Ghost World, de culto

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Había una vez en el cine una chica que se llamaba Thora Birch, que en pocos años pasó de rubiecita dulce a adolescente de belleza morocha y agresiva. ¿Se acuerdan de Belleza americana, con su imagen-fetiche de una rubia entre pétalos de rosa? Bueno, pues Thora era la otra, la hija de Kevin Spacey que despreciaba el mundo desde una lucidez medio dark y revelaba a través de una ventana una desnudez más real y perturbadora que la del póster de la película. Un par de años después, a Thora le volvió a tocar la mitad oscura en una dupla de chicas que compartió, esta vez, con la más luminosa Scarlett Johansson en Ghost World, una de esas películas de culto que fracasan en recaudaciones y no suelen llevarse ningún Oscar (aunque hubo una nominación para el guión adaptado del comic de Daniel Clowes) pero siguen su camino secreto en el boca a boca de algún circuito de nerds o de iniciados. Porque, aunque se trate una vez más de retratar un mundo en el momento que sigue a su extinción y cuando todavía no se adivina un sentido posible en ese magma que es –menos poéticamente– el fin del secundario, Ghost World no es la típica película de bisagra conflictiva entre dos épocas, ni es típica en ningún aspecto en realidad.

“Había una vez en el cine una chica que se llamaba Thora Birch, que en pocos años pasó de rubiecita dulce a adolescente de belleza morocha y agresiva.”

No por nada el casting decidió que Thora Birch –melena y anteojos calcados de Enid, el mismo personaje en la historieta–, con tetas como globos XL en un cuerpo de hombros talle M, y con inteligencia y cinismo de vieja que está vuelta de todo en una cara todavía aniñada, fuera la protagonista. Enid es la mejor amiga (pero no en el sentido BFF, best friends forever de las niñitas que visten de rosa o escuchan a Britney, sino de las que dicen “sentémonos en este rincón juntas a despreciar el mundo”) de Rebecca en un pueblito de esos que todos los que amamos las películas queremos conocer, y de los que los adolescentes sólo quieren marcharse. Entre las fiestas del colegio, las caminatas sin rumbo definido y la mesa compartida en el Diner, Enid y Rebecca terminan de delinear el plan de conseguir trabajo y pagarse un departamento juntas, escudadas en la amistad y en esa superioridad que da el hecho de no entusiasmarse hasta los grititos con los greatest hits de la adolescencia: hasta ahí todo bien. Pero Enid es de esas que no se va dócilmente por la puerta sino dinamitando las paredes: Ghost World se trata de ella, de su devenir mutante que a cada escena cambia de lentes y peinados, de su alejamiento de Rebecca y con ella, de todo lo que conoce, de la digresión que la lleva del esmirriado Steve Buscemi como amigo imposible y arbitrario a la parada de un colectivo fantasma que Enid puede o no puede tomar, y de cómo los discos, las historietas y las ventas de garage pueden hacer de mapa que permita desear otro camino.

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