre. El film recrea un recital como nunca antes fue visto, teletransportando al espectador a dicho tiempo y lugar, sin que sea consciente de dicho viaje, ya que se está dejando llevar por el rock en su estado más puro y las deslumbrantes imágenes que sólo un director como Scorsese puede orquestar para inmortalizarlo.

 

Similarmente sucede en la más reciente creación del director de Taxi Driver. La serie Vinyl -escrita también por Terence Winter, responsable del anterior proyecto televisivo de Scorsese: Boardwalk Empire– es un adrenalínico viaje a una de las mejores décadas de la música. Desde su capítulo piloto de casi dos horas -dirigido por el propio Scorsese- suenan Led Zeppelin, Bo Diddley, Black Sabbath, James Brown y Chuck Berry, en lo que promete ser LA serie del rock n’ roll. Algunos críticos ya la llaman ‘la Game of Thrones de la música’.

 

Habiendo vivido en carne propia aquella década de drogas, sexo y rock, Scorsese nos regala un producto televisivo sin igual, protagonizado por el brillante y subvalorado Bobby Cannavale, junto a la hermosa Olivia Wilde como su esposa, James ‘el hijo de Mick’ Jagger como el líder incorregible de una banda punk y Ray Romano, quien se destaca en un registro muy diferente al de Everybody Loves Raymond, sitcom que marcó su carrera.

 

Para concluir, resulta irrefutable decir que cada vez que Martin Scorsese y los Rolling Stones se reúnen, nace un producto cinematográfico sin igual. Ambos representan al cine y a la música en su máxima expresión. Su último encuentro en la serie Vinyl, no escapa la regla: la misma es el imperdible fruto de la comunión entre un autor y una banda cuyas vidas, carreras y obra fueron cortadas con la misma tijera: el rock.

 

 

No dejes de disfrutar en Qubit de Shine a Light y otros grandes hitos de la filmografía de Martin Scorsese como Buenos Muchachos, Casino, Los infiltrados, La isla siniestra, Pandillas de Nueva York, La invención de Hugo Cabret y El Aviador, entre otros.

 

Notas relacionadas:

SECUELA: LA EPIDEMIA DE LA COMEDIA NORTEAMERICANA

TRES DEL PRIMO VINNY

THE HATEFUL OSCARS: SOBRE TARANTINO Y EL PREMIO DE LA ACADEMIA

 

Secuela: la epidemia de la comedia norteamericana

zoolander2

 

Luego de una espera de exactamente quince años, finalmente ha regresado a la pantalla grande el modelo más estúpido y gracioso del mundo: Derek Zoolander. Sin embargo, dicho regreso (nuevamente dirigido y protagonizado por Ben Stiller) no sólo no está a la altura del film original, sino que -al igual que la gran mayoría de las secuelas cómicas del último tiempo- deja en el espectador una sensación cercana a la decepción.

 

Uno podría preguntarse si dicho fenómeno aplica exclusivamente a Zoolander 2, sin embargo, como dijo un espectador conformista a la salida de una función de dicho film: “Está bien, es una secuela. ¿Qué podés esperar de una secuela? Nunca son buenas!”. Dejando de lado el fatalismo de dicha cita, creo que a pesar de ello, dicho espectador tiene cierto grado de razón, ya que si bien su declaración no aplica para grandes films como El Padrino II, Shrek 2, El Imperio Contraataca y The Raid 2: Berendal (por citar tan sólo un par de diversos ejemplos); sí aplica para la comedia norteamericana actual.

 

En Hollywood nadie está a salvo de una secuela. Ni siquiera el clásico ochentoso Top Gun, cuyo proyecto de continuación fue suspendido tras la muerte de su director Tony Scott, para luego ser reanudado al poco tiempo por el propio Tom Cruise. Nadie está a salvo de las secuelas. Menos aún la exitosa y popular comedia norteamericana. En el último tiempo se han producido, casi mecánicamente, secuelas innecesarias (muy pocas veces lo son) de grandes comedias de culto. Entre ellas, Anchorman: La leyenda de Ron Burgundy, Tonto y Retonto y Zoolander, en tan sólo los últimos tres años.

