En busca del grito perfecto

Blow Out

 

 

Como ocurre a menudo con las películas de Brian De Palma, Blow Out (El sonido del miedo) es un thriller hitchcockiano, una de suspenso, pero por encima de todo, una película sobre el cine. Blow Out descompone y reconstruye el proceso de hacer cine, desarma sus elementos y los vuelve a armar delante de nosotros. Empieza de una manera inmejorable, con una película dentro de la película, con las imágenes de una producción clase B de terror. El contenido de las imágenes es erótico y sangriento y también un poco berreta y trillado, pero su forma es magistral: seguimos el recorrido de una mirada externa, amenazante, en un plano secuencia que recuerda a la por entonces reciente Noche de brujas de John Carpenter. La mirada de la cámara es la mirada del voyeur, el espía, el peeping tom, uno de los tópicos por los que De Palma fue tan comparado –a veces con desdén, como si se hubiera tratado de un burdo imitador—con el director de Psicosis y La mirada indiscreta. Que la película dentro de la película es una producción de calidad dudosa queda en evidencia cuando llega al grito de la chica (porque, por supuesto, hay una chica que grita): un desastre. No suena como debe sonar una mujer aterrada en un cine, a lo sumo como un maullido ahogado. Jack Terry, el sonidista de la película (un veinteañero John Travolta) sabe que tiene una misión: salir a conseguir un grito apropiado.

Blow Out descompone y reconstruye el proceso de hacer cine, desarma sus elementos y los vuelve a armar delante de nosotros.

Y entonces, todo lo anterior, ese comentario sobre el cine en el prólogo que podría haber quedado como una mera marca de estilo del De Palma obsesivo de la puesta en escena, cobra una nueva dimensión. Por la noche, mientras intenta capturar con su micrófono alrededor de una laguna en Filadelfia sonidos del viento y de la naturaleza, Terry se convierte en el testigo involuntario de un accidente: un auto desbarranca y cae al agua. Él se zambulle y consigue rescatar a la mujer que viaja dentro, pero al lado de ella va un hombre al que no llega a salvar. El hombre no es otro que el gobernador, y un importante candidato presidencial, y que la mujer que lo acompañaba es una prostituta. En el entorno de la familia del gobernador le pedirán que calle, pero en el sonidista se ha despertado una obsesión, y en el estudio obsesivo de su grabación aparecen los indicios de que la caída del auto no fue un accidente, sino un crimen político.

Corría 1981, De Palma venía de filmar uno de sus más hitchcockianos éxitos, Vestida para matar, y el cine americano venía de una de sus décadas más productivas y más políticas, y era imposible no encontrar en Blow Out intensas resonancias de la era Watergate –las grabaciones clandestinas que depusieron a un presidente—, a la vez que condensaba referencia de un par de antecedentes notables –La conversación de Francis Ford Coppola, otra obra maestra producto del mismo zeitgeist paranoide– y Blow Up de Antonioni (donde un registro fotográfico, no sonoro, adquiría un efecto similar al de las grabaciones de Blow Out: en aquello que había sido grabado podía alojarse la evidencia de un crimen). Pero, lo dicho: Blow Out es una película sobre varias cosas, pero en especial sobre el cine. Cuando un periodista hace aparecer fotos del “accidente” del gobernador, Terry las pone en secuencia (animándolas como un flip-book: ese juguete óptico fundamental de los inicios del cine) y luego las sincroniza con su registro sonoro, dando vida, en un truco extraordinario del relato, a su propia película del atentado.

Aunque a lo largo de su carrera De Palma ha tenido una suerte dispar con los críticos, en el momento de su estreno dos periodistas legendarios recibieron Blow Out como lo que es: una obra maestra. Uno de ellos, Vincent Canby (que señaló que era película a la que no había que reclamarle una lógica argumental inquebrantable, ya que en ella “el estilo es el contenido”), lo hizo en el New York Times. La otra, la casi mítica Pauline Kael, en The New Yorker, donde escribió que el director había llegado al “mismo lugar que Coppola alcanzó con sus dos películas de El Padrino: un lugar donde se trasciende el género y lo que nos conmueve es la visión de un artista”. Blow Out es hoy una de las películas favoritas de los seguidores de De Palma, entre ellos Tarantino, que quedó además impresionado por la perfecta actuación de Travolta (y por eso lo llamó para Pulp Fiction). Todavía lo aguardaban varias obras maestras más, plagadas de homenajes cinéfilos –Los intocables, Mujer fatal– pero el amor de De Palma por el artificio, la mentira, la puesta en escena, en fin, por el cine, nunca llegó más alto.

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