Cuatro películas de Fellini

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Fellini

Hay libros que nos recomiendan las 1.000 películas que tenemos que ver antes de morir así como tarde o temprano en una entrevista le terminan preguntando al entrevistado qué películas se llevaría a una isla desierta. 8 ½ de Federico Fellini pertenece a otra categoría, la de películas en las que cabe todo el cine. Como esto no dice mucho o más bien dice demasiado, tratemos de contar de qué trata. Ahí ya tenemos un problema, porque en 8 ½ no hay trama, no hay cuento, no hay historia. O sí, pero Fellini no la cuenta como estamos acostumbrados a que nos cuenten las historias en el cine. 8 ½ pertenece a una clase de películas filmadas hacia fines de los cincuenta y durante la década del sesenta que se llamaron modernas y, en el mejor de los casos, son atemporales. Esta sigue tan viva como entonces, entre otras cosas porque su tiempo no es el sucesivo de la vida de un hombre o del relato de unos hechos, sino el simultáneo de la cabeza de un director de cine tratando de terminar una película que ni siquiera puede empezar.

[gn_quote style=”1″]8 ½ pertenece a una clase de películas filmadas hacia fines de los cincuenta y durante la década del sesenta que se llamaron modernas y, en el mejor de los casos, son atemporales.[/gn_quote]

Recuerdos, imaginaciones, fantasías, pesadillas, sueños diurnos y nocturnos aparecen y desaparecen como números de un espectáculo de circo o de un teatro de revistas. Vamos de un lado a otro de la realidad mental del personaje de Marcello Mastroianni, que está dividido entre la película que quiere filmar y su propia vida, tironeado por un harén de mujeres (entre las que se destaca una Claudia Cardinale que nunca estuvo tan blanca y tan linda y tan ligera y tan rotunda a la vez), un sin fin de productores y técnicos, sus padres, un crítico de cine, varios intelectuales, autoridades de la Iglesia que ofician de productores y demás criaturas tan concretas como simbólicas. Todas ellas bailando al compás de la música rota de Nino que va y viene, mareándonos con ese vaivén que es una de las experiencias más hermosas y tristes que pueden vivirse gracias al cine. Nada es igual después de ver esta película y nada volvió a serlo en la historia del cine. Ahí están David Lynch y Tim Burton, incomprensibles sin Fellini, para confirmarlo.

[gn_quote style=”1″]Recuerdos, imaginaciones, fantasías, pesadillas, sueños diurnos y nocturnos aparecen y desaparecen como números de un espectáculo de circo o de un teatro de revistas.[/gn_quote]

Y si en esa nave nodriza que es 8 ½ está contenido todo el cine, también lo están estas otras tres películas de Fellini que pueden verse en Qubit: Los inútiles, La dolce vita y Julieta de los espíritus. En orden cronológico inverso, Julieta de los espíritus recorre las desventuras de una esposa pequeño burguesa que no sabe cómo liberarse –ni tampoco si quiere hacerlo– de su condición subalterna, a la vez que Fellini se interna en la aventura del color, más acorde a su concepción circense sensorial del cine. La dolce vita, todavía en blanco y negro, fue una película bisagra y transgresora. La excomunión pesaba no sólo para el cineasta sino también para los católicos espectadores que la vieran, allá en Roma como acá en las pampas, pero más allá de esos avatares político culturales que marcaron una época, toda una generación de clase media se jugó la fe en esa película simultáneamente hermética (pero no tanto como las de Michelangelo Antonioni) y popular (pero no tanto como las comedias de Mario Monicelli). Allí Fellini encontró a su alter ego ideal en Mastroianni y allí sus personajes perdieron definitivamente la inocencia, esa que los grandulones de Los inútiles trataban de sostener a toda costa. Esta película, segundo largometraje dirigido por Fellini en solitario sigue siendo una película maravillosa, autobiográfica y grotesca, la aventura realista y fabulosa de cinco muchachos que no quieren, salvo uno, crecer. La excepción fue el mismo Fellini, que desde entonces le rindió homenaje a los que se quedaron anclados en la infancia, en el pueblo, en la madre.

 

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