Dos pícaros sinvergüenzas

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frank oz

Se mantiene perfectamente vigente pero a su vez parece pertenecer a otra era: una era en la que a Michael Caine, ese mercenario extraordinario que le saca lustre a todo personaje que hace, un estudio todavía le ofrecía un protagónico clase A; una época en la que, aunque ya había una nueva generación en camino, Steve Martin aún pertenecía a la vanguardia de la nueva comedia estadounidense, estrechamente vinculada a Saturday Night Live y a directores que, como Carl Reiner y Rob Reiner, se empeñaron en mantener vivo (o resucitar) cierto espíritu clásico, el del Hollywood de los años cuarenta y cincuenta. De hecho, toda Dos pícaros sinvergüenzas parece surgir de materiales forjados de la edad de oro de la comedia, y, extrañamente, funcionó mucho mejor que su original, un film de 1964 titulado originalmente Bedtime Story y estrenado por acá como Dos seductores. La misma idea, concebida por Stanley Shapiro (que había escrito algunos de los mejores encuentros entre Rock Hudson y Doris Day) y Paul Henning (guionista de George Burns en la televisión): una competencia entre dos tipos que se dedican a estafar a mujeres adineradas; un par de con men arteros, ingeniosos, y con altas aspiraciones, que cazan a sus presas en la Riviera francesa. Como en su remake, en Dos seductores parte del truco dependía del grosero contraste entre estereotipos: un inglés con toda la clase, el refinamiento y la cultura que se espera de él, y un norteamericano más craso, emocional, ordinario. En 1988, Caine y Martin superaron en su juego lo que habían logrado 24 años antes dos grandes como David Niven y Marlon Brando.

El que lleva la batuta por supuesto es el Lawrence Jamieson de Michael Caine, porque Caine siempre fue el mejor en esto de mantener la elegancia incluso en las peores circunstancias: un perfecto caballero, un tipo nacido en la más pobre de las pobrezas en la Inglaterra de entreguerras, que se hizo de abajo y supo encarnar personajes de extracción obrera con un toque de gracia aristocrática. Caine le pone a Jamieson una convicción de hierro: es el noble caído en desgracia que seduce y engaña para procurarse una vida a lo grande. Mientras que el Freddy Benson de Martin es un chanta medio muerto de hambre que urde modestos, lastimeros cuentos para zafar de a un plato de comida por día. Forzado a aceptarlo en su propio territorio, Jamieson adopta a Benson como discípulo, pero una mujer –el potencial botín de oro que se les presenta sin aviso– los enfrenta en una cruenta guerra de humillaciones. La mujer era Glenne Headly, una treintañera pelirroja a la que su actuación en esta película le auguraba una carrera increíble que no se cumplió.

Tras el éxito de la película, Dos pícaros sinvergüenzas fue adaptada con éxito para Broadway, y este mismo año también en el West End londinense, y acá, en la calle Corrientes, con Guillermo Francella y Adrián Suar, pero lo cierto es que más allá del atractivo de la premisa argumental, la mente maestra detrás de aquella remake que superó al original fue su director, Frank Oz, que –después de La tiendita del horror, El cristal encantado y la segunda película de los Muppets–, por primera vez se ponía al mando de una puesta en escena que no contenía muppets o algún tipo de marioneta entre sus actores principales, pero supo mover los hilos de la narración con el más perfecto timing. Inglés de nacimiento pero criado en Bélgica y curtido entre Estados Unidos y Gran Bretaña en sus largos años de trabajo al comando de –entre muchas otras criaturas a las que dotó de una personalidad única– Miss Piggy y el maestro Yoda, Frank Richard Oznowicz es el maestro del  artificio, el rey de la comedia no canonizada de los ochenta y los noventa. Oz el mago.

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