Femme Fatale: todo por un sueño

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Femme Fatale

Allá por mediados de la década del cuarenta, puntualmente 1944, Fritz Lang dirigía una película sobre los sueños, las obsesiones y las fantasías de un hombre demasiado temeroso a romper con la ley (de hecho la película comienza con el hombre, interpretado por Edward G. Robinson, dando clases de derecho en la universidad). En aquella película, eso que llamamos resto diurno y se filtra en las fantasías daba cuenta de una mirada ciertamente moralista (uno prefiere sospechar, conociendo la obra de Fritz Lang) que el final fue una imposición de estudio.

Menciono a Fritz Lang y La mujer del cuadro ya que resulta imposible no pensar en aquella película al hablar de Femme Fatale, máxime cuando Brian De Palma se ha caracterizado en buena parte de su obra por ser un exiguo cinéfilo al punto de llegar a glosas descaradas. Sin ir más lejos, Hermanas diabólicas, Obsesión, Vestida para matar y Doble de cuerpo fueron abiertas citas a su admirado Alfred Hitchcock, mientras que una película como Demente haría extensiva la glosa al director Michael Powell, puntualmente a El fotógrafo del pánico, y Blow Out extendería la cita hasta el mismísimo Antonioni de Blow Up. Desde esa perspectiva, Femme fatale no solo revisita a Hitchcock –una vez más– sino que glosa a la mencionada película de Fritz Lang.

Pero Femme Fatale es también una película que se ingiere a sí misma. Así como Demente revisaba la obra del mismo De Palma en clave paródica, en este caso estamos ante un intento de aggiornar un poco más solemnemente (pero tampoco tanto) ciertos códigos del film noir (el incauto engañado, la mujer víctima/victimaria, el sexo como eje del chantaje y acceso al poder, el último trabajo de un delincuente antes de retirarse, el juego de identidades, etc) al tiempo presente.

Femme Fatale es también una película que se ingiere a sí misma.”

Naturalmente, como siempre en De Palma, la mirada vuelve a ser clave para mostrar que no se puede confiar ni creer en nadie, ni siquiera en eso que está frente a nuestros propios ojos. Ahí está Banderas para poner su mejor cara de gil, en lo que no es su mejor papel, precisamente, pero es Rebecca Romijn (en ese entonces era Romijn-Stamos, paréntesis cholulo) quien verdaderamente se desata y despliega toda una gama de registros actorales que no le conocíamos. De ahí que el título de la película rinda homenaje a ese viejo arquetipo del cine negro: la femme fatale como monstruo, como mutante, como anatema que se come (en todo sentido) todo hombre y mujer que se le cruce sólo con el fin de lograr su objetivo.

Para demostrar todas las mutaciones de la protagonista, De Palma juega a jugar un juego barroco y dispone una película que es una sucesión de capas y puestas en abismo con sueños dentro de sueños y fantasías que son realidades y viceversa. Pero no estamos ante una película-ejercicio de estilo sino ante uno de los pocos casos en donde un director no se toma demasiado en serio eso de los géneros, de la cinefilia y esa gran tontería que es la autoría. No: De Palma juega de redescubrir su propio cine y hacerlo con una insistencia pasmosa: pareciera querer llegar al centro vacío de su propia obra para hacerla estallar por los aires. Por eso estamos ante uno de esos directores que, frente a la máxima godardiana del cine como la verdad 24 veces por segundo, contesta que el cine es esa gran excusa para contar patrañas durante una buena cantidad de minutos, pero sobre todo, para correrse un poco de lo que el mundo espera de uno mismo.

 

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