Institución y poca ropa

crazyhorse

Desde hace casi 50 años, Frederick Wiseman viene filmando una serie de documentales que componen algo así como un retrato detallado y minucioso del mundo. De a fragmentos, abordando distintas instituciones y espacios, Wiseman parece abordarlo todo. Hay un estilo Wiseman, una forma de proceder, de filmar, de montar cada película, una forma de indagar y recorrer que casi nos permiten suponer que en el fondo toda su carrera no es más que parte de un plan infinito: filmarlo todo, entenderlo todo. Pero, en realidad, no podríamos decir que cada nuevo documental de Wiseman (uno de esos viejos sabios del cine, que viene produciendo a un ritmo de casi una película por año) sea una simple pieza en un rompecabezas. Una de las mayores virtudes de su cine es, precisamente, que con cada nueva película, en la que aborda una institución diferente del planeta, logra estudiar y recrear ese espacio de forma tal que termina por configurar todo un mundo dentro la pantalla y para el espectador. Cuando uno se sienta a ver una película de Wiseman, sabe que no solo va a conocer algo que posiblemente no conozca, sino también que va a llegar a entender cómo funciona ese espacio, esa profesión, ese mecanismo, que va a entrar a un lugar por el que cruzan diferentes personas y que la arquitectura global de la película va a cobrar un sentido perfecto, múltiple y claro. El arte de Wiseman tiene algo de artesano y parece tener también algo de infalible.

 

Cuando uno se sienta a ver una película de Wiseman, sabe que no solo va a conocer algo que posiblemente no conozca, sino también que va a llegar a entender cómo funciona ese espacio, esa profesión, ese mecanismo, que va a entrar a un lugar por el que cruzan diferentes personas y que la arquitectura global de la película va a cobrar un sentido perfecto, múltiple y claro.”

 

Por su tema, Crazy Horse podría parecer una de las películas más frívolas y, también, más disfrutables de Wiseman. Pero su mirada sabe ir mucho más allá. El retrato de un club de desnudismo en París escondía mucho potencial y Wiseman sabe explotarlo, aunque no como uno hubiera imaginado. Menos física de Boxing Gym, menos prestigiosa que La danse (sus dos documentales anteriores, en los que retrataba un gimnasio de boxeo en Texas y el ballet de la Ópera de París), Crazy Horse juega con la fantasía, pero también, sobre todo, con la preparación y el trabajo que lleva construir esa fantasía. Menos interesado, como siempre, por el resultado del trabajo que por el proceso de ese trabajo, Wiseman explora los ensayos, las bambalinas, los rincones oscuros que quedan tapados por las cortinas de terciopelo. La arquitectura de su documental se va construyendo poco a poco, con escenas que parecen arrancadas del centro mismo del trabajo de los hombres y las mujeres, que se van sumando para trazar, otra vez, las formas y los modos en los que los seres humanos se relacionan entre sí.

 

 

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