 

“Nadie está a salvo de las secuelas. Menos aún la exitosa y popular comedia norteamericana.”

 

El problema de dichas secuelas es que, en su intento por agradar al público y recordarle lo genial que fue el film original, terminan replicando aspectos superficiales de éste último, en lugar de ofrecer un producto nuevo, original y entretenido que mantenga su esencia, la cual parecen perder de vista. Los guionistas y directores caen entonces en un burdo ‘copy-paste’ de aquellos chistes, momentos, secuencias o incluso tramas que funcionaron originalmente e intentan incorporarlos -forzosa e incorrectamente- en las secuelas de estos films. Teniendo la oportunidad de revisitar, casi veinte años después, a un querido y recordado personaje, trayéndolo a la actualidad, obligándolo a adaptarse a este mundo tan distinto y dándonos a conocer aspectos de su vida aún no explorados, Hollywood en cambio decide facilitar su propio trabajo y meramente ‘refritar’ aquellas geniales comedias de los noventa y principios de los 2000.

 

He allí la razón por la que salimos decepcionados de la sala luego de ver alguno de los films mencionados: en su intento por replicar ‘lo gracioso y memorable’ de las películas originales, los realizadores nos regalan una versión mediocre y actualizada de esas joyas cinematográficas, ahora transformadas en secuelas predecibles, facilistas e intrascendentes. Todo lo contrario a lo que fueron los films que las originaron.

 

Ese es el caso de Zoolander 2, donde obviamente, uno como espectador no puede evitar reírse con la imbecilidad de Ben Stiller, el carisma de Owen Wilson o el legendario Mugatu de Will Ferrell, quien se roba cada escena desde que aparece (bastante tarde) en el film. Pero dicha risa no es una carcajada, es una simple sonrisa nostálgica que nos recuerda todo aquello que era el film original y que la secuela no llega a ser. El mayor ejemplo de este fenómeno es la odiosa secuela de ¿Qué pasó ayer? en la cual parece que su director -Todd Phillips- tan sólo se tomó el trabajo de cambiar el escenario del film, pasando de Las Vegas a Bangkok, dejando intacto absolutamente el resto de la estructura del film.

 

En el caso de Zoolander 2, el film no llega a dicho extremo -gracias a Dios- sin embargo, el film no puede evitar caer en la repetición de la inolvidable secuencia del orange mocha frappuccino, la orgía, los innumerables cameos, el café caliente de Mugatu, ‘el momento Bowie’ y muchos más; haciendo que el espectador pueda anticipar casi todos los chistes del film -como sucedía también en la secuela de Anchorman pero no tanto en Tonto y retonto 2, donde Jim Carrey y Jeff Daniels salieron apenas más airosos que el famoso grupo de periodistas del Canal 5.

 

Donde mejor funciona el nuevo film de Derek y Hansel es cuando los guionistas deciden dejar de lado, tan sólo por unos instantes, al film del 2001 e intentan innovar con ricos e inesperados chistes, que funcionan y son gratamente bienvenidos. Lamentablemente, dichos momentos están lejos de ser la totalidad de la película. Una película que -al igual que su antecesora- se propone parodiar y ridiculizar al superficial y banal mundo del modelaje, pero que a diferencia de aquella, aquí la película se vuelve exactamente aquello que se propone criticar.

 

Ojala algún día, Hollywood abandone este modus operandi, mecánico e industrial, de producir secuelas insignificantes e intente -en cambio- dejarnos sorprender por nuevos personajes, tramas y momentos irrisorios que, sin desprenderse del film original, puedan prescindir de depender exclusivamente de él para hacernos reír.

 

No dejes de ver en Qubit algunas de las excelentes películas aquí mencionadas: Zoolander, El reportero: La leyenda de Ron Burgundy y Tonto y Retonto.

 

 

 

The Hateful Oscars: sobre Tarantino y el premio de la Academia

nota

La semana pasada ocurrieron dos eventos de gran relevancia para el mundo cinematográfico: por un lado, el estreno en la Argentina de la nueva película de Quentin Tarantino, “The Hateful Eight”; y por el otro, el anuncio de los films nominados para la 88va edición de los premios de la Academia de Cine de Estados Unidos, los Academy Awards, popularmente conocidos como ‘los Oscars’.

 

En ediciones anteriores, tanto “Bastardos sin gloria” como “Django sin cadenas” -los últimos films del director- fueron nominados en varias de las categorías más prestigiosas de la ceremonia. En el caso del primero, “Bastardos…” obtuvo ocho nominaciones -entre ellas Mejor película, guión y director- de las cuales sólo sería premiado por una de ellas: mejor actor de reparto para Christoph Waltz. Similarmente, el western protagonizado por Jamie Foxx estuvo nominado en cinco categorías, nuevamente para mejor película y mejor guión pero sorprendentemente no para mejor dirección. A pesar de ello, Quentin se llevó a casa su segundo oscar a mejor guión original, al igual que Waltz, quien fue galardonado por segundo vez en la misma categoría actoral.

 

Con dichos antecedentes y la enorme expectativa generada por el estreno de “The Hateful Eight”, resultaba altamente predecible que la octava película de Quentin Tarantino estaría entre las mejores películas del año, el día jueves 14 de enero cuando las nominaciones de los Oscars fueron anunciadas. He allí la amarga sorpresa que se llevó el mundo cinéfilo cuando el film recibió tan sólo tres nominaciones, ninguna de ellas siendo de las categorías troncales de la ceremonia: mejor banda sonora, fotografía y actriz de reparto.

 

En una primer instancia -e inocentemente- pensamos: ‘tal vez el film no esté a la altura de los anteriores del director y por ello no fue nominado’. Un razonamiento totalmente lógico, sin embargo, la realidad no puede estar más alejada de él. Tras un primer visionado, uno se percata que “The Hateful Eight” es uno de los mejores films realizados por Tarantino. Es una magnífica experiencia cinematográfica donde el director despliega su característico talento para escribir diálogos y su enorme capacidad para dirigir actores -para quienes aún no lo vieron, el film es un espectáculo casi teatral, claustrofóbico y visceral, de casi tres horas sobre un grupo de despreciables personajes encerrados en una cabaña en medio de una peligrosa tormenta.

 

“The Hateful Eight es uno de los mejores films realizados por Tarantino.”

 

Entonces, si este genial film que referencia grandes clásicos como “El Gran Silencio” de Corbucci, “8 a la deriva” de Hitchcock, y hasta “La Cosa” de Carpenter (de la cual incluso toma prestada una canción, también compuesta por Morricone), no fue nominado en las categorías ‘pesadas’ de los Oscars, la razón debe residir en otro lugar. Consecuentemente, podríamos elaborar como segunda hipótesis, que “The Hateful Eight” no fue incluida entre las nominadas a dichos premios ya que hay ‘mejores’ competidoras para los mismos.

 

Nuevamente, dicha hipótesis es errónea, ya que nos encontramos ante un ente que premia films en base a la votación de miles de personas que parecen votar sin haberlos visto o, peor aún, habiéndolos visto y teniendo entonces un pésimo criterio para juzgarlos. Algunos ejemplos históricos me ayudarán a explicar este punto. La Academia de Cine es aquella que decidió que Al Pacino no merecía una nominación como mejor actor por “Scarface”; la misma academia que decidió que la mejor película de 1999 era la detestable “Shakespeare Apasionado” en lugar del adrenalínico retrato de la Segunda Guerra Mundial que fue “Rescatando al Soldado Ryan”. Esa misma institución que nos quiso hacer creer que “Gravedad” fue una buena película o que la efectista “Birdman” merecía ganar por sobre la excelente “Boyhood” o incluso, que Aaron Sorkin no es merecedor de una nominación por su guión de “Steve Jobs”, probablemente uno de los mejores biopics jamás escritos.

Teniendo esto en cuenta, no debería sorprendernos que la última obra maestra del director de “Kill Bill” haya sido ignorada por dicha institución, que en cambio eligió films como la condescendiente y aburrida “La Gran Apuesta” o porqué no, películas como “Mad Max” y “The Martian”, que son buenos films pero que no están a la altura de algunos de los excluídos de este año, como “The Hateful Eight”, “Sicario” de Denis Villeneuve, “Beasts of no nation” de Cary Fukunaga o incluso, “Ex Machina”, del opera primista Alex Garland.

