Terror europeo: Pánico en el transiberiano (Horror Express)

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Horror Express

La idea es delirante, genial, desmesurada, propia de un subproducto del cine de terror europeo tan sugestivo, poético y feliz como acabó siendo Pánico en el transiberiano (Horror Express), del español Eugenio Martín o Gene Martin para la distribución internacional, protagonizada por el dúo dinámico de la Casa Hammer que formaron para siempre Christopher Lee y Peter Cushing, transplantados a esta coproducción con director español, más Telly ‘Kojak’ Savallas haciendo de cosaco, Alberto ‘El Rafa’ de Mendoza fagocitándose la película al dárselas con todo desparpajo de monje ruso medio loco y medio brujo, más desatado aún que la suma del Rasputin histórico y del mítico, un par de mujeres de verdad filmadas de verdad, un monstruo simultáneamente material y metafísico, un tren que atraviesa el nevado desierto siberiano, tres o cuatro secuencias que asustan como pocas, un silbido sibilino y asesino, ni un solo plano irrelevante debido al imán iconográfico del reparto, y ese momento maravilloso en el que, tras cazar y dar muerte al monstruo o a una de sus encarnaciones, Peter Cushing –como no podía ser otro modo– le hace la autopsia para encontrarse con la sorpresa de que en el ojo tiene grabadas –talladas, registradas, impresas– imágenes visibles a través de la lente de un microscopio. Pero eso no es todo, sino que además se revelan como milenarias y extraterrestres. Algo así como si Dios hubiera tenido una cámara y mandara home movies desde el cielo, películas de su mirada panorámica. Sólo que estas resultan ser las de un demonio, especie de subjetivas cenitales de Satán en caída libre hacia la tierra tras su derrota bíblica a manos del arcángel Miguel. ¿Quién no pagaría la entrada, digo más, quién no vendería su alma por ver esa película? Como hace el protagonista de Cigarette Burns, de John Carpenter, por ver el film absoluto, que es también el fin del mundo, o como los de esta Horror Express que se arremolinan libidinosos sobre el microscopio devenido metáfora de la cámara, la pantalla y el proyector con tal de ver lo que no ha visto nadie: lo prohibido, lo irrepresentable, la presunta pieza clave de un rompecabezas en verdad infinitamente inconcluso.

 

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