Malditos niños

Los Parchís contra el inventor invisible

Los Parchís contra el inventor invisible

Gran Hotel Provincial, verano del ’81.  Allí trabaja como cadete un adolescente que muchos años después escribirá estas líneas.  El edificio de la rambla marplatense, de amplios pasillos cubiertos con alfombras erosionadas por el tiempo, se abre en temporada para albergar un turismo que incluye celebrities locales -los actores de Buenos Aires que hacen teatro en la costa- y hasta algunas internacionales como el grupo Queen, que pernoctará allí en el mes de febrero.

Pero la banda que revoluciona el hotel esos días no es rockera ni cool ni anglosajona.  Sus miembros tienen entre 9 y 13 años y responden al nombre de los Parchís; su público es aun menor y, como ellos, carece de toda sofisticación.  Los Parchís venían de España, y explotaron en Argentina justo antes que los portorriqueños Menudo; ningún Ricky Martin surgiría entre ellos. Pero en 1981 eran famosos, y cómo.  Para asombro del personal del hotel, una turba de niñitas sobreexcitadas vagaba a todas horas por los pasillos con la esperanzas de verlos; nosotros teníamos, además de nuestro trabajo, la tarea adicional de echarlas.

“Los Parchís venían de España, y explotaron en Argentina justo antes que los portorriqueños Menudo; ningún Ricky Martin surgiría entre ellos. Pero en 1981 eran famosos, y cómo.  Para asombro del personal del hotel, una turba de niñitas sobreexcitadas vagaba a todas horas por los pasillos con la esperanzas de verlos; nosotros teníamos, además de nuestro trabajo, la tarea adicional de echarlas.”

El conjunto estaba allí para filmar una película que iba a llamarse Los Parchís contra el inventor invisible.  El emprendimiento estaba a cargo de argentinos e incluía figuras nacionales de entonces, que debían darle el pie a los niños o, mejor, actuar lo suficiente como para que ellos no tuvieran que hacer casi nada.  Así, el inventor -que no era invisible sino que tenía una máquina para volverse tal- era interpretado por Julio De Grazia, y Javier Portales hacía del manager de los pequeños.  Llegaban al hotel todas las mañanas; el primero siempre era Portales, a quien veía cruzar el gigantesco hall del hotel en dirección a la conserjería.  Al llegar se sucedía el siguiente diálogo:

Portales (con voz queda): ¿No sabés si ya se levantaron los chicos…?

Cadete-cronista (rápido vistazo al tablero): No, todavía no.

Portales (bajando la vista, como avergonzado): Bueno, querido, gracias.

Entonces el actor volvía a cruzar el hall; salía por la puerta giratoria; compraba un diario en el kiosco ubicado en la vereda; entraba de nuevo, y se acomodaba a leer en el sofá más próximo.  La escena transcurría como uno de esos planos estáticos del cine de Kaurismaki (por supuesto, ninguno de nosotros conocía a Kaurismaki).  Al rato iban cayendo colegas y técnicos que, atajados por Portales, se dirigían con docilidad a conseguir más diarios.  Eran los días en que seguíamos a Olmedo religiosamente, y me costaba entender que estas estrellas acataran amansadoras de una hora o más por parte de los españolitos.

Pero los Parchís eran los reyes del hotel, y se veía que también de su película; ellos marcaban la agenda.  Como otros niños famosos, tomaban el circo a su alrededor con naturalidad, como si la vida no hubiera podido ser de otra manera.  Su engreimiento era descomunal.  Una vez, haciendo de ascensorista, cometí el error de intentar una conversación con uno de ellos, cuyos largos rizos rubios eran codiciados por las admiradoras y lo obligaban a salir del hotel con guardaespaldas.  No recuerdo su nombre, pero parecía ser el más popular después de Tino, el mayor.  Esa vez entró al ascensor jadeando y gritando “¡cierra ya!”, con unos metros de ventaja sobre las niñas que lo corrían con los brazos extendidos.  Maniobré y empezamos a subir.

Cadete-cronista: Cómo te siguen las chicas, che…

Niño Parchís: Sí, ¡y me siguen a mí y no a ti!  ¡JA JA JA!

Después supe que todos mis compañeros habían pasado por algo parecido.  Evidentemente, los miembros de la banda estaban al tanto de que no podíamos estrangularlos.

Mientras tanto, el hotel servía de escenario para la película.  Yendo a cumplir un recado, era común que nos cortaran el paso en algún corredor.  “No se puede pasar, estamos filmando” decía alguien, y entonces había que esperar.  La toma, si llegábamos a verla, duraba unos diez o quince segundos: los Parchís salían corriendo de una habitación.  En un día bueno, podía aparecer Portales siguiéndolos (en la película -¿venganza?- no pierde oportunidad de pegarles algún manotón).

Pero no todo es rutina.  Una adolescente muy desarrollada detiene al cadete-cronista en un pasillo, buscando charla; él no puede evitar sentirse un poco halagado.  Después de un rato, con los ojos brillosos, ella va al grano: “y decime… ¿lo viste a Tino?”  Tino tenía 12 años.

La tortura duró más o menos un mes y el día que la banda dejó el hotel fue un día de festejo para todos.  Después de eso, créanme, los Queen fueron coser y cantar.

Por supuesto, quien negaba la realidad era yo.  En su apogeo los Parchís vendieron discos a carradas e hicieron ¡siete! películas (ni los Stones habían llegado a tanto).  La del inventor invisible terminó siendo el título argentino más taquillero de aquel año; como dicen en un episodio de Los Simpson “500 millones de fumadores no pueden estar equivocados”.  Aun así, hoy veo el largometraje por primera vez y me llama la atención el desgano evidente con que los chicos ejecutan sus pasos de baile, entonando letras como “hey, chaval, te voy a contar una historia” o “tu nombre me acorrala… no me deja ni un minuto en paz, no puedo respirar” (quizá dedicada a sus admiradores).

El film, dirigido con seudónimo por Mario Sábato, es representativo de la pobreza técnica de nuestro cine “industrial”, con extras vocacionales y seguramente impagos -reconozco personal del hotel- y un par de innovaciones del lenguaje cinematográfico que provocan más hilaridad que los verdaderos gags del guión, escrito por Víctor Proncet (¡el protagonista de Los traidores!).  La sumatoria de ingredientes bizarros no debía ser suficiente, porque alguien decidió incluir un número donde los Parchís cantan “Dios dio nombre a todos los seres”, versión castellana de… ¡Bob Dylan!, mientras se ponen máscaras de cartulina representando los diferentes animales de la Creación.  Ver para creer, y después reventar.  Me pregunto si alguien le habrá avisado a Bob.

 

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