 

Entonces, ¿por qué es que nos indigna que este brillante film se haya quedado afuera del premio más prestigioso de Hollywood? Porque justamente, desde pequeños la meca del cine norteamericano nos ha invitado a creer en el final feliz y en que los buenos siempre ganan. Pero, al igual que las películas, eso es una construcción, es falso, irreal. Sin caer en el facilista “está todo arreglado”, no debemos dejarnos engañar por esta institución humana e imperfecta que pretende defender el mejor cine -ese que lleva a cabo Quentin Tarantino- pero que en cambio, premia lo etéreo, lo olvidable y lo tibio del cine actual. Todo aquello que “The Hateful Eight” no es. Siendo así, Tarantino debería sentirse orgulloso de no estar nominado, llevando entonces su ausencia en las categorías de mejor director, guionista y mejor película, no como una mancha sino como una medalla de honor en su impecable carrera cinematográfica.

 

Disfrutá de su brillante filmografia en Qubit.tv: Perros de la calle, Tiempos violentos, Jackie Brown, Kill Bill Vol 1, Kill Bill, la venganza: Volumen II, Bastardos sin gloria.

 

Notas relacionadas:

Adiós, Snape

10447395_1519735564911827_2428450607922225542_n

 

Muere a los 69 años el actor que dio vida a Snape en Harry Potter.

 

El actor y director británico Alan Rickman, una de las figuras más importantes del cine del Reino Unido, ha muerto este jueves a raíz de un cáncer que padecía hace tiempo. Rickman hizo cine, teatro y televisión y llevaba trabajando en el rubro hacía más de 30 años.

 

A lo largo de su carrera, actuó en más de 40 películas y numerosas obras teatrales. Ganó un Globo de Oro, por su papel en la miniserie de televisión “Rasputín”, y un premio BAFTA, el Óscar británico, por su interpretación del sheriff de Nottingham en “Robin Hood”.

 

Interpretó extraordinariamente a personajes como Hans Gruber, en la primera Duro de matar (1988); al profesor Snape en las películas de Harry Potter (2001-2011); y al Colonel Brandon en Sensatez y sentimientos (1995), protagonizada por Emma Thompson y Kate Winslet.

 

Alan hará su ultima aparición y se despide de la pantalla grande en Alicia a través del espejo, en donde se ocupará de encarnar a la Oruga. Éste último film tiene fecha de estreno el 26 de mayo próximo.

 

En Qubit.tv te invitamos a recordar a este gran actor viendo Guerra de vinos, Héroes fuera de órbita, Amores en la nieve y Sensatez y sentimientos.

 

 

 

 

 

 

Unidad básica

zoolan

 

Es difícil explicar la magia de los dúos cómicos. Cuando se produce la chispa, de pronto descubrimos algo nuevo, que es mucho más que la suma de las partes. No se trata (no alcanza) con juntar dos buenos comediantes (o, en otra variante más clásica, un comediante y un actor serio) para que se produzca: la yuxtaposición de los talentos no garantiza el dúo. El dúo se produce por otro lado, por otras cosas. Hay algo en la relación, en la interacción, en el intercambio de frases, de gestos, de algo que no se explica. El dúo es una unidad fundamental de la comedia.

 

“Es difícil explicar la magia de los dúos cómicos. Cuando se produce la chispa, de pronto descubrimos algo nuevo, que es mucho más que la suma de las partes.”

 

Ben Stiller y Owen Wilson trabajan en varias películas juntos. Coinciden, por ejemplo, en Los excéntricos Tenembaum y en la serie de La familia de mi novia. Pero su primer verdadero trabajo como dúo se da en la gloriosa Zoolander: dirigida y (en sentido estricto) protagonizada por Ben Stiller, la película alcanza sus momentos más altos como vehículo de esta nueva pareja del cine. Después de Zoolander, Stiller y Wilson volvieron a protagonizar otra película, la injustamente olvidada Starsky y Hutch, dirigida por Todd Phillips (quien luego filmaría las hermosas ¿Qué pasó ayer? y Todo un parto). Y trabajaron otra vez juntos en la serie de Una noche en el museo, con Wilson en un papel muy secundario y deslucido por la falta de interacción real (efectos especiales mediante) entre Stiller y Wilson. La magia y el culto alrededor de Zoolander hicieron que 15 años después de su estreno esté a punto de estrenarse Zoolander 2, un tiempo entre secuelas apenas superado por El padrino.

