Jazz: películas con swing

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Jazz en el cine

 

El jazz evolucionó junto con el cine a lo largo del siglo XX.  Participó de él como música de fondo, aportando estrellas casi siempre maltratadas por los estudios (ahí está Billie Holiday haciendo de sierva en Nueva Orleans ¡y casi no la dejan cantar!) y también como tema de biopics descafeinados en el Hollywood clásico y mayoritariamente blanco.  Para cuando eso empezó a cambiar, el rock había reemplazado al jazz en el gusto popular y el número de producciones dedicadas al género se hizo mucho más pequeño.

En los años noventa dos películas de ficción se dedicaron a reconstruir los treinta con singular fortuna.  En Kansas City, Robert Altman reconstruye el mundo de garitos y juerga en que se desarrolló el swing, cantera de orquestas bailables –como la de Count Basie– y de cantantes que empezaban trabajando en ellas –como la Holiday– para no hablar de muchos instrumentistas que luego formarían sus propios grupos.  El argumento de Kansas City (1996), insignificante como es costumbre en Altman, nos recuerda que ese auge fue fogoneado por los gangsters que contaban con protección política y eran dueños de los locales donde los músicos tocaban.  Pero lo importante es que Altman se sirvió de la joven generación neoclásica –con nombres como James Carter y Joshua Redman– para interpretar a leyendas del género como Lester Young, Ben Webster y Coleman Hawkins, “pelando” solos en vivo ante las cámaras mientras un gurrumín llamado Charlie Parker –que luego inventaría el bebop– observaba entre bastidores.  Altman era de Kansas y conocía el paño.

Dulce y melancólico (1999) se ocupa de otro sonido, el hot creado por Louis Armstrong en Nueva Orleans y Chicago; el que pronto replicaría Django Reinhardt en París con un pequeño grupo de cuerdas.  Sean Penn compone a un músico norteamericano que vive a la sombra de Django: se supone que es el “segundo mejor guitarrista del mundo”.  Es conocida la afición de Woody Allen por el jazz, pero nunca lo representó mejor que en esta película, realizada en el formato de falso documental que tan bien le sienta; Penn brinda una gran interpretación del ególatra Emmet Ray, aunque si prestan atención notarán que sus partes de guitarra están dobladas por un músico profesional.

Entre los documentales de Qubit encontrarán Blues del hombre salvaje (Barbara Kopple, 1997), que sigue una gira de Woody con su mentado grupo de homenaje al jazz primigenio (el mismo que se le superpone con la noche del Oscar).  Pero la película resulta más iluminadora sobre su polémico matrimonio con Soon-Yi Previn: descubrimos que al final el director de Dulce y melancólico es un sometido y casi la podemos oír a la coreana diciendo: “¡sí, andate a tocar el clarinete con tus amigos!”  Más y mejor música se encontrará en Imagine the Sound (1981), documental del canadiense Ron Mann centrado en figuras del free y donde se puede ver en acción a figuras como Archie Shepp o el aporreador de pianos Cecil Taylor.

Dos películas francesas permiten apreciar cómo en los cincuenta el buen jazz daba una pátina de sofisticación a la gran pantalla: Sin aliento (1960) cuenta con un irresistible score del pianista galo Martial Solal (luego Godard viraría a otras músicas); mientras que Louis Malle contó para su policial Ascensor para el cadalso (1958) con una partitura original de Miles Davis, quien andaba por París haciéndose arrumacos con la chansonnière Juliette Greco.

“El jazz evolucionó junto con el cine a lo largo del siglo XX.  Participó de él como música de fondo, aportando estrellas casi siempre maltratadas por los estudios y también como tema de biopics descafeinados en el Hollywood clásico y mayoritariamente blanco.”

Pero el jazz también puede aparecer allí donde menos se lo espera: por ejemplo, en El sabor de la cereza (1997), ese clásico iraní cuyo final debe haber sido uno de los más debatidos en los últimos años.  Kiarostami agrega a ese clímax ambiguo y a la vez dramático un “anticlímax” con imágenes en video del rodaje, como diciéndonos: “it’s just a movie”.  La música, que aparece por primera vez en el film en esa escena, es una célebre versión de Louis Armstrong del “St. James Infirmary Blues”, canción tradicional y anónima interpretada al estilo de los cortejos fúnebres de Nueva Orleans, con todo lo que esto supone en el contexto de la película.  Así es el jazz: sin frontera social ni geográfica, inspirador y eterno.

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