Desayuno de campeones

Ajuste de cuentas

Hay gente que llora en las películas; en las comedias y, mucho, en los melodramas y dramones. Pero entre la gente que no llora nunca en las películas hay una subcategoría –esto no suena muy científico que digamos, pero lo es, está comprobado– que son los espectadores que solo se anudan la garganta y aflojan el lagrimal con un género cinematográfico muy específico: las películas de boxeadores. Y es que las películas de boxeadores tienen todo para sacarnos de la sala llorando: por lo general, la historia de pobreza, de frustración y ascenso, de miserias y reivindicación, de humillación y superación. Las películas sobre boxeadores, incluso las menos buenas, suelen ser perfectas para la extorsión emocional del público, porque las atraviesan los más diversos temas, y nos hacen sentir cada golpe (físico) recibido por el púgil camino a la gloria o el infierno, como un palazo emocional. Los dramas de boxeadores son, casi siempre, relatos sobre la condición social, y en un plano más grande, sobre la condición humana.

“ Las películas de boxeadores tienen todo para sacarnos de la sala llorando: por lo general, la historia de pobreza, de frustración y ascenso, de miserias y reivindicación, de humillación y superación.”

Entre todas las grandes películas que han explotado la cantera emocional del drama del boxeador que se abre camino en el mundo poniendo la jeta para que se la abollen, una de las más grandes es Rocky. Hoy, a menudo se la recuerda con una media sonrisa, algo de sorna incluso, porque sus demasiado numerosas y no siempre tan grandiosas secuelas fueron bastardeando un poco la sensación del original, la desventura del muchacho sin un peso que se somete al reto del campeón menos por la gloria que porque no le queda otra. Entre todas las grandes películas que han explotado la historia de ascenso y caída del boxeador, hay otra obra maestra, estrenada unos pocos años después de Rocky: Toro salvaje.

La gran, irresistible idea inicial de Ajuste de cuentas (Grudge Match), la película de Peter Segal, es trenzar sobre el cuadrilátero a estos dos iconos del cine: Rocky Balboa, el semental italiano, y Jake La Motta. Uno fue inventado para la pantalla –por el propio Stallone, que escribió la película de un tirón, cuando no tenía un mango en el bolsillo y nada de crédito en Hollywood, basándose en una pelea de Chuck Wepner y Ali-–; el otro es un monstruo de la vida real cuya biografía le fue acercada a Scorsese por Robert De Niro. Inicialmente, el director de Taxi Driver intentó sacarse de encima el proyecto diciendo que no sabía nada de box, ni le interesaba; anécdota que –vistos los resultados– reconfirma todo lo dicho sobre el pugilismo como el género narrativo que excede el relato deportivo para hablar sobre el mundo y, disculpen la cursilería, sobre la vida.

Ajuste de cuentas no enfrenta a Rocky con La Motta estrictamente, pero sí lo hace, un poco, en el imaginario de los fans de ambas películas. Sus dos actores son veteranos con los cuerpos doloridos que hacen de su veteranía uno de los temas de la película; y su premisa argumental sirve más que nada como disparador de fantasías. ¿Qué tal si estos dos fueran, en efecto, Balboa y El Toro? Como personajes cinematográficos, Rocky siempre fue mucho más simpático, noble, entrañable que el cretinoide abusivo interpretado por De Niro. En su momento, la mayor parte de la crítica se rindió ante el engorde de De Niro (para interpretar a La Motta viejo) y Sly y su cara medio paralizada y sus nudillos aplastados de tanto pegarle a las reses en el frigorífico. Los dos estuvieron nominados al Oscar por sus púgiles: el primero se lo llevó, el otro se quedó con las ganas de algo que difícilmente se fuera a repetir. Con tono ligero pero ameno, un gracioso acompañamiento de Alan Arkin (uno de esos secundarios que levantan varios puntos cualquier película) y sin pretensiones de trascendencia, Ajuste de cuentas ajusta un poco la balanza hacia el lado del pobretón de Filadelfia que desayunaba huevos crudos. No vamos a adelantar cómo, pero cualquiera que haya seguido a estos dos clásicos que ya van para los 40 años, sabrá que el corazón de la película está del lado correcto.

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