 

Owen Wilson nace al cine dentro de un dúo: el que forma con su hermano Luke en Bottle Rocket (primera película también de Wes Anderson) y una y otra vez a lo largo de su carrera ha compuesto diferentes parejas cómicas. Algunas más improbables (como la que formó con Jackie Chan), otras un poco más chatas (sus trabajos con Vince Vaughn), Wilson forma parte de esos actores generosos, colaborativos, que saben entregarse a una película sin buscar un protagonismo llamativo (como, por ejemplo, en esa maravilla que no nos cansaremos de elogiar: How do you know). No exento de cierta melancolía (inevitable en las películas de Wes Anderson), con el correr de su carrera Wilson también ha protagonizado diferentes películas de diferentes tonos (como las recientes Terapia de Broadway, Sin escape, Medianoche en París, Vicio propio).

 

Ben Stiller (hijo de comediantes) formó en cine desde muy temprano una carrera más variada y oscura, no solo por haber trabajado como director, sino por el tono de muchas de sus películas (su primera película como director, Generación X, estaba lejos de la comedia), que muchas veces se acercan al cine independiente (sus trabajos con Noah Baumbach) y la mayoría se sumergen sin dobleces en el mainstream más llano (desde voces de animación hasta secuelas innecesarias de uno de sus primeros éxitos, La familia de mi novia). Stiller puede y busca ser una figura levemente obsesiva, escondida, con por lo menos una nota de seriedad.

 

Su perfil de comediante nunca brilló tanto (y con tanta alegría) como en Zoolander. Y una pieza clave de esa alegría es la presencia de Wilson, un actor que porta su sonrisa con felicidad, que nunca tiene pruritos para entregarse plenamente al papel que está haciendo. La levedad de Wilson como Hansel y la libertad que se permite Stiller como Zoolander son lo que terminan por componer esa hermosa pareja del cine feliz.

 

Notas relacionadas:

. Comedias coloridas

 

 

Celebrities pinchadas contra un tablero

polvode

 

Nobleza obliga: hace un tiempo despotricábamos contra David Cronenberg en este blog. En los último años el canadiense pareció agotar su veta creativa, como si estuviera a punto de quedarse sin cuerda. Pero los maestros son así, de golpe se iluminan y sacan de la galera una joyita como Polvo de estrellas (Maps to the Stars, 2014) y hay que rendirse a la evidencia: otros casos parecidos son los de Scorsese con El lobo de Wall Street y, un poco menos, Woody Allen con Blue Jasmine.  Esto no significa que súbitamente hayan reencontrado la buena senda (de hecho, Woody Allen hizo enseguida otro de sus engendros turísticos) pero bueno, la esperanza nunca se pierde.

 

“Los maestros son así, de golpe se iluminan y sacan de la galera una joyita como Polvo de estrellas y hay que rendirse a la evidencia: otros casos parecidos son los de Scorsese con El lobo de Wall Street y, un poco menos, Woody Allen con Blue Jasmine.”

 

Polvo de estrellas no obtuvo ninguna nominación al Oscar este año, una injusticia que se potencia por el hecho de los premios se los haya llevado Birdman, otra película sobre el ego de los actores que, la verdad, no merece ni compartir párrafo con ésta. Pero era obvio que la “Academia” no iba a festejar una comedia negrísima que le pega a Hollywood donde más le duele, como no se veía por lo menos desde la noventosa y multitudinaria The Player de Robert Altman. En realidad, la ferocidad que late bajo la mirada de entomólogo de Cronenberg recuerda, más que a otras películas sobre el cine, al vitriolo con que éste suele mirar a la televisión: por ejemplo en Primicia mortal (Nightcrawler), otra película de 2014 que no ganó ningún Oscar y que haría un interesante doble programa con Polvo de estrellas.

