Celebración de Los Vengadores

Celebración de Los Vengadores

 

¿Ustedes saben por qué jugaban? ¿A qué jugaban? Digamos: jugaban con autitos o muñequitos –o muñecas– que eran parecidos a la realidad, pero que en sus manos podían volar, saltar, caerse de mil millones de millones de metros y estrellarse en el suelo para volver a pararse, chocar a la velocidad de la luz para rebotar a otra carrera. Y así, claro, porque el juego rompe la barrera de lo imposible. Pero al mismo tiempo uno aprendía que todo el mundo tiene reglas, que este muñeco era el malo y aquel el bueno, que el autito rojo esta vez le gana al azul y eso no se cambia. El juego anárquico del chiche en mano también tiene moral y ética.

Joss Whedon es de los que comprendieron esa pequeña verdad fundacional. Y también que esos chiches forman una comunidad (nota mental y no lo olvide: Whedon es uno de los creadores de Toy Story). Y que el juego y la fantasía son los mejores laboratorios sociales que existen porque se puede jugar en ellos, introducir mil variantes, armar y desarmar familias, aventurarse en las  relaciones más complicadas. ¿No vieron Serenity? ¿No conocen la enorme, graciosa –en todo sentido– saga de Buffy la caza vampiros?

Los Vengadores, la película dirigida y escrita por Joss Whedon, es un jalón más en el arte de jugar con los chiches para contar un cuento (moral) de buenos y malos y saber que eso, ni más ni menos, es la raíz de la diversión. Nada de oscuridades (¿quién fue el tonto que nos hizo creer que los héroes con cara de estreñimiento y traumas de infancia son más serios que los que se ponen una armadura colorada y gustan de AC/DC?): acá hay seis superpoderosos que, como en el más loco de los dibujos animados, se enfrentan a un villanísimo que, en el fondo, es lo más parecido al lobo de Droopy. Acá los portaaviones vuelan, Hulk le pega trompadas hasta a los amigos y, después de pelear, la gente morfa.  Estos seis tipos la pasan bastante bien pasándola mal en esa última media hora gloriosa de la película, donde todo es cuerpos en movimientos, locura, tiros y mambo. Y Whedon los relaciona con diálogos filosos y acciones precisas. Quien esto escribe vio cuatro veces el film en sala con diferentes públicos (siempre salas llenas) y siempre hay risas en los mismos lugares. Ha visto, quien esto escribe, papás reticentes disfrutando como los chicos agradecidos que estaban al lado.

Los Vengadores no es una película prestigiosa, habría pasado por Cannes solo del modo conmiserativo con el que la salvaguarda de “le grand art” palmea la espalda del primo millonario y cursi; no renueva el lenguaje cinematográfico y, ciertamente, no hace llorar a nadie. Y su poética simple de seis tipos que se encuentran y terminan conociéndose primero y agarrándose a trompadas, juntos y amigados, con el Universo es mucho más verdadera que la mayoría de “le grand art”. Tan verdadero, táctil, masticable como el muñequito del Capitán América que cualquiera de nosotros pudo tirar, invencible, desde el ropero

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