Del relax a la catástrofe

 

 

En el post anterior hicimos referencia a todo aquello que nos transmitían los paisajes en las películas, al deseo de sol y al calor de verano que nos transportan rápidamente a una playa de arena blanca y agua cristalina. Pero, ¿suele ser así? ¿siempre estar en esa situación es placentero? Parece que no, y en Qubit.tv te mostramos por qué.

 

 

Pirañas: El regreso

 

 

En 1982 conocíamos de la mano de James Cameron, una secuela del mítico film de Joe Dante de 1981, un ejemplo del cine de terror de los años 80 filmada en playas de Jamaica: Pirañas – El regreso. Se trata de pirañas mutantes capaces de volar (sí, vuelan) que aterrorizan a la sociedad  y el número de muertos crece cada vez más.

 

 

Resultado de imagen

 

 

Tiburón – Jaws

 

 

En 1975, el joven Steven Spielberg estrenaba una de las películas que muchos consideraron como la mejor de la historia: “Tiburón”. El film fue el que definió el concepto de ‘blockbuster’ (película comercial de gran éxito, estrenada en el periodo de vacaciones) siendo la más taquillera de la historia hasta el estreno de Star Wars.

El pánico se desata en Amity Island cuando se suceden una serie de ataques a bañistas y navegantes por un tiburón blanco gigante y  el jefe de la policía local deberá unir fuerzas con un oceanógrafo y un veterano cazador de tiburones para detenerlo.

 

 

Resultado de imagen

 

 

 

The Shallows

 

 

Para superar la muerte de su madre,  Nancy viaja a una alejada playa paradisíaca. Pero su jornada de placer se convierte en una pesadilla cuando un enorme tiburón blanco inicia una brutal masacre. Volvemos a encontrarnos con esta temible especie, pero en este caso acecha a una joven y bella surfista en un desesperante thriller de la mano del creador de “La Huerfana” y “La casa de cera”.

 

 

Resultado de imagen

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La hora del crimen

blog-qubit-hora

Anclada en una esquina, en el encuentro de dos calles complejas (Pasaje David Cronenberg esquina David Lynch), La hora del crimen no se parece en nada de nada a lo que nos tiene acostumbrados el cine italiano contemporáneo. Un robo que sale mal. Una muerte. Una internación. Muertos que reviven. Dobles. Mapas de una cartografía en donde el delirio se confunde con lo real muestran que la dirección de localización le debe bastante a esos dos directores que decretan cruces en la esquina cinematográfica en la que se sitúa la ópera prima de Capotondi. El asunto aquí es saber entrar: mientras la mayoría de los policiales en los que chica/o buena/o conoce a chica/o mala/o que lo lleva por el mal camino suele hacerse presente un demoledor tufillo a moralina, en nuestra película en cuestión todo se vuelve más vaporoso, vueltero y demandante para el espectador, porque debe entregarse atado de pies y manos a una sucesión de cambios con más giros sobre sí que el dibujito animado del demonio de Tasmania.

 

“Anclada en una esquina, en el encuentro de dos calles complejas (Pasaje David Cronenberg esquina David Lynch), La hora del crimen no se parece en nada de nada a lo que nos tiene acostumbrados el cine italiano contemporáneo.”

 

Quizás en la entrega es en donde radica el mayor de los logros de La hora del crimen : estamos frente a una película que nunca miente, aún en su tendencia a los giros raros. O si quieren, miente pero con la más absoluta frontalidad y franqueza, sin engaños ni baratijas aisladas para atraer al espectador hacia un final efectista. No, nada de eso. Porque en esta ópera prima el director organiza toda una serie de indicios encadenados que nos va ingresando de lleno al interior de una mente traumatizada luego de un crimen. Nos puede hacer pensar en el famoso “finalmente era todo un sueño”, pero nada más falso: ahí donde mucho cine de las alucinaciones y delirios se contrae en torno a las patologías, en esta película se produce una apertura, un salto hacia el vacío de lo desconocido, sin por eso ser abiertamente experimental. Poco puede decirse sin entrar a revelar datos clave de la trama.

No menor es la notable labor de Ksenia Rappoport y Filippo Timi, cuya presencia y fotogenia los vuelve indispensables. Sin ellos nada valdría la pena.