 

La película funciona como un mosaico de personajes cuyas relaciones se van develando gradualmente, y deriva entre la sátira de la vida actoral –ahí está Julianne Moore como una actriz “un poco vieja” sucumbiendo a su neurosis– y otro tono más oscuro, relacionado con la familia del “gurú” que interpreta John Cusack. Conforme pasamos de una historia a otra, Cronenberg circula con fluidez entre ambos tonos y así como deja a los actores más experimentados expresar sus conflictos, dirigiéndose más o menos ellos mismos –Moore entrega una composición soberbia en su patetismo–, maneja a los más jóvenes con ese estilo inexpresivo, casi recitado, que patentara en sus films de género.  Esto no resulta una desventaja, como sí lo era por ejemplo en Cosmópolis, sino que añade un plus siniestro a un guión de por sí retorcido, cortesía de Bruce Wagner (un ex discípulo de Castaneda que escribiera en los ochenta Escenas de la lucha de sexos en Beverly Hills, de Paul Bartel). En particular hay un niño actor descarriado –quizá inspirado en Macaulay Culkin– que se mueve en este registro y cuyas intervenciones hielan la sangre. Debajo de la burla a Hollywood corre una historia de fantasmas… y algunos de ellos son los propios personajes, que la cámara observa como si fueran mariposas pinchadas en un tablero.

 

No conviene adelantar mucho más, pero a medida que el film se acerca a su conclusión se hace evidente que Cronenberg ha vuelto a la senda que había abandonado hace más de una década, quizá buscando otra clase de público; y así no sólo ha recuperado carácter, sino que ha realizado su mejor película desde Festín desnudo. Es que Polvo de estrellas es en realidad un proyecto que llevaba años en el cajón; dicen que la luz verde llegó finalmente al abrochar en el reparto a Robert Pattinson, esa especie de Diego Ramos “de allá” cuya fantasmal expresividad fue ampliamente conocida en la saga de Crepúsculo. Dado que uno de los temas de Polvo de estrellas es la diferencia entre éxito y talento, que Pattinson haya hecho posible esta película sería la ironía suprema, suerte de revancha de un Hollywood que estaba a punto de ser apuñalado por la espalda.

 

 

Joven y bella

joven-y

 

Uno puede temblar ante el nombre de François Ozon, sobre todo de miedo, porque además de películas buenas y dignas como Bajo la arena o La piscina llevan su firma algunos objetos de dudoso interés como Potiche o Ricky (sobre un bebé que desarrolla alas) que para colmo vienen envueltos en el peor de los engaños, el del prestigio. Al menos el que tiene en nuestro país todo lo que se pronuncie con acento francés, además de ciertos nombres que en general –pero no siempre– lo merecen: Charlotte Rampling, Catherine Deneuve, Ludivine Sagnier, Isabelle Huppert o Fanny Ardant son algunas de la actrices que con su sola presencia convirtieron a las películas de Ozon en señuelos para cinéfilos que muchas veces dan menos de lo que prometen.

 

Puede ser que el nombre de Marine Vacth, la protagonista de Joven y bella, no aporte nada a la lista porque hasta hace un par de años se ganaba la vida como modelo, pero lo que sí derrocha en sugerencia es el afiche de la película donde aparece desnuda sobre una cama con gesto parecido al de Catherine Deneuve en Belle de jour, aquella película de Buñuel sobre una esposa burguesa aburrida que empezaba a prostituirse. Eso, y el título: joven y bella. Lo que supuestamente todas las mujeres quieren ser, y los hombres tener. O al menos, lo que se promueve como deseo. La historia de Ozon también se trata de una chica de clase media –adolescente en este caso– que elige tener sexo por plata, pero algo en esa forma explícita de presentar al objeto de deseo, un cuerpo femenino joven, delgado y bello, de modelo, habilita una lectura que tenga que ver con la forma en que una chica hermosa circula y es percibida por los demás, y no solamente con ese supuesto misterio que parecería central en la película (pero no lo es) de por qué una chica de 17 años quiere prostituirse, en lugar de soñar con el amor y los paseos de la mano junto a algún noviecito.

