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Las cámaras de los protagonistas

Las cámaras de los protagonistas

La fiebre se desató en 2007, cuando cuatro películas llamaron de inmediato la atención por su resistencia a usar otras imágenes que las de las cámaras que portaban sus protagonistas; una limitación que terminaba incrementando el suspenso, y que se reveló ideal para el género de terror.  La primera en estrenarse fue la española REC, de Jaume Balagueró y Paco Plaza, que transcurre casi íntegramente en un tradicional condominio de Barcelona donde ha pegado un extraño virus; el punto de vista es el de un móvil de la televisión catalana que llegó ahí medio de casualidad.  Tanto ésta como Actividad paranormal, de Oren Peli (con una joven pareja buscando “presencias” en una casa encantada) fueron auténticos bombazos en un género que se estaba poniendo aburrido con su constante apelación al gore.  El veterano George Romero intentó el mismo recurso en la quinta entrega de su saga zombie, Diario de los muertos, aunque no le fue tan bien.  Otro de la vieja guardia, Brian De Palma, lo usó con gran eficacia en Redacted para representar los abusos de poder y el descontrol de los jóvenes soldados norteamericanos destacados en Irak.  Es el único caso en el que las videocámaras pertenecen a los asesinos; los otros tres pondrían en boga el horror filmado por la propia víctima.

La situación siempre es la de una historia reconstruida con los fragmentos que las cámaras de noticieros, cineastas en pleno rodaje, o simples aficionados con su miniDV llegaron a registrar mientras estaba ocurriendo.  No sabemos qué sucedió exactamente ni cómo esos videos llegaron a formar una película, supuesto documental formado con found footage.  El auge del “youtubismo” probablemente disparó una tendencia que parecía dormida desde el estreno, en 1999, de la película tutelar del género: El proyecto Blair Witch.  Que tampoco era el primer falso documental en primera persona (el mérito le cabe a David Holzman’s Diary, cuyo protagonista en 1967 se compraba una cámara portátil de 16 milímetros), ni el primero en imaginar a unos documentalistas malogrados que dejan cintas-testimonio –ahí está, por ejemplo, el ingenioso thriller belga Man Bites Dog de 1992– pero sí el que hizo cuajar esa narrativa en el género del terror sobrenatural, con diabólico ingenio y un buen artesanado.

 

“El auge del ‘youtubismo’ probablemente disparó una tendencia que parecía dormida desde el estreno, en 1999, de la película tutelar del género: El proyecto Blair Witch.”

 

Actividad paranormal tenía un espíritu similar, pero su debutante director se dejó influenciar por Steven Spielberg, quien le propuso cambiar el final del film para dar pie a una continuación (en la web circula un clip comparando ambos finales).  Así, se convirtió en una saga que ya lleva cinco títulos (tres secuelas y una precuela) y anuncia otro para 2014.  El año que viene también terminará, dicen, la saga de REC, quizá la mejor sostenida, aunque en su tercera entrega –dirigida por Paco Plaza en 2012– supieron salirse elegantemente del formato, lo cual enojó a algunos seguidores y quizá le quite originalidad a la historia.  Hollywood, por su parte, hizo la remake correspondiente de la primera entrega: Quarantine (2008), que tuvo una continuación diferente de la española.  La industria también generó otras variantes, como la excelente Cloverfield (2008, producida por J.J. Abrams) que podría describirse como “Godzilla en miniDV”, o Apolo 18 (2011), que juega con los mitos de la exploración espacial.  Incluso una gloria del cine indie como Harmony Korine supo servirse del formato para su Trash Humpers (2009), filmada en VHS.

La compulsión de una nueva generación por autofilmarse, y la economía de la cámara digital, que puede dejarse prendida largo tiempo, dotan a estas historias de gran verosimilitud, así como de cierto aire paródico hacia los propios personajes.  El género ya tiene tics, y así como el micrófono siempre acopla cuando alguien lo usa en una comedia, y los muertos de los westerns sienten la necesidad de saltar por las ventanas, en las películas-REC siempre hay alguien que pregunta “¿estás grabando?”  Pero el formato ha servido para reconciliar a los espectadores no sólo con el terror, sino con el falso documental, un género que parecía agotado.  Ahí está sino la desconcertante –pero divertidísima– JCVD (Mabrouk El Mechri, 2008), donde el rey del kickboxing Jean-Claude Van Damme hace de sí mismo protagonizando un episodio policial (y no del lado de los buenos), con monólogo terapéutico incluido.

Es probable que la saturación termine llevando a descartar el terror autofilmado en poco tiempo más… al menos por un rato.

JCVD, Rec, Redacted y Actividad paranormal están disponibles en qubit.tv 

 

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