David Lynch: El mañana nunca sabe

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David Lynch debe ser el único cineasta de la generación de los años setenta –al menos en Estados Unidos– que todavía es capaz de sorprender.  La mayoría de sus colegas han caído en la tentación de la qualité, una suerte de jubilación con honores similar a lo que Las Vegas representa para muchos músicos populares.  Pocos ya escriben sus propios guiones –generalmente se sirven de lo mejor que la industria les puede ofrecer– y, aburridos, se dedican a vagar por géneros que no los representan, seguros de que la gloria pasada los protegerá del vapuleo que merecen.  ¿Hace falta dar nombres?  Sólo pensemos en el elefantiásico Scorsese de los últimos años, presa del manierismo y el gran guiñol; o el turístico Woody Allen (¡por favor, que no venga a filmar a la Argentina!); o el devaluado Coppola (que ya pasó por acá); o el académico Cronenberg, que busca lustre al lado de nombres como Freud o Don DeLillo, y así logra aburrir a sus más fieles seguidores.

Busquemos ahora signos de decadencia en el director de Corazón salvaje.  Un artista integral, que no mira el cine desde la literatura o la técnica, sino desde la plástica, su primera obsesión; alguien que sin hacer el tradicional escalafón industrial, ejecuta en sus films las tareas más diversas y en todas deja su marca, desde los caseros FX de su siniestra ópera prima Eraserhead al vestuario de los personajes en Terciopelo azul (¿recuerdan a ese gangster de traje amarillo, que moría de pie?), el look capilar de los de Twin Peaks (que anticipó el fenómeno actual de las series) o los efectos sonoros de la mayoría de sus películas.  Lynch es incluso capaz de encarar una serie animada (DumbLand, que vendía en su sitio web), haciendo él mismo todas las voces y dibujando cual adolescente que juega con el Paint; y con eso concretar un trabajo estremecedor, de los mejores que haya hecho nunca, cien por ciento Lynch desde la primera imagen.

 

“David Lynch debe ser el único cineasta de la generación de los años setenta –al menos en Estados Unidos– que todavía es capaz de sorprender.”

En Qubit pueden apreciarse algunos de sus títulos más oscuros.  Duna (1984), su fallida prueba como artesano a las órdenes de Dino de Laurentiis, resulta más interesante hoy que en el momento de su estreno, ahora que podemos encontrar en ella todas las marcas de la perversión lynchiana por detrás de la saga de ciencia ficción de Frank Herbert: ahí están el obeso villano Harkonnen y la compleja relación con su delfín (interpretado por el cantante Sting); o la secuencia en que Kyle McLachlan (¡el agente Cooper!) hace frente a un gusano de pesadilla.   Aún más oprobioso resulta el ambiente de Carretera perdida (1997), quizá la más hitchcockiana de sus películas, con varios elementos de Vértigo.  La escena en que un Robert Blake fantasmal invita a Bill Pullman a llamarlo por teléfono a su casa es un cabal ejemplo de la capacidad de Lynch para conducirnos en un segundo a la extrañeza total, el terreno donde empieza el horror.  Este es otro film cuyo efecto crece con el tiempo: el personaje de Pullman es acusado de matar a su esposa, y unos años después, Blake fue a juicio en la vida real por la misma razón.

Una historia sencilla (1999), realizada inmediatamente después de Carretera perdida, funciona como su contracara.  Diurna y apacible, es la historia de un anciano que quiere reconciliarse con su hermano después de muchos años de no verse.  Sólo Lynch puede tomar semejante historia de pura americanidad –guionada por su compañera de entonces, Mary Sweeney, en base a un acontecimiento real– y hacerla suya con un par de pinceladas: basta ver la  desconcertante expresión de Sissi Spacek detrás de un vidrio, o la deliberada morosidad con que la cámara acompaña el trayecto del protagonista en la única road movie de la historia del cine donde el vehículo es… una cortadora de pasto.

La carrera de Lynch está hecha de gestos bizarros como éste; ningún otro director es capaz de enrevesar el currículum con desviaciones tales como sacar un libro sobre meditación trascendental (y acompañarlo en la gira publicitaria correspondiente), hacer exposiciones de cuadros y ¡muebles!, o sacar discos de música propia “cantados” con una suerte de megáfono.  Desde la monumental Imperio (2006) que no hace un largometraje, y dice estar aburrido del sistema de Hollywood, que ve en decadencia; pero sigue filmando, y los que tenemos esperanza en el futuro del cine confiamos en que llegará, como siempre, el momento en que vuelva a sorprendernos.

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