 

“Joven y bella. Lo que supuestamente todas las mujeres quieren ser, y los hombres tener. O al menos, lo que se promueve como deseo.”

 

Isabelle (igual que Marine Vacth) es deslumbrante y acaba de darse cuenta. Además, quiere conocer el sexo. En ese momento de su vida la toma Joven y bella, y tiene el cuidado de no subir el volumen para presentarla como un monstruo, ni una retorcida, ni una freak: basta con verla tomando sol en bikini en la primera escena para entender que ella, así como fascina a su hermano menor que la espía desde lejos, no tiene porqué seguir el destino obligado de cualquier aprendizaje sexual y amoroso, la espera ilusionada, el entusiasmo casi infantil por recibir la mirada de un chico. Isabelle se saca de encima la virginidad como un trámite y procede a continuar con un aprendizaje en el que “Hasta dónde puedo llegar” podría ser una de las premisas. Y llega muy lejos. Tanto que, por más que la resolución de la historia sea algo convencional, la adrenalina de transitar pasillos de hotel vestida de mujer al encuentro de nuevos clientes o de descubrir un poder novedoso y sentirse dueña de todo por un rato es una sensación que no se olvida fácilmente. Ozon, aunque luego se sienta obligado a enfrentar a Isabelle con el mundo real, el de los padres, los psicólogos y las imposiciones, la acompaña con alegría en esos descubrimientos y le regala un puñado de canciones inmortales de Francoise Hardy que dicen cosas como “Vos no querés sufrir/ pero ¿quién puede no sufrir?/ ¿De qué sirve evitarlo?”.

 

Notas relacionadas: 

 

. Oh Maggie

. Cincuenta sombras de Grey

. El amante

 

Volver al Futuro: 30 años después

backto

 

Aciertos y desaciertos: En la segunda película de la saga, Marty McFly y Doc Emmet Brown, viajan de 1985 al 2015.

 

En Volver al Futuro II, dirigida por Robert Zemeckis, cuando McFly y el Doc viajan al futuro, se ve cómo se pensaba que sería el 2015, pero a fines de los 80. Ahora que el futuro llegó, es posible ver en qué cosas acertaron y en cuales no.

 

Aciertos:

 

1-Escondida, Jennifer Parker (Claudia Wells) espía una conversación entre el Marty del futuro y un compañero de trabajo. La conversación era llevada a cabo a través de una Videollamada. En 1989, hablar con una persona a larga distancia, solo era posible por teléfono. Hoy, programas como Skype, permiten hacer estas llamadas en cualquier lugar y en todo tipo de dispositivos.

 

 

2- Ver múltiples canales en simultáneo ya no es novedad, menos en televisores enormes y de pantalla plana. Cuando McFly llega a su casa del futuro, enciende 6 canales distintos con total normalidad. Hoy en día, si bien no todos los televisores incluyen Picture-in-Picture, es algo que solemos ver, muchas veces en televisores en exhibición.

 

 

3- En la casa de Marty de 2015, sus hijos usan anteojos inteligentes. Atienden llamados, escuchan música y juegan. Algo similar a lo que se conoce ahora como los “Google Glass”.

 

 

Desaciertos:

 

1- Por supuesto, los autos voladores. El DeLorean, por ejemplo, puede volar, algo totalmente común en el 2015 de Volver al Futuro.

 

 

2- La ropa que se ajusta, es otra cosa que no tenemos aún. Marty se pone sus zapatillas Nike del futuro y una campera los cuales se acomodan a su tamaño. Aunque Nike intentó sacar un modelo similar, no se parecía en lo absoluto a las de la película. La campera, por su parte, no solo se ajustaba, sino que también tenía autosecado.

 

 

3- Algo que también vuela en la película, es la patineta de Marty. Cuando escapa de Griff Tannen y su pandilla, Marty le pide prestado uno de estos aerodeslizadores a una niña y se escapa volando con él. También se ha intentado, pero hasta el momento no hay nada igual en el mercado.

 

 

¿Cuál imaginas que es el que sigue?