El nombre de la venganza

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cine oriental

 

 

¿Cuánta humillación, cuánto dolor físico y espiritual es capaz de soportar el ser humano antes de reaccionar con el mismo grado de violencia ejercido originalmente sobre su persona? Esa parece ser la pregunta que atraviesa de principio a fin a El nombre de la venganza (2002), film que, bajo su título internacional en inglés Sympathy for Mr. Vengeance, daba inicio hace once años a la trilogía de la venganza del coreano Park Chan-wook, cuyo último capítulo lleva el no demasiado original nombre de Sympathy for Lady Vengeance (2003). La película fue eclipsada en gran medida por Oldboy (2003), gran éxito internacional luego de su paso por la competencia del festival de Cannes, donde obtuvo el Gran Premio de un jurado encabezado por Quentin Tarantino. Pero esta primera incursión en los recovecos del “ojo por ojo, diente por diente”, estrenada durante la primera oleada del así llamado “boom del cine coreano”, resulta un film mucho más inteligente, polémico y brillante que sus hermanos fílmicos; menos refugiado en los placeres genéricos y los juegos de puesta en escena, más revulsivo y complejo en sus alcances y repercusiones. Si en Oldboy, un thriller amnésico, el ovillo narrativo comenzaba a desenrollarse a partir de diversas pistas y puntos de contacto entre el presente y el pasado, El nombre de la venganza propone un relato lineal de causas y efectos consecutivos, donde cada acto de violencia engendra otros excesos, siempre de manera exponencial, hasta llegar a su sangriento desenlace.

“¿Cuánta humillación, cuánto dolor físico y espiritual es capaz de soportar el ser humano antes de reaccionar con el mismo grado de violencia ejercido originalmente sobre su persona?”

La historia es la de un chico sordomudo y su hermana enferma, la espera de un trasplante que no llega, y de cómo la necesidad engendra violencias que golpean y oprimen cada vez con mayor fuerza. El logro mayor de Park es la reflexión sobre diversas crueldades sociales a partir de un preciso balance entre la sátira y el drama personal, donde el entramado de secuestros, tráfico de órganos y torturas físicas componen una imagen en negativo de una sociedad de consumo híper tecnológica pero aún infectada por los virus de un pasado militarizado y revanchista. El film poco y nada le debe al género policial (el rol de los policías se reduce a recolectar cadáveres) y apenas un poco a las películas de vengadores anónimos, de las cuales toma su leit motiv para darlo vuelta y reencauzarlo por completo, con un sentido por demás trágico de la vida en las sociedades contemporáneas. Si se buscan definiciones, tal vez esta sea una de las más precisas: El nombre de la venganza es una comedia grotesca de horrores modernos.

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