Cincuenta sombras de Grey

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La saga Cincuenta sombras de Grey –esos cuatro libros donde la autora británica E. L. James cuenta la relación tortuosa entre Anastasia Steele, una chica de Letras que recién sale de la universidad, y el empresario Christian Grey- no será una obra de arte pero llegó al cine con ese espaldarazo imbatible que le da a cualquier libro haber vendido 125 millones de ejemplares y ser traducido a 52 idiomas. Quiere decir que a millones de personas (bueno, mujeres) les encanta, y ese dato es suficiente para despertar la curiosidad pero también, para despertar oleadas de desprecio. Porque la gran mayoría de lo que es porno, sexy, provocador o como quiera llamárselo está pensado y diseñado para los hombres, mientras que la obra de E. L. James se dirige a las mujeres capitalizando todas las fantasías que muchas abrigaron desde que empezaron a consumir cuentos de hadas y a esos cuentos, con el tiempo, se les agregó el sexo, la edad hizo necesario que los príncipes fueran atractivos o buenos en la cama además de románticos.

 

“La obra de E. L. James se dirige a las mujeres capitalizando todas las fantasías que muchas abrigaron desde que empezaron a consumir cuentos de hadas y a esos cuentos, con el tiempo, se les agregó el sexo, la edad hizo necesario que los príncipes fueran atractivos o buenos en la cama además de románticos.”

 

Por eso Cincuenta sombras de Grey (la película, en este caso) puede ser tan fácilmente carne de cañón, y por eso gusta y repele al mismo tiempo: porque su materia prima es básica y acrítica. Anastasia Steele es la típica chica que no es particularmente hermosa (mentira, la actriz que la interpreta se llama Dakota Johnson, tiene cuerpo de modelo y es la hija de Don Johnson y Melanie Griffith), es torpe y un poco antisocial, pero por alguna razón atrae la atención de un millonario el día que va a entrevistarlo en reemplazo de una amiga. Y mientras se lleva a la boca el lapicito y se equivoca con las preguntas, un plan oscuro se va tramando en la mente del bellísimo Grey (bellísimo, según los parámetros de las publicidades de perfume y boxers): convertirla en su amante, darle una habitación en su propia casa donde ella esté siempre disponible para los encuentros sexuales con él, en una versión extraña de un matrimonio pero monogámica al fin, y con contrato de por medio. Porque a Grey lo que le va es el S&M, y la colección de látigos y otros juguetes que guarda en una habitación secreta así lo atestigua.

 

Anastasia no sale corriendo ante la propuesta. Por el contrario, se tienta, y quizás la computadora y el auto que le regala Grey tengan o no tengan que ver en el asunto. Lo cierto es que, entre viajes en helicóptero y ostentación de riqueza, ella y Grey se hacen amantes y algo más empieza a crecer entre los dos. La película puede ser tan ridícula como la telenovela más estereotipada pero también es divertida, y mucho más que el libro, se permite reírse de sus estereotipos, exagerarlos, quizás con la idea de que es hora de dejar de sentir culpa por lo que a cada uno le calienta. Y a pesar de que todo deriva –aunque no en esta primera entrega de las Cincuenta sombras– en una historia de amor más bien convencional, y de los reclamos de Anastasia para que Grey le “abra su corazón” y esté dispuesto a otro tipo de intimidad además de la que implica darle latigazos o vendarle los ojos, si hay algo inoxidable en Anastasia Steele es lo mucho que le encanta el sexo, y un entusiasmo casi infantil por conocerlo todo.

 

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