Gravedad: El cielo gira

Gravedad

Gravedad

Y al final se llevó siete Oscars sobre las diez nominaciones que la convertían en la principal candidata de la Academia en 2014, y aunque ninguno fue el de mejor película, al menos tres de los premios fueron más significativos todavía que el galardón mayor, porque apuntan con precisión hacia aquellos aspectos en los que el film de Alfonso Cuarón hace gala de una maestría insuperable, donde Gravedad produce magia. Mejor fotografía, mejores efectos visuales, mejor director. El director de fotografía es Emmanuel Lubezki, el maestro –mexicano como el director, de 50 años– que viene colaborando con Cuarón desde los tiempos de sus primeras películas, La princesita, Grandes esperanzas, e Y tu mamá también, pero que también ha sido clave a la hora de iluminar las pictóricas composiciones de directores como los hermanos Coen, Tim Burton y Terrence Malick. En Gravedad consigue el prodigio de pintar lo  que ninguna cámara puede filmar aún, lo inexistente pero posible, y lo hace en colaboración con el supervisor de efectos visuales Tim Webber, que se llevó con su equipo otro de los más justos Oscars de este año: el espacio (y los protagonistas perdidos en el espacio), dibujado en una perfecta paleta digital, se ve más verdadero, más cercano y a la vez más abrumador que nunca. Durante la primera media hora de Gravedad, el trabajo conjunto de Lubezki y Webber ya consiguió hipnotizarnos, atraparnos sin salida en una serie extraordinaria de ballets coreográficos cósmicos. Primero, girando alrededor de la estación espacial que intentan reparar los protagonistas, y, a todo esto, conviene recordar que los protagonistas son Sandra Bullock y George Clooney, nada menos; una pareja de super-estrellas flotando en el espacio, con una onda destellante (y a él solo parece faltarle un vaso de whisky en su guante de astronauta para convertirse en el último de los dandys galácticos).

“Durante la primera media hora de Gravedad, el trabajo conjunto de Lubezki y Webber ya consiguió hipnotizarnos, atraparnos sin salida en una serie extraordinaria de ballets coreográficos cósmicos.”

Parte del encanto magnético de esta primera parte de la película es que estos dos habitués del after-party del Oscar parecen de verdad estar ahí, en medio de la nada, y la nada puede ser encantadora con ellos dos al frente y la perfecta postal de la Tierra –esa que pone en perspectiva nuestros ínfimos dramas cotidianos– como encandilante escenografía de fondo. Entonces, primero el ballet, la danza de las estrellas de cine alrededor de la nave, conversando sobre nimiedades técnicas, intercambiando anécdotas menores, con una placidez flotante que nos distrae, nos impide prepararnos para el desastre que está por ocurrir. Y a continuación el golpe a los sentidos: el ballet vertiginoso y no menos hipnótico de la tragedia, la lluvia de basura espacial (fabricada por el hombre) que arremete casi sin aviso sobre los protagonistas y su nave y en un abrir y cerrar de ojos nos deja varados, levitando de cara al vacío junto a ellos. En esta primeras secuencias Cuarón, Lubezki y Webber ya nos han sumergido de cabeza, invitándonos a bailar con su cámara danzante en el espacio sideral.

El tercer Oscar esencial fue el que se llevó a su casa el director, que acá juega con elementos intrínsecamente cinematográficos que a partir de una premisa argumental mínima pero potente hacen reventar las posibilidades. Ejercicio experimental, inesperada pieza de cámara abierta a la profundidad y el infinito, Gravedad absorbió cuatro años de la vida de Cuarón, lo cual explica un poco a qué se debe que no haya estrenado nada desde Hijos del hombre, siete años atrás. El resultado dejó a todo el mundo con la boca abierta desde que la película se presentó en Venecia el año pasado, e incluso a James Cameron, rey de la vanguardia tecnológica, un tipo a estas alturas difícil de impresionar, quien le dedicó los mayores elogios y expresiones de admiración a su colega y sus colaboradores. Gravedad es un prodigio tecnológico, pero su mayor prodigio es narrativo: finalmente, lo que ha cautivado a millones de espectadores en todo el mundo fue menos la pequeña anécdota que se relata, la experiencia física de los protagonistas, que la manera en que todo deviene progresivamente en una abstracción, un viaje en el sentido más lisérgico del término, una aventura alucinógena, mental y emocional: la historia transcurre acá nomás, acá arriba, cerca de nuestros cielos, pero Cuarón nos lleva hasta el infinito y más allá para soltarnos en caída libre.