Cuestión de perspectiva

El espíritu de la colmena

 

El espíritu de la colmena es la primera obra maestra de Victor Erice, realizador español famoso por haber hecho sólo tres largometrajes (El Sur y El sol del membrillo son los otros) en cuarenta años, razón por la cual cada vez que aparece algo nuevo de él –aunque sea en forma de cortometraje– se vuelva todo un acontecimiento en el mundo cinéfilo. Esta película es también famosa por hablar del franquismo de un modo particularmente brillante: no concentrándose en una gran ciudad sino en un pueblo pequeño y aparentemente apacible de la década del cuarenta que termina funcionando como una metáfora de la situación de un país.

 

El espíritu de la colmena es la primera obra maestra de Victor Erice, realizador español famoso por haber hecho sólo tres largometrajes (El Sur y El sol del membrillo son los otros) en cuarenta años.”

 

Si uno tuviera que encontrar un momento que en algún punto resuma esta película habría que buscarlo en aquella en la que encontramos al padre de familia caminando con sus hijas por una pradera a pleno día y seleccionando setas. Allí el hombre les dice a las nenas que si llegan a comer una seta venenosa entonces se acabaron las setas y todo lo demás. En ese momento aparecen dos cosas claves en la película. En primer lugar la presencia de lo fatal mencionada en un espacio que pareciera ser ajeno a ella. Allí se nos adelanta lo que va  pasar en ese pueblo amable y silencioso (nadie grita en este película rica en susurros) en la que la violencia puede venir en forma repentina y contundente: sea en la forma de una víctima agónica que trata de refugiarse de sus verdugos como en la de una nena que empieza a ahorcar a su gato negro a modo de juego perturbador.

Pero hay algo más en la frase del padre: la idea de que las setas “desaparecen” cuando uno come una venenosa implica toda una toma de posición en la película por no representar el mundo objetivamente sino de analizarlo según la perspectiva de alguien. En este caso El espíritu de la colmena asume mayormente el punto de vista de Ana, una nena que mezclando la realidad con sus fantasías (y sintiendo a veces tan verdadera la realidad concreta que la rodea como las cosas que imagina) trata de entender el mundo en que vive, descubriendo sonidos raros como el de los trenes pasando por las vías, intentando comprender desde la ficción de Frankenstein que vio en el cine hasta la estructura biológica del cuerpo humano que le enseñan en la escuela. En sus ojos todavía inocentes va a ver con extrañamiento una violencia a la que la España de los cuarenta parecía haberse acostumbrado, y parte de la grandeza  de esta película va a ser justamente mostrar esto sin un espíritu burdo de denuncia sino con una elegancia que logra ser, al mismo tiempo, sutil y contundente.

 

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