Cemento: la memoria del rock

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Cemento, el documental de Lisandro Carcavallo despierta inevitablemente una inquietud acerca de la idea de historia –o más bien la de varias historias posibles: la del rock, el arte, la contracultura, la democracia– entendida como relato que brota del espacio de sentido abierto por la combinación entre varios actos subjetivos de recordación y la construcción de una forma de memoria colectiva. La película es un valioso documento testimonial que conjura el olvido, que preserva la cultura, que nos muestra que hay tantas versiones sobre lo que significó Cemento en los años 80 como partícipes del fenómeno y que, no obstante, todas ellas coinciden en un punto: Cemento fue una auténtica locura.

 

La historia del rock está estrechamente ligada a los espacios que albergaron sus acontecimientos más relevantes. The Haçienda en Manchester –retratado en la genial ‘24 Hour Party People’ (Michael Winterbottom, 2002)– fue la casa de la movida Madchester en los años 80 –con bandas como New Order, Happy Mondays, The Stone Roses, The Smiths–; el CBGB de Nueva York –antro que tiene su propia película ‘CBGB’ (Randall Miller, 2013)– fue condición de posibilidad del nacimiento del punk de los 70 en Estados Unidos –The Ramones, Misfits, Blondie, Talking Heads, Television–; el auditorio Fillmore en San Francisco fue la cuna de la psicodelia a fines de los 60 –The Grateful Dead, Jefferson Airplane, Neil Young, hasta el astro del jazz Miles Davis pisó sus tablas–; el Crocodile Cafe de Seattle hizo lo propio para el grunge en los 90 –Nirvana, Mudhoney, Pearl Jam, Alice In Chains–; el Whisky A Go Go de Los Ángeles –The Doors, The Byrds, Frank Zappa–; el Cavern Club de Liverpool –The Beatles, The Who, The Rolling Stones–; y Cemento de Buenos Aires, la mítica discoteca creada por Omar Chabán y Katja Alemann, catedral de los más diversos estilos musicales. Desde el punk y el hardcore hasta el rock barrial y el metal, todos sus intérpretes tuvieron allí el rito iniciático –Sumo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Hermética, Flema, Los Violadores, Todos tus muertos y tantos más–. El recital en Cemento fue para todos ellos, sin excepción, el punto de inflexión en sus carreras.

Lisandro Carcavallo y Katja Alemann durante el rodaje del film.

Una de las cosas más interesantes del fenómeno Cemento, y que contribuye en gran parte a su status de culto, es su carácter experiencial, lo insustituible de su ser en el presente y hoy, la importancia del haber concurrido en carne propia. Mi conocimiento personal acerca de Cemento está formado casi exclusivamente por una colección de recuerdos de otros. Para los hijos del 2001, los que atravesamos la adolescencia en la era post-Cromañón y en particular quienes nos sentíamos en esa época atraídos por la idea de zambullirnos en un pogo brutal, Cemento fue siempre una quimera. Y lo sigue siendo porque hoy pertenece irremediablemente al pasado y anida únicamente allí, a la espera de una anécdota que lo devuelva a la vida en boca de amigos mayores, madres rockeras, tíos reventados y algún que otro ripeo de VHS en YouTube. Para nosotros, el rock había muerto; o al menos una idea del rock. Pero no fue sino hasta el 30 de diciembre de 2004 que realmente nos sentimos testigos del fin de una era, el fin de un rock que parecía haber quedado sepultado para siempre entre las paredes desnudas de concreto del antro del barrio de Constitución. El mal desempeño del entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Aníbal Ibarra y las acciones luego condenadas del delirante y visionario artista-empresario Omar Chabán, paladín del under porteño con el Café Einstein y con un rol tan polémico como indispensable en esta película, y de la banda Callejeros, acabó con la vida de 193 personas. Una tragedia semejante no podía dejar a la sociedad indemne.

 

Pese a todo, nuestra generación encontró poco a poco nuevos espacios, nuevas tendencias, nuevos soportes, y el under adquirió un cariz menos salvaje, menos explosivo, pero más sensible. La cultura independiente de la autogestión, el lo-fi y los medios digitales abrieron el camino a bandas como Él mató a un policía motorizado, 107 Faunos, Prietto viaja al cosmos con Mariano, El robot bajo el agua y tantas otras que hoy se me aparecen como la imagen cristalizada del rock de mi generación. Definitivamente otro rock, radicalmente distinto al retratado en este documental. El rock de Cemento es uno de dientes apretados, el que hermanaba y enemistaba tribus urbanas, el que surgió en pleno destape de la democracia a comienzos de los 80 y el que rápidamente se convirtió en el blanco de las autoridades en una sociedad que todavía mostraba en las calles los resabios de la dictadura militar. Cemento no fue solamente un local de música. Cemento abrió sus puertas a los diferentes, a los marginales, a los parias, y les permitió manifestarse con absoluta libertad. Cemento fue la expresión cultural más rica de una época y por ello no debe ser olvidado.

Ricardo Mollo de Sumo y Divididos.

Precisamente en ésto se concentra esta construcción de una memoria colectiva que, treinta y dos años después de su inauguración y a trece años de su cierre definitivo, Lisandro Carcavallo materializa en su película. Y lo hace de la mejor manera posible: a partir de testimonios actuales e imágenes de archivo de los principales actores de los años de gloria de Cemento –Katja Alemann, Ricardo Mollo, el Indio Solari, Germán Daffunchio, Ricardo Iorio y hasta el mismísimo ángel y demonio Omar Chabán, resucitado en entrevistas de la época y audios hasta el momento inéditos–. Cemento, el documental es un registro testimonial imprescindible para la historia de nuestra cultura y de nuestro rock. Un sentido homenaje a la generación rebelde de los 80 y la posibilidad para nosotros, los impuntuales del rock, de conocer un ápice de la vorágine de esos años salvajes; saborear un poco del vértigo del iniciado, el que se enfrentaba por primera vez y en una intimidante oscuridad a las performances más audaces y absurdas de la vanguardia artística del momento, sin dudas una de las más irreverentes de nuestra historia cultural.

Ricardo Iorio de Hermética y Almafuerte

Estrenado en el marco del [19] BAFICI, Cemento, el documental dio lugar además a otro ejercicio pragmático de memoria colectiva, esta vez experiencial: la reapertura al público del mítico local ubicado en Estados Unidos 1234 para una proyección de la película permitió a algunos conocer por primera vez la catedral del rock porteño y a otros un emotivo reencuentro con su lugar favorito en el mundo, espacio que hoy, tristemente, sirve como estacionamiento del Ministerio de Educación de la ciudad. Aquella noche, el pasado y el presente se unieron para una –¿última?– eucaristía profana del rock.

 

 

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