La maldición Clouzot

Henri-Georges Clouzot

 

Algunos dicen que fue el historiador Georges Sadoul; otros que el mote se lo pusieron en Estados Unidos.  Lo cierto es que en los años cincuenta a Henri-Georges Clouzot le decían “el Hitchcock francés” y el propio Alfred se puso celoso cuando su colega le birló los derechos de una novela del dúo Boileau-Narcejac para hacer Las diabólicas (1955).  Hitch terminaría comprando la siguiente novela del dúo –según Truffaut los muchachos la hicieron ex profeso– y adaptándola en la memorable Vértigo (1958).

Pero mucho antes de eso, Clouzot venía trabajando en la industria como guionista y adaptador, y leyendo todo lo que encontraba a mano.  Tuvo suerte: eran los años ’30, del surgimiento de la novela negra norteamericana y también del prolífico Georges Simenon, cuya visión pesimista de la vida se le contagiaría.  De hecho en 1942, además de su primer largo como director, se estrenó su adaptación de la novela de Simenon Extraños en casa, que dirigió Henri Decoin.

Después de una década saltando entre géneros en media docena de films, Clouzot pegó el gran salto con El salario del miedo, que en 1953 ganó la Palma de Oro de Cannes y convirtió a Yves Montand en una estrella internacional.  La primera hora de esta obra maestra está dedicada a presentar a los extranjeros que han llegado, buscando refugio, a un tórrido pueblo latinoamericano.  Recién después, cuando la petrolera que domina la región los contrata para llevar nitroglicerina en camiones por caminos riesgosos, comienza la verdadera aventura.  Clouzot se toma su tiempo, pero el suspenso de ese viaje maldito no sería igual si no conociéramos tanto a estos antihéroes movidos por la desesperación.  Porque El salario del miedo no es sólo un excelente thriller sino también un descarnado retrato del capitalismo, la competencia desenfrenada y sus desigualdades.  Una película imposible de imaginar en el Hollywood de la época.

Con Las diabólicas, Clouzot cambió de género pero mantuvo el tono: esposa y amante de un profesor se confabulan para asesinarlo, pero algo no sale como habían planeado y todo va tomando un tinte entre gótico y paranoico.  Hacia el final del film, una escena que tiene lugar en una bañera hacía saltar a los espectadores de la butaca; se supone que Hitchcock compuso el asesinato de Janet Leigh en Psicosis con la intención de superarla.

Pero Clouzot no sólo se interesaba en la serie negra; también le gustaba la pintura moderna y consiguió que Picasso, nada menos, lo dejara entrar a su estudio para un documental (Le mystère Picasso, 1956).  Años después, gastó un dineral en experimentos con arte cinético para una historia sobre los celos, L’enfer (1964), cuyo rodaje debió cancelarse por peleas con el equipo y una afección cardíaca que casi lo mata.  Desde mediados de los sesenta, su estrella fue en baja y su muerte, en 1977, pasó casi inadvertida.

El fatalismo de los personajes parecía haberse extendido al propio Clouzot en esos años postreros.  Siempre le había ido mal con la crítica: primero lo acusaron de colaboracionista y, para cuando llegó a ser un peso pesado, los críticos que encontraban su cine por demás controlado y frío –defectos que no parecían ver en Hitchcock– estaban ocupados haciendo sus propias películas.  Con el arribo de la Nouvelle vague el hombre pasó a ser un dinosaurio.

Tampoco le fue bien a las varias remakes de sus films más recordados: William Friedkin, el que más cerca estuvo con su digna Sorcerer (versión de El salario del miedo) tuvo la mala suerte de estrenar una semana después que La guerra de las galaxias, y la cuantiosa inversión se fue al tacho.

Aun peor le fue a Véra Clouzot, la esposa del cineasta y protagonista junto a Simone Signoret de Las diabólicas.  Vera era carioca y parienta lejana del escritor Jorge Amado; en el film podrán verificar su belleza, así como cierto parecido gestual con Greta Garbo.  El personaje tenía problemas cardíacos; cinco años después, a los 46, Véra murió… ¡de un infarto!  A veces la vida imita al arte.

 

 

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