Joven y bella

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Uno puede temblar ante el nombre de François Ozon, sobre todo de miedo, porque además de películas buenas y dignas como Bajo la arena o La piscina llevan su firma algunos objetos de dudoso interés como Potiche o Ricky (sobre un bebé que desarrolla alas) que para colmo vienen envueltos en el peor de los engaños, el del prestigio. Al menos el que tiene en nuestro país todo lo que se pronuncie con acento francés, además de ciertos nombres que en general –pero no siempre– lo merecen: Charlotte Rampling, Catherine Deneuve, Ludivine Sagnier, Isabelle Huppert o Fanny Ardant son algunas de la actrices que con su sola presencia convirtieron a las películas de Ozon en señuelos para cinéfilos que muchas veces dan menos de lo que prometen.

 

Puede ser que el nombre de Marine Vacth, la protagonista de Joven y bella, no aporte nada a la lista porque hasta hace un par de años se ganaba la vida como modelo, pero lo que sí derrocha en sugerencia es el afiche de la película donde aparece desnuda sobre una cama con gesto parecido al de Catherine Deneuve en Belle de jour, aquella película de Buñuel sobre una esposa burguesa aburrida que empezaba a prostituirse. Eso, y el título: joven y bella. Lo que supuestamente todas las mujeres quieren ser, y los hombres tener. O al menos, lo que se promueve como deseo. La historia de Ozon también se trata de una chica de clase media –adolescente en este caso– que elige tener sexo por plata, pero algo en esa forma explícita de presentar al objeto de deseo, un cuerpo femenino joven, delgado y bello, de modelo, habilita una lectura que tenga que ver con la forma en que una chica hermosa circula y es percibida por los demás, y no solamente con ese supuesto misterio que parecería central en la película (pero no lo es) de por qué una chica de 17 años quiere prostituirse, en lugar de soñar con el amor y los paseos de la mano junto a algún noviecito.

 

“Joven y bella. Lo que supuestamente todas las mujeres quieren ser, y los hombres tener. O al menos, lo que se promueve como deseo.”

 

Isabelle (igual que Marine Vacth) es deslumbrante y acaba de darse cuenta. Además, quiere conocer el sexo. En ese momento de su vida la toma Joven y bella, y tiene el cuidado de no subir el volumen para presentarla como un monstruo, ni una retorcida, ni una freak: basta con verla tomando sol en bikini en la primera escena para entender que ella, así como fascina a su hermano menor que la espía desde lejos, no tiene porqué seguir el destino obligado de cualquier aprendizaje sexual y amoroso, la espera ilusionada, el entusiasmo casi infantil por recibir la mirada de un chico. Isabelle se saca de encima la virginidad como un trámite y procede a continuar con un aprendizaje en el que “Hasta dónde puedo llegar” podría ser una de las premisas. Y llega muy lejos. Tanto que, por más que la resolución de la historia sea algo convencional, la adrenalina de transitar pasillos de hotel vestida de mujer al encuentro de nuevos clientes o de descubrir un poder novedoso y sentirse dueña de todo por un rato es una sensación que no se olvida fácilmente. Ozon, aunque luego se sienta obligado a enfrentar a Isabelle con el mundo real, el de los padres, los psicólogos y las imposiciones, la acompaña con alegría en esos descubrimientos y le regala un puñado de canciones inmortales de Francoise Hardy que dicen cosas como “Vos no querés sufrir/ pero ¿quién puede no sufrir?/ ¿De qué sirve evitarlo?”.

 

Notas relacionadas: 

 

. Oh Maggie

. Cincuenta sombras de Grey

. El amante

 

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