Con El gran Gatsby vuelve Baz Luhrmann

Notaspeliculas

Written by:

el gran gatsby

Luhrmann es uno de esos excéntricos (no puede ni quiere estar en el centro, pero su excentricidad es un imán) que se mueven con inusitada comodidad en el mundo de los géneros canónicos, puntualmente el melodrama o el musical, dos outcast del mundo genérico de hoy, tan reticente a los sentimientos exaltados.

Luhrmann hace mucho eso de moverse. Quizás sea por eso que sus abordajes a los géneros no son esas piezas de museo o esos ejercicios de estilo que se venden cada un buen par de años (de Chicago a El Artista o Drive) sino artefactos pop hechos con amor y energía. Será por eso, quizás, que el cine de este director es un cine gimnástico: siempre necesita estar preparado para el salto al vacío, para el nado en aguas abiertas, para la escalada, para el descenso abrupto. El cine pentatlón de Baz Luhrmann es tan movedizo que para disfrutarlo a veces conviene entrenar un poquito con sus películas anteriores.

En esa tradición deportiva, Moulin Rouge! supo ser el caso más paradigmático de esa gimnasia cinéfilo-narrativa-pop. Luego de un traspié en piloto automático como Australia –que es un Baz Luhrmann jugando a ser algo que no es, como quien se ufana de los trofeos ganados pero que se ha olvidado de entrenar– había que volver a territorio conocido. Y como Rocky, empezar de vuelta.

El gran Gatsby es eso: un retorno a las fuentes, un retomar las actividades, un cuidado del cuerpo cinéfilo. Pero ahí donde se la quiso leer como una reelaboración descuidada de Moulin Rouge!, en el fondo los resultados son bien distintos. Básicamente porque el exceso en aquella película de 2001 suponía un sistema geométrico preciso y digitado, mientras que en Gatsby el exceso es desordenado, espasmódico, como si se hubiera perdido la práctica o el ritmo: como si ese cuerpo cinéfilo se hubiera desacostumbrado a la gimnasia.

Contrario a cualquier problema, en El gran Gatsby los mencionados espasmos terminan siendo un punto a favor: las variaciones rítmicas de la película son las variaciones vitales de la perspectiva del protagonista que narra. Esto hace que estemos ante una reelaboración trágica y melancólica de ciertos patrones arquetípicos del melodrama (y no un juego más grande que la vida con esos arquetipos, como en Moulin Rouge!), de ahí que la otra referencia que anda rondando sea la del Citizen Kane de Orson Welles: la fiesta se acabó, nos dice Luhrmann. Y no hay héroes ni arquetipos ni nada, sólo gente sola, triste y rota. La novedad es que nos revela que los ojos de quien mira no son ajenos a nada de esto y que ese fracaso estructural puede ser también la clave narrativa de una película intermitente y fascinada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

once + once =

A %d blogueros les gusta esto: