La rubia gigante

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El ataque de la mujer de 50 pies

¿Cuánto mide una mujer enojada? El cine no suele hacerse esa clase de preguntas, pero las películas de clase B son un rincón del cine donde vale todo. O donde todo vale poco pero rinde bastante más. A ver: cuando allá por la primera mitad del siglo XX la factoría hollywoodense descubrió el modo de sacarle un poco más de jugo a los grandes estudios y se inventó además la doble función, brotaron las creaciones de bajísimo presupuesto pero bastante oficio para ofrecer esa segunda película que tenía que ser atractiva, impresionar en ese sentido que de tan básico tiene un aire de infancia, siempre en los cauces del cine de género (terror, ciencia ficción, etc.). Y los papeles femeninos, con destinos más estereotipados en las grandes producciones, se llenaron de chicas mutantes que padecían extrañas infecciones de las islas del Caribe en Yo caminé con un zombie (1943) o se convertían de dulces gatitas en panteras mortales, como en la bellísima Cat People (1941), por nombrar sólo un par de clásicos de Jacques Tourneur.

Nancy Archer, la protagonista de El ataque de la mujer de 50 pies, pertenece a ese linaje de mujeres peligrosas aunque su vida en un pueblito chato y algo vulgar de los Estados Unidos no prometa demasiado: el marido la engaña, quiere robarle la empresa del padre y hacerla pasar por loca, en fin, cosas de todos los días. Cosas que Nancy soporta sin chistar como toda buena esposa de posguerra. Hasta que una noche, manejando por el desierto, se cruza con una nave espacial con forma de perla que la somete a un extraño tratamiento. Y partir de ahí, cuando Nancy monta en cólera, agárrense porque no hay paredes ni cadenas que la contengan.

El primer ataque de la mujer gigante tuvo lugar en 1958 y en él la idea superó a la ejecución por varios pies de altura. Pero en 1993, un excéntrico llamado Christopher Guest que en los años siguientes entregaría varios de los mejores ejemplares del género conocido como mockumentary (o falso documental) hizo una segunda versión televisiva que mejora por mucho a la primera. Y si se puede afirmarlo sin caer en la polémica es porque esta segunda versión, además de tener mejores secuencias, mejores personajes secundarios y una amante del marido de Nancy que está casi toda la película en corpiño, es la película de Daryl Hannah. La extraña criatura entre vikinga y angelical que en los ochenta se transformó para el cine en sirena (en Splash y con Tom Hanks) y luego fue la heroína de una versión de Cyrano de Bergerac que tenía a Steve Martin como narigón enamorado (son cosas que pasaban en los ochenta), se ofrece en esta remake en versión post-feminista y aumentada. Los ochenta pasaron con sus penas y glorias pero Daryl sigue siendo increíble: desde la docilidad algo naif, tan rara en una rubia de mandíbula cuadrada y casi un metro ochenta, a su versión monstruosa, en taparrabos y con pelo electrificado, gigante es la mejor forma de verla.

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