Gravedad: El cielo gira

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Gravedad

Y al final se llevó siete Oscars sobre las diez nominaciones que la convertían en la principal candidata de la Academia en 2014, y aunque ninguno fue el de mejor película, al menos tres de los premios fueron más significativos todavía que el galardón mayor, porque apuntan con precisión hacia aquellos aspectos en los que el film de Alfonso Cuarón hace gala de una maestría insuperable, donde Gravedad produce magia. Mejor fotografía, mejores efectos visuales, mejor director. El director de fotografía es Emmanuel Lubezki, el maestro –mexicano como el director, de 50 años– que viene colaborando con Cuarón desde los tiempos de sus primeras películas, La princesita, Grandes esperanzas, e Y tu mamá también, pero que también ha sido clave a la hora de iluminar las pictóricas composiciones de directores como los hermanos Coen, Tim Burton y Terrence Malick. En Gravedad consigue el prodigio de pintar lo  que ninguna cámara puede filmar aún, lo inexistente pero posible, y lo hace en colaboración con el supervisor de efectos visuales Tim Webber, que se llevó con su equipo otro de los más justos Oscars de este año: el espacio (y los protagonistas perdidos en el espacio), dibujado en una perfecta paleta digital, se ve más verdadero, más cercano y a la vez más abrumador que nunca. Durante la primera media hora de Gravedad, el trabajo conjunto de Lubezki y Webber ya consiguió hipnotizarnos, atraparnos sin salida en una serie extraordinaria de ballets coreográficos cósmicos. Primero, girando alrededor de la estación espacial que intentan reparar los protagonistas, y, a todo esto, conviene recordar que los protagonistas son Sandra Bullock y George Clooney, nada menos; una pareja de super-estrellas flotando en el espacio, con una onda destellante (y a él solo parece faltarle un vaso de whisky en su guante de astronauta para convertirse en el último de los dandys galácticos).

“Durante la primera media hora de Gravedad, el trabajo conjunto de Lubezki y Webber ya consiguió hipnotizarnos, atraparnos sin salida en una serie extraordinaria de ballets coreográficos cósmicos.”

Parte del encanto magnético de esta primera parte de la película es que estos dos habitués del after-party del Oscar parecen de verdad estar ahí, en medio de la nada, y la nada puede ser encantadora con ellos dos al frente y la perfecta postal de la Tierra –esa que pone en perspectiva nuestros ínfimos dramas cotidianos– como encandilante escenografía de fondo. Entonces, primero el ballet, la danza de las estrellas de cine alrededor de la nave, conversando sobre nimiedades técnicas, intercambiando anécdotas menores, con una placidez flotante que nos distrae, nos impide prepararnos para el desastre que está por ocurrir. Y a continuación el golpe a los sentidos: el ballet vertiginoso y no menos hipnótico de la tragedia, la lluvia de basura espacial (fabricada por el hombre) que arremete casi sin aviso sobre los protagonistas y su nave y en un abrir y cerrar de ojos nos deja varados, levitando de cara al vacío junto a ellos. En esta primeras secuencias Cuarón, Lubezki y Webber ya nos han sumergido de cabeza, invitándonos a bailar con su cámara danzante en el espacio sideral.

El tercer Oscar esencial fue el que se llevó a su casa el director, que acá juega con elementos intrínsecamente cinematográficos que a partir de una premisa argumental mínima pero potente hacen reventar las posibilidades. Ejercicio experimental, inesperada pieza de cámara abierta a la profundidad y el infinito, Gravedad absorbió cuatro años de la vida de Cuarón, lo cual explica un poco a qué se debe que no haya estrenado nada desde Hijos del hombre, siete años atrás. El resultado dejó a todo el mundo con la boca abierta desde que la película se presentó en Venecia el año pasado, e incluso a James Cameron, rey de la vanguardia tecnológica, un tipo a estas alturas difícil de impresionar, quien le dedicó los mayores elogios y expresiones de admiración a su colega y sus colaboradores. Gravedad es un prodigio tecnológico, pero su mayor prodigio es narrativo: finalmente, lo que ha cautivado a millones de espectadores en todo el mundo fue menos la pequeña anécdota que se relata, la experiencia física de los protagonistas, que la manera en que todo deviene progresivamente en una abstracción, un viaje en el sentido más lisérgico del término, una aventura alucinógena, mental y emocional: la historia transcurre acá nomás, acá arriba, cerca de nuestros cielos, pero Cuarón nos lleva hasta el infinito y más allá para soltarnos en caída libre.

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