Celebrities pinchadas contra un tablero

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Nobleza obliga: hace un tiempo despotricábamos contra David Cronenberg en este blog. En los último años el canadiense pareció agotar su veta creativa, como si estuviera a punto de quedarse sin cuerda. Pero los maestros son así, de golpe se iluminan y sacan de la galera una joyita como Polvo de estrellas (Maps to the Stars, 2014) y hay que rendirse a la evidencia: otros casos parecidos son los de Scorsese con El lobo de Wall Street y, un poco menos, Woody Allen con Blue Jasmine.  Esto no significa que súbitamente hayan reencontrado la buena senda (de hecho, Woody Allen hizo enseguida otro de sus engendros turísticos) pero bueno, la esperanza nunca se pierde.

 

“Los maestros son así, de golpe se iluminan y sacan de la galera una joyita como Polvo de estrellas y hay que rendirse a la evidencia: otros casos parecidos son los de Scorsese con El lobo de Wall Street y, un poco menos, Woody Allen con Blue Jasmine.”

 

Polvo de estrellas no obtuvo ninguna nominación al Oscar este año, una injusticia que se potencia por el hecho de los premios se los haya llevado Birdman, otra película sobre el ego de los actores que, la verdad, no merece ni compartir párrafo con ésta. Pero era obvio que la “Academia” no iba a festejar una comedia negrísima que le pega a Hollywood donde más le duele, como no se veía por lo menos desde la noventosa y multitudinaria The Player de Robert Altman. En realidad, la ferocidad que late bajo la mirada de entomólogo de Cronenberg recuerda, más que a otras películas sobre el cine, al vitriolo con que éste suele mirar a la televisión: por ejemplo en Primicia mortal (Nightcrawler), otra película de 2014 que no ganó ningún Oscar y que haría un interesante doble programa con Polvo de estrellas.

 

La película funciona como un mosaico de personajes cuyas relaciones se van develando gradualmente, y deriva entre la sátira de la vida actoral –ahí está Julianne Moore como una actriz “un poco vieja” sucumbiendo a su neurosis– y otro tono más oscuro, relacionado con la familia del “gurú” que interpreta John Cusack. Conforme pasamos de una historia a otra, Cronenberg circula con fluidez entre ambos tonos y así como deja a los actores más experimentados expresar sus conflictos, dirigiéndose más o menos ellos mismos –Moore entrega una composición soberbia en su patetismo–, maneja a los más jóvenes con ese estilo inexpresivo, casi recitado, que patentara en sus films de género.  Esto no resulta una desventaja, como sí lo era por ejemplo en Cosmópolis, sino que añade un plus siniestro a un guión de por sí retorcido, cortesía de Bruce Wagner (un ex discípulo de Castaneda que escribiera en los ochenta Escenas de la lucha de sexos en Beverly Hills, de Paul Bartel). En particular hay un niño actor descarriado –quizá inspirado en Macaulay Culkin– que se mueve en este registro y cuyas intervenciones hielan la sangre. Debajo de la burla a Hollywood corre una historia de fantasmas… y algunos de ellos son los propios personajes, que la cámara observa como si fueran mariposas pinchadas en un tablero.

 

No conviene adelantar mucho más, pero a medida que el film se acerca a su conclusión se hace evidente que Cronenberg ha vuelto a la senda que había abandonado hace más de una década, quizá buscando otra clase de público; y así no sólo ha recuperado carácter, sino que ha realizado su mejor película desde Festín desnudo. Es que Polvo de estrellas es en realidad un proyecto que llevaba años en el cajón; dicen que la luz verde llegó finalmente al abrochar en el reparto a Robert Pattinson, esa especie de Diego Ramos “de allá” cuya fantasmal expresividad fue ampliamente conocida en la saga de Crepúsculo. Dado que uno de los temas de Polvo de estrellas es la diferencia entre éxito y talento, que Pattinson haya hecho posible esta película sería la ironía suprema, suerte de revancha de un Hollywood que estaba a punto de ser apuñalado por la espalda.

 

 

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