El cine de gángsters

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Gángsters

 

El gángster ha sido desde siempre una figura atractiva para la épica cinematográfica. Salvaje, irreverente y sediento de ascenso social, selló su destino de osadía y glamour desde que el cine dio sus primeros pasos. Asomado como una sombra amenazante al melodrama, con el sombrero ladeado y cierto aire de despreocupación, conquistó un género propio y saltó del telón de fondo a la primera plana a pura vanidad y ambición.

Esos malhechores trágicos y despiadados que habitaron las películas del cine clásico de Hollywood –ya en la era del sonoro- encontraron en el estruendo de los disparos el ritmo de su fugaz estrellato e instalaron para siempre un estilo que aún sigue vigente. Salidos de las páginas de la novela negra y la crónica policial, evocaron en la era de la Depresión aquel febril andar de los locos años veinte, el negocio del alcohol clandestino durante la Prohibición, la naciente música de jazz, los brillos del charol y las plumas de las coristas.

“Esos malhechores trágicos y despiadados que habitaron las películas del cine clásico de Hollywood –ya en la era del sonoro- encontraron en el estruendo de los disparos el ritmo de su fugaz estrellato e instalaron para siempre un estilo que aún sigue vigente.”

 

Los relatos de ascenso y caída de los grandes nombres del crimen organizado seducían por su feroz realismo y su cercanía a un mundo que el espectador conocía, día a día, en su vida cotidiana. En Scarface (1932), Howard Hawks utiliza como excusa algunos de los hitos en la carrera delictiva del célebre Al Capone para delinear una historia de pasión y violencia, con ribetes incestuosos que sortearon la censura de la época, y que marcó el signo trágico del héroe marginal. Esa fibra que caracterizó al gángster de los treinta en la piel de actores como James Cagney o Paul Muni se percibía en sus movimientos nerviosos, en su argot primitivo y en sus gestos ampulosos. Amoral, vertiginosa, inolvidable, la Scarface producida por el multimillonario Howard Hughes sentó las bases de un género que captó el pulso intenso de las grandes urbes brindando un retrato ácido y desencantado de una sociedad que mostraba sus primeros contraluces.

Mientras la corrupción y el crimen se hacían sistema, los cincuenta alumbraban un cine criminal más áspero, sin tanta voluta de tragedia y celebridad, donde los delincuentes eran piezas en un engranaje que los superaba y que tenía al gran atraco como meta final. En Casta de malditos (1956) de Stanley Kubrick, ese robo planeado al dedillo se convierte en una combinación fatal de torpeza y mala suerte. El relato se emancipa de la suerte de un único protagonista y estalla en sus múltiples participantes, que dividen tareas como en una fábrica y desafían a la autoridad desde el caos y la anarquía.

Los códigos morales de una sociedad en paralelo, montada sobre conceptos como tradición y lealtad, dieron lugar al revisionismo de los setenta de la mano de directores de origen italiano que exploraron el género como una suerte de regreso a los orígenes de su propia historia. El padrino (1972) de Francis Ford Coppola fue la vedette de la época pero fue Martin Scorsese, y sus reiterados regresos a la mafia y los gángsters de la pequeña Sicilia, el que más aportó a la identidad de una tradición profundamente americana. Buenos muchachos (1990) fue la historia de un perdedor sin remedio que asciende en un terreno sinuoso y desprovisto de épica, donde las drogas duras reemplazan al alcohol, y la mirada se hace amarga y melancólica. Más de quince años después ensaya un relato en espejo, desde el punto de vista del policía que se infiltra en el corazón del delito, asume su disfraz como caparazón y se involucra sentimentalmente en un padrinazgo enfermizo que convierta la aventura en una experiencia mucho más mundana. Inspirada en la hongkonesa Infernal affairs (2002) y ganadora del Oscar a mejor película y mejor director, Los infiltrados (2006) es uno de los mejores exponentes del cine de gángsters contemporáneo, con actuaciones impecables como las de Matt Damon, Mark Wahlberg y el mismo Leonardo Di Caprio, y con la impronta de un cine de narrativa seca y ejecución rápida que rinde, una vez más, homenaje a sus orígenes clásicos.

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