Las mujeres del cine para descubrir.

Chicas para siempre

El cine da la posibilidad de que las chicas se adueñen de su voz y se hagan eternas. Las chicas dejan de ser débiles y románticas para volverse rebeldes, luchadoras, heroínas y bandidas. Son dueñas de su deseo que se establece como hilo conductor de sus historias.

Las chicas son protagonistas y cuentan sus vidas en las que toman las armas así como la pluma, beben whisky y se enamoran. Las chicas nos enseñan sus vidas y las vivimos con ellas con la selección que hicimos en Qubit.tv.

Mary Poppins (1964)

 

Uno de los clásicos de Disney más aclamados le da vida a Mary, no como la niñera típica compasiva o gruñona sino como una chica con tal carácter que ni siquiera se achica ante su patrón, el señor Banks, que ve a su autoridad amenazada con la llegada de esta niñera del sombrero inolvidable.

 

Todo sobre mi Madre (1999)

 

La aparición en el cine español de Pedro Almodóvar prometió desbaratar ciertos  estereotipos siendo, fundamentalmente, director de mujeres a quienes les asignó la centralidad de sus relatos. Sus protagonistas son amas de casa, actrices, toreras, madres, hijas, cantantes y, también, monjas que reproducen a la España ochentosa, donde la mujer se empoderaba como dueña de su destino, trabajadora y divorciada, viviendo la sexualidad sin prejuicios.

Todo sobre mi madre remarca la idea de la compañía y de la solidaridad espontáneas, milita la idea de compartir el sufrimiento así como la posibilidad del respeto y del perdón. Se centra en el universo personal de cada una, en lo que esconden y que combaten con sus armas: la ternura, la entereza y la lucha continuada.

Valiente (2012)

 

Mérida, la protagonista del primer cuento de Hadas de Pixar, está decidida a rechazar el papel que le toca vivir trayendo el caos a su reino. Mérida es fuerte, decidida y se enfrenta a todo tipo de peligros para descubrir qué es realmente la valentía. ¿Lo mejor? En ningún momento pierde la ternura.
Disney se divorcia del estereotipo de princesa que está a la espera de un príncipe azul. De hecho, por primera vez, hace hincapié en la relación madre-hija.

Preciosa (2009)

 

Claireece Precious Jones es una joven de clase baja cuyo día a día está marcado por malos tratos: Fue abusada por su padre, es golpeada por su madre y está a punto de tener su segundo hijo. También, día tras día, debe enfrentarse a una discriminación triple: ser mujer, ser negra y ser analfabeta.

Sí, pareciera que esa vida llena de crudeza le impide crecer como una adolescente normal y feliz, pero Preciosa es un personaje precioso que no se deja avasallar por sus circunstancias, sino que intenta sortear los obstáculos al dejarse acompañar por mujeres fuertes como lo son su nueva profesora y su psicóloga que le enseñan nuevas razones para vivir.

Kill Bill (2003)

 

La protagonista es una mujer tan fuerte que hasta soporta piñas y puñaladas. Lo que la moviliza es la venganza: El padre de su hija la golpeó porque estaba celoso. No conforme con eso, se prepara para asesinar a otros dos hombres que la violaron mientras ella estaba en coma.

Desaparece la idea de la mujer como víctima pasiva del hombre: toma las armas en contra del agresor. Nace una heroína, por demás sangrienta, que asume la violencia como recurso legítimo de vida y de supervivencia.

 

Thelma and Louise (1991)

 

Geena Davis y Susan Sarandon hacen una revolución en la pantalla: pelean con la Policía, manejan a alta velocidad, disparan armas como las mejores y hasta hacen volar un camión.

El final siempre es sorprendente, Louise acelera a fondo su Ford Thunderbird, modelo ‘66 hasta llevarlo a un precipicio. Se lanzan hacia la muerte porque la consideran preferible a ser atrapadas y encarceladas. Lo importante era escapar.

 

Olmedo perdido y recuperado

no toca boton

no toca boton

Mi primera imagen de Alberto Olmedo viene de un programa que ya nadie recuerda: se llamaba Alberto Vilar, el indomable y en él interpretaba a un oficinista que siempre llegaba tarde y piropeaba a una sensual María Esther Gamas.  Era 1974 y yo, un crío de primaria.  Más duradera es la impresión que me dejó un ciclo que llevaba su nombre, durante 1978-79, con sketches como “El Ceniciento”, parodia invertida del cuento infantil (los hermanos le gritaban “¡andá a trabajar, Asdrúbal!”), o el delirante “Los andaluces”, donde se trenzaba en duelos verbales con Adolfo García Grau por los favores de Ethel Rojo.  Eran ciclos de humor blanco, donde el sexo era un terreno vedado pero sutilmente aludido.  Mucho se ha dicho sobre el repentismo incorporado por Olmedo a esos y otros programas de humor, pero su mayor capital siempre fue la gestualidad: los nuevos sentidos que disparaba a un guion estándar con sólo levantar una ceja, o esgrimiendo las mil formas de su sonrisa burlona.  Era irresistible.

Con la democracia llegó No toca botón y un (para mí) nuevo Olmedo, más picante y con libros de Hugo Sofovich: allí se travistió por primera vez (en “Lucy”, basada en la película Tootsie) y surgieron sketches de antología como aquel en que Javier Portales le tomaba examen de manejo a Susana Traverso, o la antesala en el canal de los personajes Borges y Álvarez, que antes se habían llamado Stanislavski y Grotowski.  Olmedo y Portales se sacaban chispas solos o peleando por la Traverso (que exhibía un interesante costado reo) o la más inaccesible Judith Gabbani.

Casi nada de todo eso existe hoy; tampoco El chupete, programa nocturno de los setenta que no me dejaban ver y que terminó abruptamente tras una mítica emisión en la que anunciaron el fallecimiento del actor y se armó un escándalo (Olmedo tuvo que publicar una carta titulada “Pido perdón por mi muerte”; igual los echaron).  Aquella broma macabra tiene mil versiones, porque los tapes nunca se conservaron, como tampoco los de los otros programas nombrados: algunos nunca se grabaron, otros fueron borrados o se perdieron en incendios.  De los primeros 25 años de televisión de Olmedo apenas sobreviven algunos tapes de Piluso y un breve ciclo con Susana Giménez.

El archivo deforma la memoria, porque hoy todos recurrimos, al nombrar a Olmedo, a sus últimos personajes: el Manosanta, Rogelio Roldán o el magistral dictador de Costa Pobre.  Y las “chicas Olmedo” son esas últimas y jóvenes modelos que lo acompañaron cuando el ciclo se mudó a Canal 9.  Es más, para una nueva generación Olmedo simboliza el humor de los años ochenta cuando en realidad entonces ya era un consagrado, casi un antiguo (el verdadero humor de los ochenta estaba en programas como Semanario Insólito o La noticia rebelde, pero de ellos se conserva todavía menos).  La repetición eterna de un mismo sketch es el recurso de un humor pretérito, forjado antes de Satiricón y los Monty Python.  La forma y el contenido de aquellos programas son de otra Argentina, más provinciana.  Pero el apogeo de esa cultura –los sesenta y setenta- ha desaparecido; sólo quedan las películas, donde Olmedo no podía improvisar, ni encontraba la adrenalina que había descubierto y preservado de los tiempos de la televisión en vivo.  Así y todo, los tapes que pueden verse en Qubit alcanzan para descubrir a un verdadero iluminado de la comicidad, imitado (Francella) pero jamás repetido