LA ARGENTINIDAD AL PALO

esperando la carroza

¿De qué nos reímos cuando vemos Esperando la carroza por enésima vez? ¿Por qué algunas -muchas- de sus frases se han convertido en código, hacen que nos reconozcamos con otros pares cuando deslizamos (sin explicación mediante) un “¿adónde está mi amiga?” o un “yo hago puchero, ella hace puchero…”?  ¿Por qué, si ya la vimos, ya la comentamos, ya la aprendimos de memoria?

Lo central de ver Esperando la carroza es que cuando uno ve la película hoy, 27 años después de su estreno, no está viendo Esperando la carroza.  Está viendo todas las veces que uno vio Esperando la carroza, está corroborando que las frases sean tal y como uno se las acuerda, que nada haya cambiado, esperando el chiste favorito como si fuera un hit de la radio.  Entonces la clave para entender este fenómeno se podría decir que consta de dos elementos fundamentales: el cliché y lo grotesco.

Diré a favor del cliché que es un elemento cómico que, bien usado, puede convertirse en fundamental en el manejo de la comedia.  La palabra cliché, su concepto, tiene mala prensa, gracias a aquellos que abogan por la originalidad como un valor en sí mismo.  Pero si se usa lo conocido, lo repetido, lo cotidiano y poco sorpresivo para crear personajes grotescos reconocibles en una sociedad, en un tiempo y lugar, eso de a poco va tomando rasgos de generalidad que disparan en el espectador un efecto cómico que no se despertaría con una novedad.

Lo central de ver Esperando la carroza es que cuando uno ve la película hoy, 27 años después de su estreno, no está viendo Esperando la carroza.  Está viendo todas las veces que uno vio Esperando la carroza

 

El cliché de los personajes de Esperando la carroza los vuelve humanos, los hace reconocibles en el otro y en uno mismo, y despierta en el espectador un sentido de pertenencia particular.  Y desde ahí se genera la crítica social amarga que caracteriza a la película, la que genera esa risa irónica y descompensada de Susana al final, la crítica del reconocimiento, de un espejo deforme en el que nadie quiere mirarse pero en el que cuando espía se reconoce inmediatamente.

Y esto se completa con el carácter grotesco de los personajes.  Ese carácter es el que salva al espectador de sentirse incómodo con la identificación, lo salva de sentirse miserable.  Vuelve más digerible la comedia, pero también la hace más aguda y reflexiva.  Cada uno de los personajes de Esperando la carroza están delineados en tono grotesco, de rasgos exagerados pero precisos.  Como en una caricatura, para que el grotesco sea reconocible deben ser acentuados los rasgos fundamentales de la criatura.  Esos que lo definen.  No más, para no dispersar la atención; ni menos, para que no generen confusión.  Las caracterizaciones grotescas de los personajes de esta película son otro de los grandes aciertos para el reconocimiento de los tipos sociales que describe en cada caso.

Es Susana, el personaje interpretado por Mónica Villa, el único de estos personajes que se permite aire, que cada tanto baja de su histeria exacerbada y desliza observaciones sensatas.  Ese rasgo de humanidad la vuelve distinta y genera un contrapunto que enriquece y potencia el tono grotesco y exagerado de sus compañeros.  Y es de su boca que sale la respuesta al fenómeno que significan tantos años de vigencia de Esperando la carroza cuando, en la última línea de diálogo que tiene en la película, riéndose exageradamente  contesta a la pregunta de Elvira (“¿De qué te reís?”), aún dentro de los códigos de la ficción, mirándola a la cara: “De vos”, y remata con una mirada a cámara, única en la película, haciéndonos cargo, incorporándonos a la escena, y ahí se despacha: “De todos nosotros me río”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

cinco × dos =