Hedwig salió del placard con una patada

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Hedwig and the Angry Inch de John Cameron Mitchell

Extraño caso el de John Cameron Mitchell: su primer largo como director, Hedwig and the Angry Inch (2001), se basa en un musical de Broadway sobre incendiario rockero transexual, escrito e interpretado por… John Cameron Mitchell.  Con ecos de The Rocky Horror Picture Show y Fantasma en el Paraíso, pero estrenada sobre el cambio de milenio, Hedwig and the Angry Inch cruzó el firmamento cual ovni provocando la admiración de muchos pibes en edad impresionable, así como el descolocamiento de adultos que en otra época se habrían escandalizado, pero ahora disimulan para no ser políticamente incorrectos.  Igual les costaba entender o asimilar algo semejante.

Hedwig/Mitchell, el protagonista, es un cantante under que hace lo suyo en escenarios de bares y cafés, vestido de mujer pero sin ocultar su androginia, fruto de una operación de cambio de sexo (fallida) en su cuerpo de varón (gay).  Va contando su vida en las letras de sus canciones/clips, que imitan altenativamente el glam setentero de David Bowie y Lou Reed, el descontrol de Iggy Pop y el punk de los Sex Pistols; y las interpreta con un desparpajo escénico que deja al público con la boca abierta.  Su banda incluye un transexual inverso –mujer convertida en hombre– y una manager con teléfono implantado en su propio cráneo (sí, hay muchos momentos WTF).  Su historia es de traiciones, y clama por venganza.

Mitchell no sólo inventó el argumento –y las canciones, con la ayuda del músico Stephen Trask– sino que le pone el cuerpo a semejante personaje, en un tour de force entre irónico, descontrolado y catártico.  Y la película no es una mera ilustración de lo que ocurría en el teatro, sino que aprovecha los recursos del cine con imaginación y soltura: hay fragmentos animados, pantalla dividida y hasta momentos de karaoke para que el público forme parte del film, si se anima…

Pero ¿quién era y de dónde había salido este John Cameron Mitchell?  ¿Se vienen los rockeros trans?  No; el quía era un actor treintañero –y gay, pero con todo en su lugar– con mucho kilometraje como secundario; había estado allí, a la vista de todo el mundo, esperando una oportunidad.  Hasta que se la escribió él mismo.

Hedwig and the Angry Inch encarna un momento en que los jóvenes asumen nuevas identidades sexuales abiertamente, introduciendo un quiebre generacional; algo que puede verse también en otros films al límite como el brasileño Madame Satá (2002) o el documental Tarnation (2003).  Pero Hedwig and the Angry Inch lo hizo primero, y en el corazón de la industria.  Que todavía no sabe bien qué hacer con Mitchell (pasó luego de una ficción coral y explícita propia llamada Shortbus a dirigir a Nicole Kidman en una adaptación de teatro “normal” y ajeno); pero con la audacia demostrada en Hedwig and the Angry Inch ya se ha ganado un lugarcito en la historia del cine.

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